Capítulo 28
—Entonces, aparte de mí, ¿quién más sabe lo del diario?
—preguntó Xav mientras llevaba dos tazas de café hasta donde Lana estaba sentada en el sofá.
Las dejó sobre la mesa y se sentó a su lado, doblando una pierna bajo el cuerpo mientras se volvía hacia ella.
Por primera vez desde que había regresado, parecía relajado en su compañía.
Lana apenas había dormido, temiendo decirle que el diario había desaparecido y culpándose por no haberlo vigilado mejor. Sabía que él se enfadaría con ella, pero no esperaba que aquello les brindara la oportunidad de aclarar las cosas.
No era estúpida y no esperaba que todo volviera a ser como antes, pero al menos Xav ya no la miraba como si le resultara físicamente doloroso estar en su presencia.
—Ollie fue quien lo encontró, cuando estaba desmontando el armario de la habitación de Camille —le explicó—. George y yo estábamos con él.
—¿George?
—George Maddox. El jardinero.
Xav asintió.
—Lo conozco. Su mujer limpia en casa de mi madre.
Lana quiso preguntarle cómo estaba Joanna.
La madre de Xav siempre había sido muy amable con ella y se había alegrado muchísimo al descubrir que habían empezado a salir.
Pero las opiniones cambiaban y, sin duda, ahora Joanna pensaría de otra manera.
No le parecía apropiado preguntarle por ella y se dijo que debía centrarse en el tema.
—Nos ha estado ayudando con la casa.
—Y su nombre empieza por G.
—No tenía una aventura con Camille. Ya había pensado en él. El hombre del que escribió mi hermana parecía tener experiencia y llevar la voz dominante en la relación. George era más joven que Camille y Ollie dice que era un poco empollón.
—Es verdad —admitió Xav—. Pero sabe lo del diario y tiene la inicial correcta, así que lo mantenemos en la lista.
—¿La lista? —preguntó Lana, ligeramente divertida—. ¿Tenemos una lista?
—Sí —decidió Xav—. Deberíamos tenerla.
Se le dibujó una sonrisa en los labios; se le marcaron hoyuelos en las mejillas y unas arrugas se abrieron en abanico en las comisuras de los ojos.
Era una sonrisa preciosa y dolorosamente familiar, y Lana se dio cuenta de que era la primera vez que lo veía sonreír de verdad desde que había regresado.
—Vale —asintió, con la voz un poco ronca—. ¿Tienes papel y bolígrafo?
Mientras él iba a buscarlos, tragó saliva y respiró hondo, tratando de serenarse. Tenía que recomponerse. Aquello iba de Camille y Sebastian, no de ella y Xav. No tenía sentido anhelar algo que ya no podía tener.
—Tú, Ollie y George —dijo Xav al volver al sofá y anotar los tres nombres en el bloc que había traído—. ¿Quién más?
—La prometida de Ollie, Elise, se aloja en la casa.
—¿Ollie se casa? —preguntó, sorprendido.
—Eso parece.
—¿Cómo es ella?
Engreída, maleducada, vaga. Lana no dijo nada de eso, pero se tomó su tiempo para pensar cómo responder, lo que provocó una carcajada de Xav.
—No te cae bien, ¿verdad?
—Yo nunca he dicho eso.
—No hace falta. Se te nota a la legua.
¿De verdad? ¿Era tan transparente?
—Supongo que no hemos empezado con buen pie —admitió.
—Pero ¿Ollie la quiere?
—Eso parece. Todo ha ocurrido como un torbellino. Es bastante exigente.
—¿Y sabe lo del diario?
—Sí —respondió Lana, vacilando antes de añadir—. Bueno, lo sabe desde que la acusé de habérselo llevado.
—¡Lana! —Xav volvió a reírse.
—Solo vivimos los tres allí y Ollie jura que no lo cogió. Estaba aplicando el método de eliminación.
—Vale. Añadimos «prometida exigente» a la lista —dijo Xav, aún divertido, mientras apuntaba el nombre de Elise—. ¿Alguien más?
—No se me ocurre nadie.
Xav guardó silencio un momento.
—Entonces encontraste el diario antes de aquella noche en la playa. ¿Antes de que te atropellara el coche?
—Sí, ¿por qué?
Incluso mientras hacía la pregunta, Lana comprendió hacia dónde iban sus pensamientos.
—¿Crees que está relacionado?
—Es un poco casualidad, ¿no te parece?
¿Lo era? Apenas había empezado a leer el diario el día anterior al atropello y, aunque había descubierto la existencia de G, en realidad no había creído que pudiera ser el asesino de su hermana, al menos no hasta después.
¿Tenía razón Xav? ¿Era el conductor del coche la persona que había estado relacionada con Camille?
