Capítulo 29
George solía pasar a ver a su madre al menos una vez por semana y siempre intentaba hacerlo cuando sabía que estaría sola en casa.
No es que tuviera nada contra su padrastro. El viejo estaba bien, pero cuando solo estaba su madre había menos posibilidades de que Derek apareciera. Por eso se disgustó al encontrarse a su hermanastro sentado en la cocina cuando se detuvo allí de camino a casa después del trabajo.
—¿Quieres una taza de té, cariño? Estaba preparando otra para Derek.
La idea de sentarse siquiera a la misma mesa no le hacía ninguna gracia a George, pero ¿qué otra opción tenía? Acababa de llegar, así que difícilmente podía darse la vuelta y marcharse.
—Gracias, mamá.
Acercó una silla y saludó a Derek con un gesto inexpresivo.
—¿Qué tal?
—No me quejo —le respondió Derek con el mismo entusiasmo.
Aquella cordialidad forzada no era más que una farsa para sus padres.
George había odiado a su hermanastro mayor desde el momento en que Derek Golden, con catorce años, había entrado en su vida.
Derek le llevaba seis años y le había hecho la vida imposible hasta que, con el tiempo, George encontró la manera de detenerlo.
Por aquel entonces apenas se dirigían la palabra y el desprecio que sentían era mutuo. Pero Derek sabía que no le convenía ni siquiera mirar a George de manera incorrecta, pues era consciente de las consecuencias que podía haber y de que George tenía todo el poder.
Su relación era civilizada por el bien de sus padres, aunque fría, y a George le parecía perfecto.
Derek era un desastre patético. Bebía demasiado, le costaba conservar un trabajo y su matrimonio se había hecho añicos.
Si George le tuviera algún aprecio, quizá sentiría lástima por él: vivía en un pisucho de mierda, tenía pocos amigos y su vida apenas merecía tal nombre.
Ya ni siquiera era un tipo duro; sus músculos se habían convertido en flacidez.
George no necesitaba recurrir al chantaje.
Ahora era más grande y fuerte. Podía darle una paliza sin dificultad si alguna vez llegaban a las manos.
Sin embargo, era mejor mantener una amenaza latente que le acarrearía una condena de prisión si alguna vez revelaba la verdad.
Así se aseguraba de que su hermanastro no se saliera nunca de la línea.
Los dos sabían que, si el oscuro secreto de Derek salía a la luz, su vida se acabaría.