Capítulo 39
Como insistió en que no podía llevarse a Elise a casa, George le pagó una habitación en una pensión de Cromer para el resto de la noche y le prometió que se le ocurriría un plan.
Elise no había quedado nada impresionada con la habitación básica y anticuada en la que se había encontrado, y no se tragaba su excusa de que había sido difícil encontrar un sitio abierto a esas horas. Seguro que podría haberle encontrado una habitación en un hotel de verdad.
Seguía furiosa por todo lo ocurrido y consideraba a George el único responsable de sus problemas con la policía. Se lo recalcó una y otra vez en los mensajes que no dejaba de enviarle después de que él se negara a contestar sus llamadas.
Tenía que arreglar las cosas. Y deprisa.
Lo había perdido todo y ya no tenía nada que perder. Eso la volvía peligrosa, algo que se apresuró a señalarle a George cuando por fin lo llamó más tarde, a media mañana, para decirle que estaba en deuda con ella y que pensaba cobrársela.
—No me presiones demasiado. Sabes lo fácil que me resultaría acudir a la policía.
Era un farol, pero él no lo sabía. La casa de los Hamilton había sido su fuente de ingresos y ahora la había perdido. George no podría compensarla si acababa entre rejas.
—No hace falta llegar a eso —le aseguró, pero ella percibió el atisbo de pánico en su voz y supo que estaba preocupándolo. Bien.
—¿Y cuál es tu plan? Dijiste que se te ocurriría uno.
—No te preocupes. Ya lo tengo.
—¿Y bien? No me tengas en vilo. Me niego a pasar un minuto más en este tugurio y quiero salir de aquí ahora mismo.
—Dame media hora y pasaré a recogerte. Te lo explicaré por el camino.
—¿Camino de dónde?
George no dio más detalles.
—En media hora. Te espero fuera.
Cuando la línea se cortó, Elise arrojó el teléfono sobre la cama. No le gustaba que la mantuvieran al margen y quería saber exactamente qué planeaba hacer George para sacarla de aquel embrollo.
Como no quería quedarse un minuto más de lo necesario en la pensión, Elise hizo el registro de salida y se puso a esperar fuera a George. Por suerte, él no tardó en llegar, un par de minutos antes de la hora acordada.
Sin embargo, no bajó de la furgoneta. Dejó el motor en marcha y le indicó con un gesto que subiera, mientras Elise lo miraba con el ceño fruncido y las manos apoyadas en las caderas. ¿De verdad esperaba que ella metiera sola la maleta?
—Vamos, por el amor de Dios. Échala atrás.
—¡Pesa mucho!
Como ella se negó tozudamente a moverse, él puso los ojos en blanco y apagó el motor.
—Podrías aprender un poco de educación —murmuró ella mientras él bajaba de la furgoneta.
Sin hacerle caso, abrió la puerta lateral, cogió la maleta y la arrojó dentro.
—Ten cuidado, joder. Ahí dentro están todas mis cosas.
George cerró la puerta de golpe y volvió a la del conductor.
—Sube a la furgoneta, Elise. ¡Ahora!
Ella obedeció, todavía refunfuñando entre dientes.
—¿Y adónde coño vamos? —exigió mientras se abrochaba el cinturón de seguridad y él se alejaba del bordillo.
Al principio no respondió, y ella se volvió para mirarlo. Vio que movía la mandíbula, quizá por irritación o por ansiedad. Aquello no contribuyó a tranquilizarla.
—¿George? ¿Adónde vamos?
—A ver a un amigo.
—¿A qué amigo?
—A alguien que va a ayudarnos a arreglar esto.
Todo aquello sonaba bastante vago. Elise iba a necesitar más información.
—¿Quién es ese amigo y cómo piensa arreglarlo? Quiero detalles concretos.
Como George no respondió y se concentró en la carretera que tenía delante, ella decidió volver a amenazarlo. Hasta el momento, utilizar la ventaja que tenía sobre él parecía ser la única manera de conseguir resultados.
—¿Puedes dejarme en la comisaría más cercana? Voy a entregarme y confesarlo todo, incluido lo que me obligaste a hacer.
—No tienes que hacer eso. La situación está controlada.
—¿Cómo que está controlada?
—Joder, Elise. ¿Quieres cerrar la boca de una vez?
—El tono elevado hizo que ella abriera mucho los ojos, conmocionada.
George no era de los que gritaban. Incluso cuando la había chantajeado, lo había hecho de una manera tan tranquila y despreocupada que había resultado difícil asimilar del todo sus amenazas—.
Eres de lo que no hay. No tengo ni idea de cómo Ollie Hamilton ha podido aguantarte.
—¿Cómo te atreves?
—He dicho que te calles. Estaba hablando y no había terminado.
Vamos a ver a un amigo que nos va a ayudar.
Eso es todo lo que necesitas saber. Ahora no vas a llamar a la policía ni a ir a la comisaría.
Te has metido en algo mucho más grande de lo que imaginas y, si me delatas, te juro que encontraré la manera de hundirte conmigo.
Así que deja de amenazarme y de comportarte como una estirada, y concéntrate en mantener cerrada esa bocaza que tienes.
Le lanzó una mirada tan feroz que, de hecho, a Elise le entraron ganas de acobardarse.
Al volver a centrar la atención en la carretera, Elise abrió y cerró la boca, completamente segura de cómo reaccionar ante aquel estallido. Era un terreno nuevo para ella y no estaba acostumbrada a que le hablaran de ese modo.
Al percibir que George era una bomba de relojería a punto de estallar y que lo más sensato era no poner a prueba su farol, se hundió en el asiento, todavía dolida por sus palabras.
Recorrieron varios kilómetros y luego George abandonó la carretera principal para incorporarse a una estrecha vía secundaria.
Después de ochocientos metros, puso el intermitente y giró hacia un aparcamiento apartado, situado junto a una zona boscosa.
Solo había otro vehículo y, cuando detuvo la furgoneta a su lado, Elise sintió por primera vez un escalofrío de inquietud.
Había estado tan desesperada por salir de la pensión y conseguir que George arreglara las cosas que no se había planteado realmente hasta qué punto era segura aquella situación.
—¿Por qué nos hemos detenido aquí? —preguntó, aunque sin la beligerancia de antes. Incluso a sus propios oídos sonó nerviosa.
—Ya te lo he dicho: hemos quedado con alguien.
Mientras George hablaba, se abrió la puerta del otro coche.
Elise reconoció al conductor cuando bajó y el nudo que tenía en el estómago se tensó aún más.
¿Qué coño estaba pasando?