La casa de verano Capítulo 33
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Capítulo 33

A Ollie le palpitaba la cara, tenía el orgullo herido y el ánimo por los suelos.

Lo que se suponía que iba a ser un agradable reencuentro con viejos amigos se había convertido en una noche de pesadilla, buena parte de la cual la había pasado esperando en urgencias, con la nariz ensangrentada y rota, solo para que le dijeran que tomara unos analgésicos y dejara que se curara por sí sola.

Ryan y Greg lo habían llevado allí, pero se habían apresurado a marcharse; ni siquiera se habían despedido mientras él se registraba.

Poco después había tenido una conversación tensa con Elise, que le dijo que estaba cansada y que no, que no iba a ir a buscarlo.

Así que ahora soportaba un caro trayecto en taxi de vuelta desde Norwich hasta Mead House, con un conductor que respetaba a rajatabla el límite de velocidad y cuyo taxi estaba demasiado caliente para resultar cómodo.

La radio del coche estaba sintonizada además en un programa mediocre que emitía música country antigua.

Ollie odiaba la música country con toda su alma y había pedido que cambiaran de emisora, pero el conductor o era sordo o lo estaba ignorando.

Ese cabrón no iba a recibir propina.

Por si fuera poco, cuando estaban a una milla de Mead House, le informó de que el lector de tarjetas no funcionaba, así que tendría que pagar en efectivo.

Ollie discutió con él, pero como no llevaba dinero encima ni había efectivo en la casa, no le quedó más remedio que volver a Holt para sacar dinero de un cajero.

Cuando por fin llegaron a Mead House, estaba a punto de perder los estribos.

—Aquí está bien —indicó cuando el taxista señaló que iba a girar para entrar en el camino de acceso—. Subiré andando hasta la casa. Ni hablar de pagar un penique más de lo necesario.

Le entregó el importe y extendió la mano para que le diera el cambio, dejando claro que no pensaba dárselo como propina. El conductor respondió con un gruñido en vez de despedirse, visiblemente disgustado.

Ollie bajó del taxi, se metió de nuevo la cartera en el bolsillo y, mientras subía por el oscuro camino de acceso, refunfuñó para sus adentros sobre sus putos amigos, que lo habían dejado tirado en el hospital; su puta novia, de la que no había vuelto a saber nada desde la conversación que habían tenido antes, y el puto Xav Landry con su amiga gilipollas, Bree McCarthy.

Y, por supuesto, todos intentarían pintarlo como el malo de la película porque había golpeado a Trudy Palmer.

De acuerdo, se sentía un poco mal por eso, pero había intentado recuperar el equilibrio después de que Bree lo empujara.

No había golpeado a Trudy a propósito. Ella se había limitado a ponerse en medio.

Aun así, la vergüenza y la humillación por cómo había acabado la noche le encendieron las mejillas.

Joder, le dolía la nariz. También le palpitaba la cabeza. Probablemente por el estrés de toda aquella situación.

Decidió que se serviría un whisky al entrar, quizá se tragaría los analgésicos con él e intentaría relajarse antes de acostarse, y aceleró el paso.

Entre los árboles alcanzaba a ver la fachada de la casa y le sorprendió ver luces encendidas.

No solo las de arriba, sino también todas las de la planta baja.

¿Y esa música que se oía no era la suya?

Era pasada la medianoche y Elise había dicho que estaba en la cama, así que tenía que ser Lana. ¿Qué demonios estaría haciendo?

***

Lana tenía la cabeza embotada y sentía demasiado calor.

Esos fueron sus primeros pensamientos al recobrar el conocimiento.

Lo siguiente de lo que fue consciente fue el lento y rítmico golpeteo detrás del cráneo.

Cuando abrió los ojos y comprendió que estaba completamente a oscuras, el golpeteo aumentó tanto en velocidad como en intensidad.

La cabeza le daba vueltas con tanta rapidez que estuvo a punto de vomitar.

Permaneció inmóvil un momento, esperando a que pasara el mareo para poder concentrarse.

Tenía la frente húmeda de sudor, que le resbalaba por la cara, y el dolor de cabeza era ya tan agudo que quería gritar.

Intentó dominarlo mientras inspiraba profundamente un par de veces.

Sin embargo, apenas había aire y lo poco que conseguía inhalar estaba impregnado de unos gases tan penetrantes que las náuseas le subieron de nuevo directamente hasta la garganta.

¿Dónde estaba?

—¿Hola?

