La casa de verano Capítulo 34
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Capítulo 34

Elise tenía los nervios a flor de piel cuando oyó las sirenas.

Esta noche solo habían estado Lana y ella en la casa y sabía que eso resultaba sospechoso.

Se había quedado atónita al ver entrar corriendo en la casa al hombre que ahora sabía que era Xavier Landry, con Nolly pegado a sus talones, y ese impacto se había transformado en horror cuando los vio traer a Lana desde el garaje.

Nolly no había hecho ningún caso de sus reacciones; se había venido abajo y solo se había centrado en su hermana al darse cuenta de que estaba viva.

Ahora estaba abatido mientras los cuatro se sentaban en la sala de estar con los dos detectives de policía.

Lana, que en un momento dado había parecido medio muerta, no tardó en espabilarse y protestó amargamente cuando llegó la ambulancia.

Los paramédicos la examinaron y Elise vio cómo suspiraba aliviada cuando le dijeron que no necesitaba ir al hospital.

Ahora estaba sentada en uno de los dos sofás, con Xavier a su lado, velando por ella con aire vigilante.

Tenía todo ese rollo de artista atormentado y, en otras circunstancias, Elise podría haberse sentido tentada, pero estaba claro que solo le interesaba Lana.

El pobre iluso no había parado de tocarla desde que se había despertado, casi como si temiera que fuera a deshacerse en mil pedazos si rompía el contacto.

Nolly le había contado el pasado entre los tres y Elise no entendía qué tenía de especial su estúpida hermana.

Lana era demasiado respondona y conflictiva.

Y tampoco es que fuera nada del otro mundo físicamente.

Lo que le había pasado esa noche era todo culpa suya por remover el pasado.

¿Por qué no podía dejar en paz la dichosa muerte de su hermana?

Pero no. Tenía que hurgar, hurgar y hurgar.

Sinceramente, era un grano en el culo, y Elise la consideraba la única responsable del lío en el que se hallaba metida ahora.

Necesitaba contactar con George para avisarle de que estaba en apuros, pero no se atrevía a arriesgarse mientras la policía siguiera allí.

—Así que durmió durante todo el suceso —le estaba preguntando en ese momento la detective.

A Elise se le había olvidado el nombre de la mujer.

No había prestado atención durante las presentaciones, centrada como estaba en idear desesperadamente una salida a todo aquel embrollo.

Era la segunda vez que la detective le hacía la misma pregunta.

—Ya le he dicho que sí —Elise intentó adoptar un tono aburrido, que sugiriera que estaba harta de todo aquello y que quería volver a la cama.

—La señorita Hamilton oyó un golpe desde su habitación que debía de proceder del garaje, situado justo debajo de donde usted dormía. ¿No le parece un poco extraño que no la despertara?

—Llevaba auriculares puestos. Necesito música para dormir.

—¿Y no la oyó llamar a la puerta?

—No —Elise miró de reojo a Lana, quien, a pesar de estar pálida y temblorosa, le clavaba una mirada asesina.

En su lugar, buscó el apoyo de Nolly, molesta cuando él se negó a mirarla a los ojos. Estaba sentado en uno de los dos sillones, callado y reflexivo, y a ella le costaba averiguar qué se le pasaba por la cabeza.

Las preguntas se sucedían y ella las respondía lo mejor que podía, consciente de que ahora estaba sola y desesperada por encontrar una oportunidad para escapar.

Sospechaba que ninguno de los dos detectives la creía, ya que no paraban de hacer las mismas preguntas una y otra vez, como intentando hacerla caer en alguna contradicción.

¿Cómo era posible que hubiera oído a Xavier y a Ollie si no había oído a Lana?

¿Por qué había echado la llave a la puerta del dormitorio?

¿Tenía idea de quién podría querer hacerle daño a Lana?

¿Podía confirmar dónde se encontraba la noche del atropello?

¿Estaba segura de no saber qué había pasado con el segundo diario desaparecido?

Porque, sí, Lana también había sacado a relucir eso, dándoles a los detectives algo más que rumiar y demostrándole a Elise que sus disculpas de antes eran totalmente falsas.

George Maddox tenía mucho que explicar y ella pensaba hacerle pasar un infierno la próxima vez que lo viera.

Eso, si conseguía salir de aquel embrollo, porque parecía que Lana la había estado espiando y sabía más de lo que había dado a entender al principio: había oído por casualidad la última conversación de Elise con George y había encontrado un recibo de un desayuno que podía resultar incriminatorio.

Elise sentía la mirada de todos clavada en ella.

Xavier parecía tan poco convencido con sus explicaciones como Lana, mientras que los dos detectives la observaban fijamente, sospechaba que para evaluar sus reacciones.

Incluso el puto Nolly, ese bastardo desleal, estaba prestando atención ahora, y se notaba que se lo estaba cuestionando todo.

Era tan transparente que llevaba la acusación escrita en el rostro, y ella casi disfrutó con su expresión de decepción cuando confesó que le había sido infiel.

No había querido admitir que se había acostado con otro, y había mentido diciendo que la aventura era con un viejo amigo, ¿pero qué otra opción tenía?

No podía arriesgarse a que la verdad saliera a la luz, aunque también era plenamente consciente de que acababa de renunciar a su billete a la buena vida.

Cuando se conocieron, Elise le había dicho a Nolly que era modelo y, sí, era cierto que años atrás había hecho un par de sesiones de fotos de poca monta para revistas.

Su trabajo principal había sido el de recepcionista de una consulta médica; al menos lo fue antes de que la despedieran por llegar tarde a trabajar repetidamente.

En la ruina y sin poder pagar el alquiler, se había considerado muy afortunada cuando Nolly le había permitido mudarse con él; estaba decidida a no dejar escapar semejante tesoro y empezó a presionar para conseguir un anillo de compromiso cuando se enteró de su herencia.

