La casa de verano Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—¿Ah, sí? ¿Qué coño te pasa conmigo? —Ollie levantó la barbilla e intentó parecer intimidante, pero Xav lo recordaba lo bastante bien.

Tenía mucha fanfarronería y a veces pecaba de exceso de confianza, pero nunca se le había dado muy bien llegar hasta el final.

Además, a menos que hubiera cambiado, no había manera de que Ollie se rebajara a pegarle a una mujer.

Por desgracia, Xav no estaba tan seguro respecto a sus amigos. Ryan Hayes no intervendría, pero Greg Corbett estaría disfrutando de lo lindo y no parecía importarle a quién alcanzaban sus puñetazos.

—Mi problema no es solo contigo. Es con toda tu maldita familia. Los Hamilton os creéis especiales, pero sois una enfermedad para este pueblo.

—Bree, ya basta. —Necesitaba calmar la situación. No podía salir nada bueno de aquello.

—Cállate, Xav.

Ahora estaba furiosa y el rostro de Ollie se ensombrecía por momentos. Cerró el puño y dio otro paso hacia ella. Xav lo observó atentamente, preparado para intervenir si era necesario, aunque sabía que Bree podía defenderse perfectamente sola.

—Este pueblo se llevó a mi hermana. —Ollie lanzó a Xav una mirada llena de desprecio antes de volver a clavar los ojos en Bree—. Su familia se llevó a mi hermana.

—Quizá tu hermana se lo merecía.

—¡Bree! ¡Para! —insistió Xav. Había sido un golpe bajo y además cruel.

Los ojos de Ollie se abrieron desmesuradamente, conmocionado. —Retira eso ahora mismo.

—¡Oblígame! —lo provocó Bree.

Xav no tenía el menor interés en aquello.

Eran adultos, no adolescentes dominados por las hormonas que buscaban demostrar algo y, además, aquella lamentable disputa era entre Ollie y él, no entre nadie más.

Empezó a levantarse, con la esperanza de calmar los ánimos, pero Trudy ya estaba de pie y le puso una mano en el hombro.

Se le adelantó al rodear la mesa para colocarse junto a Bree, interponiéndose entre ella y Ollie.

—Mira, los dos os estáis comportando como unos idiotas —les dijo, intentando apaciguar los ánimos—. Sentémonos y hablemos de esto.

—No me puedo creer que necesites que las mujeres luchen tus batallas —soltó Corbett con sorna. Xav lo ignoró, consciente de que intentaba avivar la situación.

—Siéntate, Trudy —ordenó Bree. Parecía furiosa; tenía la mirada fija en Ollie.

—Retira lo que has dicho de Camille —exigió Ollie.

—¿Por qué? —Bree le dio un empujón para provocarlo—. ¿Porque no quieres aceptar que quizá era una zorra que obtuvo lo que se merecía?

—¡Ya basta! —Xav se había puesto en pie—. Bree, has cruzado la línea.

Estaba siendo innecesariamente cruel y, en aquel momento, él estaba más molesto con ella que con Ollie.

Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, Bree empujó a Ollie con fuerza y él extendió la mano, bien para recuperar el equilibrio, bien para golpearla; Xav no estaba seguro.

Pero Trudy seguía intentando separarlos y, en medio del forcejeo, acabó colocándose en la trayectoria del golpe.

Xav oyó el bofetón y contempló horrorizado cómo ella se desplomaba en el suelo.

Fuera o no un accidente, se negó a quedarse de brazos cruzados. Pero no fue lo bastante rápido y el chasquido del puño de Bree al estrellarse contra la nariz de Ollie sonó tan fuerte que Xav hizo una mueca.

Corbett se metió en la pelea, ansioso por participar, mientras Ollie se cubría la cara con las manos, con la sangre escurriéndosele entre los dedos y aullando de dolor.

Xav fue consciente de que un niño gritaba y de que otros clientes del pub contenían exclamaciones de asombro. Entonces llegó la caballería, formada por un par de empleados del bar y otros clientes, que separaron a Corbett, Ollie y Bree.

Trudy estaba de rodillas y Xav la ayudó a ponerse en pie.

—¿Estás bien? —le preguntó, intentando ver dónde había recibido el golpe, algo difícil porque ella se apoyó directamente contra él.

Le rodeó el cuerpo con un brazo, con cautela, consciente de que ella no había pedido que ocurriera nada de aquello. Había intentado hacer de pacificadora.

Malditos fueran Ollie y Bree. Aquel era un agradable pub de pueblo y, como aún era temprano, había familias allí. Le avergonzaba estar en compañía de ambos.

Como había sospechado, el dueño quiso que todos se marcharan.

Xav no tuvo ningún problema con ello; ojalá no hubiera salido de casa.

Se disculpó con el personal, les dejó su número y les dijo que lo llamaran si había que pagar algún desperfecto.