Su voz sonó amortiguada, incluso para sus propios oídos.

¿Qué demonios estaba pasando?

Intentó concentrarse y comprendió que estaba acurrucada en posición fetal, con los pies descalzos y la espalda apoyados contra algo. ¿Y qué era aquel ruido? Oía música y, en primer plano, otro sonido que retumbaba sin parar. ¿Un motor?

Los recuerdos regresaron de golpe. El ruido en el garaje, el motor del Mercedes de la abuela Kitty en marcha.

Notaba las vibraciones bajo el cuerpo y comprendió que estaba dentro del coche. Lo último que recordaba era el destello de alguien frente a ella. La habían golpeado con algo.

¿La habían metido en el coche? ¿Pensaban llevarla a alguna parte? Tenía que salir.

¿Por qué estaba todo tan oscuro?

Con cuidado, intentó incorporarse, pero no llegó muy lejos. Algo pesado se encontraba encima de ella y le bloqueaba la salida.

Intentando no dejarse llevar por el pánico, volvió a alargar las manos y se tomó unos instantes para explorar lo que la rodeaba. Un espacio pequeño, metal justo por encima de ella y a ambos lados. No podía estirarse. De hecho, apenas tenía sitio para moverse.

El coche. Estaba dentro del coche, sin duda. Pero no en el asiento, y no había espacio suficiente en el hueco de los pies. Además, estaba aquel horrible olor a gases.

Era como si el aire se cerrara a su alrededor y la asfixiara.

Necesitaba moverse e intentar despejarse la cabeza para poder concentrarse. Y había que apagar el motor. Cada segundo se sentía más aturdida.

Reunió las pocas fuerzas que le quedaban y empujó la improvisada tapa de su ataúd, pero encontró resistencia y un escalofrío de horror le recorrió la espalda al comprender que estaba atrapada.

Por fin entendió por qué apenas podía moverse.

Estaba en el maletero.

Con el poco aire que le quedaba, Lana empezó a gritar.

***

Era su segunda visita a Mead House en el espacio de una semana, el único lugar al que había jurado no volver jamás, pero Xav no hizo caso de aquella promesa cuando salió de la carretera rural y aceleró por el camino de acceso.

La llamada de Lana lo había asustado casi de muerte y había terminado de golpe con un grito antes de que la línea se cortara. De pronto, todos los problemas que habían existido entre ellos habían dejado de importar. Solo sabía que tenía que llegar hasta ella, y rápido.

Había llamado a la policía mientras conducía, pero era consciente de que no llegarían a la casa tan deprisa como él.

Pisó a fondo el acelerador, sin importarle que estuviera tomando las curvas estrechas a una velocidad excesiva.

Normalmente era un conductor prudente, pero aquella noche no disponía del lujo de tener tiempo.

Estaba tan concentrado en la casa que tenía delante, con todas las habitaciones iluminadas y la puerta principal abierta de par en par, que casi atropelló al hombre que subía corriendo por el camino de acceso.

Ollie.

Dio un volantazo en el último momento. El coche derrapó a su alrededor mientras Ollie saltaba para apartarse. Xav frenó frente a la casa y ya estaba fuera del vehículo cuando Ollie se acercó tambaleándose, con el rostro contraído en una mueca de furia.

—Imbécil, hijo de puta. ¿Intentabas matarme?

—Tengo que encontrar a Lana.

—¿Qué? Te dije que te mantuvieras alejado.

Cuando Xav lo ignoró y se dirigió directamente a la casa, Ollie lo agarró del hombro y lo hizo volverse hacia él, acercándose hasta quedar casi pegado.

—Hay que tener mucho morro para presentarte aquí esta noche.

No había tiempo para aquello. Xav le dio un fuerte empujón y, cuando Ollie volvió a abalanzarse sobre él, lo agarró por la parte delantera de la camiseta.

—Escúchame. Tu hermana está en problemas. Creo que corre peligro.

—¿Qué? —La agresividad desapareció y dejó paso a la preocupación—. ¿De qué demonios estás hablando?

Xav no respondió. Miraba por encima del hombro de Ollie y podía ver el humo que salía por la puerta del garaje doble.

—¿Dónde está tu llave?

—¿Qué?

Xav lo empujó en dirección al garaje.

—Ollie, ¿dónde coño está tu llave?

Al ver el humo, Ollie abrió mucho los ojos y empezó a palparse los bolsillos.

No había tiempo.

