Capítulo 31
Lana estaba asumiendo demasiados riesgos y aquello asustaba a Xav más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Le había dicho que no fisgoneara, pero ella no le había hecho caso y, de acuerdo, lo que había descubierto planteaba muchas preguntas, algunas de las cuales apuntaban a que Elise podía ser quien conducía el coche.
Pero eso también la convertía en una persona peligrosa.
Si ya había intentado matar a Lana una vez, era muy probable que volviera a intentarlo.
Y eso no le gustaba nada. Quería que Lana mantuviera las distancias con aquella mujer, al menos hasta que averiguaran qué se traía entre manos.
El recibo era preocupante, pues demostraba que Elise había estado en la zona en el momento del atropello con fuga y no en Norwich, como había afirmado. Además, la conversación que Lana había oído sonaba francamente sospechosa.
Empezó a escribirle un mensaje con la intención de sugerirle que fuera a verlo, pero antes de poder enviarlo le llegó otro. Bree le recordaba que habían quedado para tomar algo y le preguntaba a qué hora se encontrarían.
Mierda. Era viernes. Su cumpleaños.
No podía cancelarle y dejarla sola en casa. Además, estaba siendo un amigo de mierda: había estado tan absorbido por Lana que se había olvidado de felicitarla.
Lo hizo en ese momento y le dijo que iría a recogerla en coche a las cinco de la tarde. Después se metió rápidamente en la ducha. Le enviaría un mensaje a Lana cuando llegara al pub.
Tras detenerse por el camino para comprar una botella de whisky escocés por su cumpleaños, recogió a Bree y la llevó al lugar que ella había elegido: el pub Ship Inn, en Weybourne.
Estaba a solo cinco kilómetros de la casa de Xav, pero aún no había decidido si volvería conduciendo o dejaría el coche en el pub. Ya vería cómo transcurría la velada.
Al entrar en el pub, se dio cuenta de que no iban a estar solos. Trudy se levantó para recibirlos con una radiante sonrisa en el rostro y a él se le cayó el alma a los pies.
Bree no le había advertido de que iba a venir.
Trudy abrazó a cada uno de ellos, felicitó a Bree por su cumpleaños y luego se quedó abrazada a Xav un instante más de lo que resultaba cómodo. Su perfume, demasiado intenso, le invadió los sentidos y tuvo que apartarse de sus brazos.
—Yo pediré las bebidas —les dijo, dirigiéndose a la barra mientras Bree y Trudy salían a buscar una mesa. Mientras esperaba el pedido, envió un mensaje rápido a Lana para comprobar que estaba bien.
La respuesta le llegó cuando llevaba la bandeja de bebidas al jardín de la cerveza.
—¿Coca-Cola? —preguntó Bree, arqueando las cejas.
Xav se encogió de hombros.
—Probablemente vuelva a casa en coche.
A Bree no pareció entusiasmarle la idea y murmuró a Trudy que Xav no era muy divertido.
—Y ahora está con el teléfono —se quejó.
—Dos segundos y lo guardo, lo prometo. Solo estoy comprobando que Lana esté bien.
Le leyó el mensaje, en el que le decía que estaba bien, y luego le recordó que mantuviera cerrada con llave la puerta de su dormitorio, por precaución, antes de volver a guardarse el teléfono en el bolsillo.
—¿Te ha devuelto el diario? —preguntó Trudy de inmediato.
Xav vaciló, sin saber cuánto estaba dispuesto a contar. Pero las dos mujeres lo miraban y supuso que sí tenía que agradecerles que lo hubieran animado a hablar con Lana.
—No. Ha desaparecido.
—¿Desaparecido? —repitió Bree.
—Lana cree que alguien se lo ha llevado y, después de hablar con ella, me inclino a estar de acuerdo.
Una punzada de irritación lo atravesó al ver que Bree y Trudy intercambiaban una mirada, una mirada de escepticismo que él reconoció al instante.
—¿Estás seguro de que existió de verdad? —preguntó Trudy al cabo. Estaba seguro de que la suavidad de su tono pretendía ser bienintencionada, pero solo consiguió irritarlo aún más.
—¿Estás insinuando que se lo ha inventado?
—Solo digo que Lana estaba desesperada por hablar contigo desde que volvió al pueblo. Quizá esta fuera su manera de llamar tu atención.
—Ha sido muy cruel, de todos modos —murmuró Bree, con expresión apesadumbrada—. Está jugando con la vida de la gente y dando falsas esperanzas.
—No, no lo está haciendo. El diario existe. Conozco a Lana. No miente sobre eso.
—Vale, entonces ¿dónde está? ¿Quién se lo llevaría y por qué?
Ahí era donde Xav se resistía a contar demasiado. Al menos, sin pruebas concretas. —Alguien que no quiere que se limpie el nombre de mi hermano.
—¿Y tienes alguna idea de quién podría ser? —preguntó Trudy.
—No. Había tardado demasiado en responder y, aunque mantuvo la mirada fija en Trudy, sospechó que ella sabía que estaba mintiendo.
—Bueno, veo que te ha convencido —dijo Bree, resignada, mientras daba un sorbo a su bebida—. Haznos un favor a todos, amigo. Usa la cabeza cuando se trate de Lana Hamilton. No me fío de ella ni un pelo.
—Tú fuiste quien sugirió que me pusiera en contacto con ella —señaló Xav.
