La casa de verano Capítulo 35
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Capítulo 35

Fue durante un castigo cuando conectaron por primera vez y, aunque compartían asignaturas y él sabía quién era ella, dudaba de que supiera siquiera cómo se llamaba él.

George estaba allí porque la tarea de Lengua que había entregado contenía un insulto hacia su profesora.

Sinceramente, no sabía nada del asunto hasta que le devolvieron el trabajo con una nota para que se quedara después de clase, y se le salieron los ojos de las órbitas al mirar la redacción en la que tanto se había esforzado y ver la vulgar descalificación escrita al pie de la página.

Reconoció la letra de Derek, comprendió que su hermanastro le había vuelto a tender una trampa e intentó aclarar las cosas, pero la profesora estaba hecha una furia y se negó a escucharlo. Lo obligaron a quedarse una hora al salir de clase cada tarde durante una semana.

Las dos primeras tardes había sido el único alumno allí. Solo estaban la Sra. Benson y él, y la hora transcurrió con una lentitud insoportable. El miércoles hubo cambio de profesor y llegó una segunda estudiante.

La observó entrar y sentarse en el pupitre enfrente de él. Cruzó una rápida mirada con él, pero no borró la expresión de fastidio del rostro. George dudaba de que fuera a rebajarse a hablarle.

El Sr. Hughes era ahora el encargado de vigilar el castigo y tenía aún menos ganas de estar allí que los propios alumnos.

Era uno de los profesores más jóvenes del instituto, conocido por andar flirteando con el resto del personal, y no paraba de desaparecer del aula.

Por las risitas que oía George, sospechaba que estaba intentando encandilar a una de las limpiadoras.

Estando solo los dos en el aula, el ambiente era incómodo, y George empezó a sentirse cohibido mientras contemplaba el cuaderno de ejercicios que tenía delante, con cierto miedo de aclararse la garganta y conteniendo las ganas de removerse en el asiento.

Aquella tercera tarde de castigo se hizo aún más pesada que las anteriores, y cuando vio a la misma chica en el aula la noche del jueves, temió que le tocara sufrir de nuevo.

Esta vez, ella había llegado primero, pero mientras que antes lo había ignorado, ahora lo observaba con indolente interés. Cuando el Sr. Hughes puso su primera excusa para irse a dar una vuelta, la chica lo sorprendió inclinándose hacia él.

—¿Por qué te han castigado? —le susurró.

Cuando George se lo contó, los ojos de ella se agrandaron: —¿De verdad hiciste eso?

Se le pasó por la cabeza la idea de responder afirmativamente. Tal vez, si le decía que él había escrito el insulto, ella pensaría que molaba, pero se lo pensó demasiado tiempo y comprendió que no se lo iba a creer.

—Lo hizo mi hermanastro —admitió él—. Es un capullo integral.

La vergüenza le abrasó las mejillas mientras ella lo miraba fijamente, y él se preparó para recibir una risotada o una burla. No recibió ninguna de las dos cosas.

—Le dije a la señora Brookes que se fuera a la mierda —le había contado en tono confidencial.

—¿De verdad?

Al ver que los ojos de George se abrían como platos, ella había curvado los labios en una sonrisa burlona.

—Sí.

—¿Lo hiciste solo para reírte un rato? —le había preguntado él, intentando sonar despreocupado y atreviéndose apenas a creer que ella tenía interés en mantener una conversación con él.

La chica se había encogido de hombros.

—Supongo. Ese día estaba de mal humor y ya no podía más.

La señora Brookes era una de las profesoras más aterradoras. George la admiraba.

Aquella tarde había pasado mucho más deprisa. Aunque tenían que guardar silencio cuando el señor Hughes estaba en el aula, no solía estar allí.

Al principio, la conversación había sido bastante ligera, pero luego la chica empezó a sonsacarle información sobre Derek, pues quería conocer la historia entre George y su hermanastro.

Él había tenido cuidado de no contar demasiado, porque no quería que ella pensara que era un cobarde y detestaba la idea de que pudiera compadecerse de él. Por eso le sorprendió que ella le revelara que también tenía sus propios problemas.

—La persona en la que siempre he creído, en quien más he confiado, me ha traicionado. La semana pasada descubrí que todo lo que me habían hecho creer era mentira —había confesado—. Sinceramente, no sé cómo sentirme al respecto.

—Lo siento —le había dicho George. No estaba muy seguro de qué otra cosa podía decir. El rostro de ella se había ensombrecido y él pudo ver la rabia en sus ojos.

—Supongo que estoy decepcionada, y también enfadada —había continuado—. Me han fallado y quiero devolvérsela. —Miró a George—. ¿Crees que eso me convierte en una mala persona? ¿Que quiera castigar a quienes me han hecho daño?

—No, supongo que no.

—Si pudieras, ¿querrías vengarte de tu hermanastro? ¿Hacerle pagar?

Él lo pensó durante unos instantes; llevaba mucho tiempo soñando con hacer pagar a Derek.

—Sí, lo haría.

Ella había sonreído entonces.

—Creo que tú y yo nos parecemos más de lo que pensamos.

Fue al día siguiente de que terminara por fin el castigo cuando ella le hizo la propuesta.

George estaba fuera, quitando la cadena de su bicicleta, y no la oyó acercarse.

—Creo que tú y yo podríamos ayudarnos —le dijo ella. Su voz lo sobresaltó y le hizo soltar la cadena.

Él no estaba seguro de poder ayudarla en nada, pero aun así sentía curiosidad.

—¿Cómo?

—Podría hacer que todos tus problemas con Derek desaparecieran. Conseguir que no volviera a molestarte. ¿Te gustaría?

George no estaba del todo seguro de que ella pudiera ayudarlo, pero, claro que sí, le encantaría. Asintió.

—¿Cómo lo harías?

—Con un plan. Tengo una idea. Por supuesto, también necesitaría que tú me ayudaras.

—¿A hacer qué?

—Quiero vengarme de la persona que me lo ha arruinado todo.

—¿Quieres hacerle daño? —George no estaba seguro de poder hacerlo. Debió de parecer preocupado, porque ella sonrió y negó con la cabeza.

—No, solo necesitaría tu ayuda para conseguir que se quedara a solas. Y quizá para hacer de vigilante. Solo quiero asustarla un poco. Darle una lección. Podrías hacer eso por mí, ¿verdad? Y, a cambio, yo me ocuparé de Derek.

—Supongo que podría.

—Entonces, ¿tenemos un trato?

George vaciló, pero solo durante un segundo. Tomó la mano que ella le tendía y se la estrechó.

—Vale, sí, tenemos un trato.