Sintió un gran alivio cuando la policía finalmente se marchó.

La detective le había advertido de que se pusiera en contacto si recordaba algo crucial, y Elise tenía el horrible presagio de que era su sospechosa número uno; pero, a decir verdad, no pensaba quedarse allí el tiempo suficiente como para dejarles reunir pruebas.

George era quien la había metido en aquel lío. Tendría que buscar la manera de sacarla. Y, justo en ese momento, Elise necesitaba que viniera a buscarla.

Sí, tenía familia allí en Norfolk, pero renegaron de ella después de que se acostara con su cuñado.

Aunque eso había sido hacía años, sabía que no la recibirían con los brazos abiertos.

Eso la dejaba tirada en mitad del campo, y su única otra alternativa era llamar a un taxi.

Como ya no tenía a su disposición las tarjetas de crédito de Nolly, se mostraba reacia a hacerlo.

George sonó receloso al responder al teléfono: —¿Por qué me llamas?

—Porque la policía ha estado en la casa haciéndome un montón de preguntas para las que no tengo respuesta.

Aquello captó su atención: —¿Sigues ahí?

—Sí, pero estoy haciendo las maletas y tienes que venir a buscarme.

—Pasa de medianoche.

—Me da igual.

—Tienes que quedarte.

—Ni de coña. Todos me están tratando como si tuviera que estar encerrada. Esto es culpa tuya, tú me metiste en todo este embrollo. Más te vale solucionarlo.

Se hizo el silencio en la línea.

—¿George? ¿Me estás escuchando? Ven a buscarme ahora mismo. Ya no voy a seguir jugando a esto y no tengo nada que perder, así que ven a recogerme de una maldita vez si quieres que guarde tus secretos.

Cuando habló, su voz sonaba resignada: —No voy a subir hasta la casa. Te recogeré al final del camino de entrada dentro de veinte minutos.

Elise exhaló un suspiro de alivio, alegre de que hubiera cedido.

Estaba metiendo sus cosas en la maleta cuando Nolly subió a buscarla, una vez que los detectives por fin se habían marchado.

—¿Te vas?

Sonaba más molesto y acusador que preocupado, y ella no tardó en darle la vuelta a la tortilla.

—¿Tú qué coño crees, Nolly?

—¿Cuánto tiempo lleva durando esto? —le exigió.

—¿El qué?

—Esta aventura. ¿Cuánto tiempo, Elise?

¿Eso era lo único que le importaba?

—Todo el tiempo que hemos estado juntos —mintió ella, hurgando en la herida de manera cruel y disfrutando al oír la exclamación de asombro de él.

—Serás zorra.

—Y tú eres un hombre patético y débil —espetó Elise, perdiendo los papeles—. Me alegro de haberte engañado. Esta noche no me has respaldado. Te has quedado ahí sentado dejando que esos dos detectives intentaran destrozarme.

Ella había llevado los pantalones durante toda su breve relación y esperaba que él se achantara, de modo que la sorprendió muchísimo cuando su tono se volvió agresivo.

—A mí me parece que estaban haciendo preguntas bastante relevantes.

Cabrón.

Elise cerró la cremallera de la maleta y la bajó de la cama de un tirón. No pensaba quedarse allí ni un momento más aguantando aquello.

Mientras pasaba de largo al lado de Ollie, él le hizo otra pregunta:

—¿Lo conozco?

Elise tensó los hombros: —¿Acaso importa?

—A mí sí —Ollie sonaba destrozado.

—No, no lo conoces —mintió ella.

Él no intentó detenerla cuando salió de la habitación.

Una parte de ella quería quitarse el anillo y arrojárselo a la cara, pero sabía cuánto había costado aquel diamante.

Ni de coña se iba a deshacer de él. Bajó la maleta a trancas y barrancas por las escaleras, y sintió un ardor en las mejillas al darse cuenta de que Xavier Landry le cerraba el paso hacia la puerta principal.

—¿Deberías marcharte?

¿Qué planeaba hacer? ¿Tenerla prisionera allí en esa casa? No podía hacer eso.

Hizo rodar la maleta torpemente por los últimos escalones, mirándolo con el ceño fruncido: —Que yo sepa, soy libre de irme, así que quítate de mi camino.

—¿Adónde vas?

—A instalarme en un hotel. No es que sea de tu puta incumbencia.

Intentó empujarlo para pasar, pero él se negó a moverse, así que sostuvo su mirada hostil y levantó la barbilla un centímetro, decidida a demostrarle que no se dejaría intimidar: —Me niego a quedarme en esta casa con vosotros después de lo que me habéis hecho pasar ahí dentro.

Si de verdad crees que le hice daño a tu preciosa Lana, ¿por qué quieres tenerme cerca de todos modos?

La policía no me ha detenido, no me ha advertido ni me ha dicho que me tenga que quedar aquí, así que no tienes ningún derecho.

No voy a ser tu puta prisionera. Ahora apártate de mi camino. Mi taxi está esperando.

—Déjala marchar, Xav —dijo Lana, de pie en el umbral de la sala de estar, de brazos cruzados y con expresión cansada—. No la quiero aquí.

—Ya somos dos —siseó Elise, desesperada por salir de la casa. Intentó sobrepasar a Xavier de nuevo y sintió alivio cuando esta vez él cedió.

No importaba que hubiera empezado a llover ni que fuera demasiado pronto para verse con George y tuviera que hacer tiempo. Solo quería salir de allí.

Al menos él venía a recogerla. Su amenaza había funcionado y daba gusto saber que ahora ella tenía algunas cartas a su favor.

George Maddox llevaba demasiado tiempo cortando el bacalao.