—Por el diario. Te hizo creer que tenía pruebas. Algo que podía ayudar a limpiar el nombre de Seb.
—Ella nunca dijo que tuviera pruebas.
—Vale, pero te dio esperanzas, te hizo creer que aquel diario era importante.
—Y lo sigue siendo.
Bree suspiró. —Mira, sé que todavía sientes algo por ella. Pero no dejes que eso nuble tu juicio. Yo, por mi parte, me reservo el mío.
—¿Tú sientes algo por ella?
Xav miró a Trudy. Su pregunta había sonado casual, como si solo sintiera una ligera curiosidad, pero él entendió por qué se lo preguntaba y comprendió que se le presentaba la oportunidad perfecta para que su relación volviera a ser puramente platónica.
—Lo de Lana es complicado. Pero sí, me importa y todavía siento algo por ella.
No era exactamente una mentira. Solo algo que aún no había terminado de aceptar.
Trudy sostuvo su mirada, con el rostro desprovisto de emoción. —Ya veo.
Durante un momento, los tres quedaron sumidos en un silencio incómodo y Xav se preguntó si no habría sido un error utilizar a Lana para que Trudy dejara de insistir.
Quizá habría sido más amable ser sincero y decirle que aquella aventura de una noche, tantos años atrás, había sido un error, al menos por su parte.
Por suerte, Bree acudió al rescate cambiando de tema, y dejaron de hablar de Lana y del diario.
Xav seguía un poco molesto porque dudaran de él, pero intentó sacudirse la irritación y hacer un esfuerzo por Bree, y se sintió aliviado cuando Trudy hizo lo mismo.
Tras unos minutos de tirantez entre ellos, pareció dejarlo atrás, y él se lo agradeció.
Puede que Trudy no le atrajera, pero era una buena persona y estaba encantado de ser su amigo, siempre y cuando ella entendiera que no podía ofrecerle nada más.
Iban por la tercera ronda; Xav acababa de regresar de la barra con otra bandeja de bebidas cuando las cosas se torcieron.
Bree fue la primera en reaccionar ante los recién llegados al jardín del pub. Se quedó a mitad de una frase, con el ceño fruncido en su bonito rostro. —No me jodas.
Sin saber a qué se refería, Xav se volvió en el asiento y se encontró con la mirada de Ollie Hamilton.
La tensión le trepó por la espalda cuando la sonrisa desapareció del rostro de Ollie y fue sustituida enseguida por un gesto hosco. Estaba con Ryan Hayes y Greg Corbett. Los dos habían ido al colegio con Xav, pero hacía mucho que habían roto toda relación con él, dejando clara su lealtad a Ollie.
Ollie nunca había sido tan indulgente como Lana, y a Xav le dolía que el chico con el que había estado tan unido durante su infancia, su mejor amigo, lo mirara ahora con semejante repugnancia.
Xav fue el primero en romper el contacto visual y apartar la mirada.
No era que le tuviera miedo a Ollie ni que temiera acabar en una pelea.
Si hacía falta, sabía defenderse con los puños y, de joven, se había visto envuelto en un montón de peleas por intentar limpiar el nombre de su hermano, pero no tenía ganas de enfrentarse a aquella.
Por desgracia, Bree sí, y estaba clavando los ojos en Ollie, provocándolo para que hiciera un movimiento. —Me encantaría dejar a ese gusano hecho papilla —siseó.
Bree podía pesar varios kilos menos que Ollie, pero Xav no dudaba de que podría darle una buena paliza.
—Déjalo, ¿vale? No merece la pena.
—Míralo, con esos aires de superioridad. De verdad se cree alguien especial. El gran Ollie Hamilton. Esa familia es una maldición.
—Bree, Xav tiene razón —la apremió Trudy—. Mira, estamos pasando una velada agradable. Por favor, no dejes que nos la arruine.
Parecía la voz de la razón, pues Bree volvió a concentrarse en su bebida. Siguió refunfuñando por lo bajo, pero Xav vio que estaba relajando los hombros, dispuesta a dejarlo correr.
Aun así, ya era demasiado tarde, porque Ollie se acercaba a grandes zancadas, evidentemente después de haber oído parte de lo que ella decía, mientras Hayes y Corbett observaban divertidos.
—¿Tienes algún problema con que esté aquí?
Se dirigía a Bree, pero fue Xav quien respondió. —Nadie tiene ningún problema contigo, Ollie. Ve a disfrutar de tu bebida.
Ollie ignoró a Xav y repitió la pregunta, con el ceño fruncido. —He preguntado si tienes algún problema con que esté aquí.
Bree sonrió de medio lado a Xav y Trudy por encima de la mesa.
Antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar, se volvió en su asiento.
—Mira, estamos intentando disfrutar de la velada y tú nos estás molestando.
Así que coge esa cara de niño guapo y engreído que tienes y vuelve corriendo con tus amiguitos. Déjanos en paz de una puta vez.
—No me hables así.
—¿Perdona? —El tono de Ollie había sido pomposo y la expresión de Bree se ensombreció mientras se ponía en pie. Al ver que su amigo podía estar en apuros, Hayes y Corbett se acercaron a la mesa—. ¿Que te hable cómo?
—Bree. Déjalo, por favor.
—No te metas, Xav. Ya era hora de que alguien le dijera a este mequetrefe santurrón cuatro verdades.