Se quedó callada y debió de parecer preocupada, porque Xav le cogió la mano y trazó un dibujo sobre su palma con el pulgar. El gesto era reconfortante e íntimo a la vez, y le hizo revolotear mil mariposas en el estómago.
—Creo que será mejor que no dejemos que nadie más se entere de nada de esto. Por si acaso, ¿de acuerdo?
Lana asintió. Tenía razón. La verdad era que no había pensado en todo aquello hasta el final.
—Entonces, ¿estás completamente segura de que nadie más sabía lo del diario el día que lo encontraste?
Ya había repasado aquel día mentalmente.
—Nadie. Solo estábamos los cuatro en la casa.
Xav tamborileó con el bolígrafo sobre el bloc.
—Es una lista bastante corta, Lana.
Lo era, y ella comprendía lo que implicaba.
—Ollie no me haría daño.
Xav estuvo de acuerdo. Puede que él y Ollie ya no se hablaran, pero en otro tiempo habían sido los mejores amigos. Ollie jamás haría daño a su propia hermana.
—Vale, entonces quedan dos: George y Elise.
—¿Crees que uno de ellos se llevó el diario?
Xav asintió.
—Lógicamente, sí.
—Y puede que uno de ellos condujera el coche.
No era una pregunta, pero él respondió de todos modos.
—Es posible. Si está relacionado. —Le apretó la mano—. ¿Cuándo recuerdas con certeza haber visto el diario por última vez?
—Ayer, justo antes de venir a verte. Cuando llegué a casa ya no estaba.
—Entonces Elise estaba en la casa. ¿Dónde estaba George?
—Ya habría terminado de trabajar por el día. En la casa solo estaban Elise y Ollie.
—¿Y qué hay de la noche en la playa? ¿Sabes dónde estaban George y Elise?
Lana hizo memoria.
—Ollie había invitado a George a una partida de póquer. Estaba en la casa, aunque llegó tarde.
—¿Y Elise?
—Estaba en Norwich, alojada en casa de una amiga.
—¿Es de Norfolk?
—Eso parece.
—Entonces es posible que los dos tengan coartada. —Xav se quedó pensativo un instante—. George conduce una furgoneta. ¿Elise tiene coche?
—No en la casa. Cogió un taxi.
—Pero sabe conducir, ¿verdad?
Lana se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. No sé gran cosa sobre ella.
Y eso era preocupante. Ollie se había lanzado de cabeza y había metido a Elise en sus vidas.
Vivía en casa de Kitty y tenía acceso a todas sus cosas.
Lana ya desconfiaba de ella, pero ¿era posible que también fuera peligrosa?
Y si la respuesta era sí, si Elise se había llevado el diario y había atropellado a Lana, ¿cuál era su motivo?
Ahora formuló la pregunta en voz alta y, por la pausa de Xav, comprendió que él ya se estaba preguntando lo mismo.
—Tenemos que averiguar más cosas sobre ella y descubrir si existe algún vínculo entre ella y Camille en el pasado —dijo finalmente.
Lana asintió.
—Pasa mucho tiempo en el jardín. Si Ollie no está cerca, intentaré colarme en su habitación y registrar sus cosas.
Una sombra de sonrisa asomó a los labios de Xav.
—Yo estaba pensando más bien en intentar hablar con ella, hacerle algunas preguntas capciosas y averiguar algo por ese medio.
—No es precisamente una persona accesible, y empeoré mucho las cosas cuando la acusé de llevarse el diario.
—Bueno, empieza por disculparte y a ver adónde te lleva eso.
—¿Disculparme?
Lana debió de poner cara de espanto, porque la sonrisa de Xav se ensanchó.
—Sonríe con dulzura y dile que lo sientes por haberte precipitado.
—Pero no lo siento.
—Tú lo sabes y yo lo sé, pero si sirve para que hable, merecerá la pena, ¿no?
—Supongo.
—Ten cuidado, Lana, ¿de acuerdo? Si ella conducía ese coche... —Xav dejó la frase en el aire. Los dos sabían lo que estaba a punto de decir. No necesitaba pronunciarlo.
—Tendré cuidado —prometió.
Xav no parecía convencido, y ella no sabía si su preocupación le resultaba halagadora o inquietante.
Se le revolvió el estómago. Hasta ese momento, no había asimilado del todo lo que significaba. Podía estar compartiendo casa con alguien que quería verla muerta.
—Las puertas de los dormitorios todavía tienen cerradura, ¿verdad?
Lana lo miró, frunciendo el ceño.
—Sí. ¿Por qué?
—Vale, hasta que sepamos qué pasa con Elise, quiero que me prometas que, cuando te acuestes por la noche, cerrarás la puerta con llave.
—Ahora sí que me estás asustando un poco. —Se rio con nerviosismo, pero la sonrisa había desaparecido del rostro de Xav y él la miraba con absoluta seriedad.
—Prométemelo, Lana.
—Vale, te lo prometo.