La casa de verano Capítulo 22
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Capítulo 22

La noticia del atropello con fuga se había extendido con rapidez, y Trudy se preguntaba si Lana querría aplazar la venta de los cuadros hasta recuperarse.

Aunque, al parecer, solo había sufrido heridas leves, seguramente el incidente le habría pasado factura a nivel emocional. Trudy recordaba cómo había quedado su padre después del accidente de coche. Abatido, alterado e incapaz de concentrarse.

Claro que aquel accidente en concreto le había arrebatado a su madre, así que era natural que le hubiera costado tanto sobreponerse. La situación de Lana era distinta, pero aun así debía de haber sido aterrador para ella saber que el conductor la había atropellado adrede.

Bree McCarthy era quien conocía todos los detalles, porque Xav se los había contado de primera mano, y a Trudy le dolía saber que Xav había acudido a Bree y no a ella.

A veces le resultaba difícil lidiar con la estrecha relación que compartían Xav y Bree y, vale, sí, parte del problema de Trudy era que Bree era una mujer llamativa y sumamente competente.

Aunque su relación más reciente había sido con una mujer, Bree era bisexual, y a Trudy la atormentaba a menudo preguntarse si alguna vez había pasado algo entre ella y Xav.

Bree insistía en que solo eran amigos, pero ¿estaba diciendo la verdad?

El atropello también debía de haber sido traumático para Xav, sobre todo porque lo había obligado a pasar tiempo con Lana. Una mujer a la que no apreciaba ni quería en su vida.

Por eso le sorprendía que quisiera reparar el coche de Lana.

Se había enterado de que había convencido a Bree para que se encargara del trabajo y se había ofrecido a pagar el coste, aunque Bree no dejaba de refunfuñar mientras lo hacía y aprovechaba para recordarle a Trudy, cuando esta pasaba por allí a verla, que detestaba a los Hamilton y que Xav estaba como una cabra por querer ayudar a Lana. Lo hacía por él, no por Lana.

—Es demasiado blando y debería apartar de su vida a esa maldita mujer —se quejó Bree.

—No podía dejarla tirada en la carretera —intentó mediar Trudy, un papel que tenía que asumir demasiado a menudo.

—En la zanja.

—¿Perdona?

—Estaba en la zanja. Debería haberla dejado allí para que se ahogara.

La dureza de las palabras de Bree la dejó atónita.

Trudy sabía que no soportaba a los Hamilton y que había sido una de las amigas más íntimas de Sebastian Landry.

Mejor dicho: que seguía siendo su amiga y una de sus defensoras más acérrimas.

Pero no tenía ni idea de que sintiera algo tan intenso contra ellos.

—Lana no ha hecho nada malo —señaló, tratando de mostrarse diplomática.

—¿Nada malo? —Bree le lanzó una mirada dura—. Ella fue quien metió a Seb en la cárcel.

No personalmente, pensó Trudy, pero no lo dijo. No quería discutir. Lana solo les había contado a los agentes lo que había visto.

—¿Y qué hacía él con ella? —preguntó en cambio, procurando mantener un tono desenfadado. Que Trudy supiera, Bree no tenía ni idea de lo que ella sentía por Xav. Nunca habían hablado del tema, y Trudy esperaba que Xav hubiera mantenido la boca cerrada sobre que se habían acostado juntos.

—Al parecer, se la encontró en la playa. A mí me suena a que ella lo estaba siguiendo. Quiero decir, ¿por qué iban a estar allí abajo juntos si no?

Trudy ni siquiera quería plantearse la pregunta. Ya le dolía un poco saber que los dos habían estado juntos, hablando.

¿Xav todavía sentía algo por Lana? Sabía que habían estado juntos de adolescentes, pero de eso hacía años, y su romance había terminado de forma abrupta cuando arrestaron a Sebastian por el asesinato de Camille.

Intentó pensar con lógica y no dejarse influir por las palabras de Bree. Entre Xav y Lana no pasaba nada y, aunque hubieran aclarado las cosas, Lana volvería pronto a Cambridge. Fuera lo que fuese aquella breve conexión, no tardaría en romperse.