Después ayudó a Trudy a salir, hasta donde Bree esperaba todavía cargada de agresividad y cerveza, arrepentida únicamente de no haber golpeado a Ollie por segunda vez.

Por suerte, no había ni rastro de Ollie ni de sus amigos, que al parecer ya se habían marchado.

—Te dije que le daría a ese capullo lo que se merecía —dijo Bree, acercándose.

—Te pedí que lo dejaras. Te has pasado tres pueblos.

—Oh, vamos, Xav. Se lo merecía.

—¿Y Trudy también se lo merecía? —bramó Xav, al saltarle por fin la chispa.

Por fin consiguió hacer mella en Bree, cuya expresión se volvió compungida.

—Mierda, Trudy. Lo siento, no quería que te vieras envuelta en esto.

—Estoy bien, de verdad —insistió Trudy—. Ha sido culpa mía. Estaba en medio.

—¿Lo ves? Está bien —convino Bree, recuperando de inmediato su fanfarronería—. Aunque no gracias al maldito Ollie Hamilton. —Se detuvo y fulminó a Xav con la mirada—. ¿Quieres dejar de mirarme con odio? Yo nunca le pegué a ella.

Xav soltó una risa áspera. —Si tú y Ollie no hubierais empezado, ella no se habría encontrado en medio del fuego cruzado.

—¡Intentaba protegerte a ti y a tu hermano!

—No necesito que nos protejas, Bree. ¡Sé cuidar de mí mismo!

Los dos guardaron silencio unos instantes, mirándose sin que ninguno estuviera dispuesto a ceder.

Bree fue la primera en hablar. —Bueno, ya has dejado claro cuál es nuestra situación. Como supongo que no me necesitas, me marcho y te dejo tranquilo.

Alzó la barbilla con gesto desafiante y se dio la vuelta.

Por el amor de Dios.

—Bree, vuelve y sube al coche.

—Gracias, pero iré andando. Necesito despejarme. Tengo algunas cosas en las que pensar.

—Ya sabes, teniendo en cuenta lo capaz y testaruda que eres, ahora mismo te estás comportando como una auténtica reina del drama —le gritó Xav a la espalda.

Su comentario hizo que Bree se detuviera. Tensó los hombros mientras sopesaba sus palabras y luego se volvió para mirarlo.

—Mira quién habla —replicó—. No sé qué te pasa esta noche. Esa zorra de Hamilton te está lavando el cerebro.

Xav se enfureció. —Deja a Lana fuera de esto.

—Lana es problemática, Xav. Y ha conseguido que pienses con la polla en vez de con la cabeza. Malditos Hamilton. Este pueblo estará mejor sin ellos. Ya lo verás.

—Última oportunidad para que te lleve —ofreció Xav, ignorando la pulla de Bree. Mantuvo abierta la puerta del copiloto para Trudy.

—Gracias. Pero no, gracias. Nos vemos, Xav —replicó Bree.

Él no insistió. Todavía era temprano y solo había unos seis kilómetros hasta Holt. Con suerte, el paseo ayudaría a que a Bree se le pasara la borrachera.

Al sentarse al volante, se volvió hacia Trudy. —¿Estás bien?

Ella asintió, todavía un poco conmocionada. —Sí, eso creo. No es exactamente la noche que esperábamos, ¿eh?

—Bree es su peor enemiga —murmuró Xav mientras arrancaba el motor—. Sé que lo hace con buena intención, pero tiene que aprender a controlar su temperamento.

—¿Estará bien yendo sola a casa?

—Sí, estará bien. Con suerte, el paseo la despejará un poco.

Mientras hablaba, pasaron junto a ella y, al mirar por el retrovisor, Xav vio que Bree le levantaba el dedo corazón. En aquel momento no había manera de hacerla razonar. La llamaría por la mañana, con la esperanza de que para entonces se le hubiera pasado el enfado.

—Los Hamilton no son problema suyo. No sé por qué les tiene tanta tirria.

—¿Y son problema tuyo? —preguntó Trudy en voz baja.

Xav le dirigió una breve mirada. —Se marcharán cuando la casa salga al mercado —respondió, haciendo caso omiso de la verdadera pregunta.

No tenía muy claro qué estaba insinuando, pero sospechaba que tenía que ver con la conversación anterior sobre sus sentimientos por Lana. Trudy necesitaba entender que, incluso después de que Lana abandonara el pueblo, entre ellos no iba a pasar nada.

Pero aquel no era el momento de hablar de eso. Llevaría a Trudy a casa y le pondría hielo en la cara. Después, cuando supiera que estaba bien, comprobaría cómo estaba Lana y se aseguraría de que ella también se encontrara bien.

Solo esperaba que las acciones de Ollie no hubieran destruido por completo el frágil vínculo que habían vuelto a construir.