La puerta principal estaba completamente abierta y, sin decir una palabra más, Xav se lanzó al interior de la casa. Quizá llevaba años sin estar allí, pero recordaba lo bastante bien la distribución.

—¿Quién coño eres?

Le dirigió una fugaz mirada a la rubia que lo observaba desde las escaleras, frunciendo el ceño, pero no se detuvo a responder. Cruzó el recibidor, entró en la cocina y llegó hasta la puerta que comunicaba con el garaje. El humo denso y los gases del tubo de escape ya estaban llenando la estancia.

Oyó pasos detrás de él mientras abría la puerta.

—¿Lana?

Ollie sonaba angustiado mientras seguía a Xav al garaje.

Había dos coches, ambos con el motor en marcha. Xav se subió la camiseta para cubrirse la parte inferior de la cara y se movió entre los vehículos. Lana no estaba en ninguno de los dos.

Metió la mano en el interior del Mercedes y apagó el motor, mientras Ollie se encargaba de su propio coche.

—¿Lana?

¿Dónde coño estaba?

Sin duda estaba en el garaje cuando su teléfono se apagó.

—El maletero.

Xav miró a Ollie y vio cómo se le desencajaba el rostro de angustia mientras corrían hacia la parte trasera del Mercedes. Al abrirlo, se le cortó la respiración al ver a Lana acurrucada de lado.

A su lado, Ollie lanzó un aullido gutural.

No se movía y el primer pensamiento de Xav fue que estaba muerta.

Mientras intentaba encajar el horror de aquello, una sensación de entumecimiento lo invadió y su cuerpo actuó casi en piloto automático para sacarla del maletero.

Aún estaba caliente al tacto, ardiendo incluso, con el pelo y la piel húmedos, y la llevó en brazos hasta la cocina, recostándola sobre el frío suelo de baldosas.

—¡Cierra la puerta! —le gritó a Ollie, quien obedeció de inmediato, dejando lo peor del humo encerrado en el garaje antes de caer de rodillas junto a Xav.

—¿Qué ha pasado?

La rubia ya estaba en la estancia. Así que esa era Elise, dedujo Xav.

No le respondió, y tampoco lo hizo Ollie, que estaba completamente centrado en su hermana. Pero él notó que ella no parecía tan preocupada como debería. ¿Había sido cosa suya?

Xav nunca debería haber dejado que Lana volviera sola a Mead House. Sabía que había una amenaza, pero no había querido afrontar la idea de que tal vez, hasta que averiguaran de dónde procedía, lo más seguro para ella habría sido quedarse con él.

Dejó a un lado esa oleada de culpa, sabiendo que no era momento para eso, del mismo modo que no había tiempo para Elise.

Ya se ocuparía de ella más tarde. En lugar de eso, le tomó el pulso a Lana, sin atreverse a albergar esperanzas hasta que notó que latía.

Estaba a punto de iniciar la reanimación cardiopulmonar cuando ella empezó a toser y abrió los ojos parpadeando.

—¿Lana?

Ollie se inclinaba sobre ella y Xav tuvo que frenarlo.

—Déjale espacio —dijo, y miró a Elise por primera vez—. ¿Puedes traerle un poco de agua?

Cuando la mujer se le quedó mirando fijamente, como clavada en el sitio, él le espetó con dureza: —¡Ahora!

Aquello la hizo reaccionar del susto y, aunque no respondió, fue al fregadero y llenó un vaso.

Lana estaba pálida y temblorosa, y Xav pudo ver, ahora que le había apartado el pelo, que tenía un corte en la frente; pero respiraba y, muy en su línea, también se movía demasiado rápido, intentando incorporarse ya.

—Con calma —le indicó, cogiendo el agua que le tendía Elise y ayudando a Lana a dar un par de tragos para recomponerse.

Ollie no esperó más y la estrechó en un fuerte abrazo antes siquiera de que Xav apoyara el vaso. Xav veía que estaba luchando por contener las emociones. Mientras las suyas seguían bajo control, sacó el teléfono y llamó a una ambulancia.

A Lana no le gustaría, pero tenían que examinarla.

Vio que los ojos de Elise se abrían levemente al darse cuenta de que hablaba con el servicio de emergencias, y comprendió que ella no sabía que ya había llamado a la policía.

No sabía si estaba implicada en lo que le acababa de pasar a Lana, pero estaba seguro de que los agentes querrían hablar con ella, ya que solo estaban las dos solas en la casa.

Una cosa era segura: Lana no se había encerrado sola en el maletero.