Como Lana no la había contactado para cancelar, Trudy decidió dar por hecho que seguía en pie la cita para que ella recogiera los cuadros.

Después de salir del taller de Bree, se detuvo a comprar un colorido ramo de gerberas, rosas y peonías para Lana, antes de conducir hasta Mead House. También llevaba un marco de fotos de repuesto; todavía le mortificaba que su padre hubiera roto el anterior durante su última visita.

Ollie Hamilton abrió la puerta con una expresión impasible y la miró de arriba abajo.

Entonces no se acordaba de ella.

—Hola, soy Trudy Palmer, la hija del Dr. Palmer. ¿Está Lana?

Entrecerró los ojos.

—¿Has venido por los cuadros?

Ni un «hola, ¿qué tal?» ni un «¿cómo está tu padre?». Ollie seguía siendo claramente el mismo capullo despectivo y engreído que recordaba.

Decidida a que no le afectara, Trudy esbozó una sonrisa radiante.

—Sí. ¿Sigue siendo un buen momento para ella? Me he enterado de lo que ha pasado.

Se encogió de hombros y abrió la puerta de par en par.

—Supongo. Pasa. Voy a buscarla.

Ollie desapareció, dejándola sola, y Trudy echó un vistazo alrededor, algo cohibida. No era una mujer insegura, pero aquella casa tenía algo en su tamaño y su imponencia que siempre le recordaba a cuando era niña.

Por aquel entonces, su padre no tardaba en decirle que debía dejarse ver, pero no oírse.

Si alguna vez se salía de la raya, el castigo era inmediato.

Trudy había aprendido desde muy pequeña que lo más seguro era hacer lo que le ordenaban.

No empezó a cuestionar aquella autoridad y a pensar por sí misma hasta más adelante.

—¿Quién eres?

Se volvió al oír el tono cortante y vio que pertenecía a una rubia ceñuda, cuyo bikini quedaba cubierto por una prenda transparente que dejaba poco a la imaginación.

—Trudy Palmer. He venido a ver a Lana.

—Ah.

Era la prometida de Ollie, supuso. Había oído que iba a casarse.

La mujer era guapa, pero fría. Miraba a Trudy como si fuera un trozo de suciedad, y Trudy odió aquella vieja sensación de inseguridad que volvía a bullir en su interior. Le molestaba ser ya una adulta y sentir, aun así, la necesidad de justificarse.

—Ollie ha ido a buscarla. Sabe que estoy aquí.

Las últimas palabras se las dirigió a la espalda de la mujer, que había decidido ignorarla y se alejaba por el pasillo. La ira y la humillación le encendieron el rostro. Elise era tan ensimismada como Ollie, eso estaba claro.

Trudy cambió el peso de un pie al otro mientras pasaban los segundos, un mal hábito que tenía cuando estaba nerviosa y que su padre había intentado quitarle.

Al final oyó que pronunciaban su nombre.

—¿Trudy?

Levantó la vista y vio a Lana bajando las escaleras.

Por la forma cautelosa en que caminaba, se notaba que todavía le dolía.

Llevaba una camiseta y lo que parecían unos pantalones de pijama, con el pelo recogido hacia atrás en un moño desaliñado, y no tenía aspecto de estar preparada para recibir visitas.

—Lo siento muchísimo, había olvidado que venías hoy.

—Ha sido culpa mía. Debería haber comprobado que seguía viniéndote bien. ¿Quieres que vuelva cuando te encuentres mejor?

—No, por favor. Ya estás aquí y no tengo planes, así que no me importa ir vestida así. —Lana tiró de la camiseta e hizo una mueca.

—Claro que no. —De cerca, Trudy pudo ver las marcas de los moratones: en la frente, la clavícula y los brazos; sin duda habría más bajo la ropa—. ¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubiera atropellado un autobús —bromeó Lana, mientras una leve sonrisa le rozaba el rostro.

Al acordarse de las flores y del marco, Trudy se los tendió.

—Te he traído esto y también un marco de repuesto.

—Qué amable. Gracias. ¿Cómo está tu padre?

—Está bien. De verdad que siento mucho lo del otro día.

—No te preocupes, de verdad. ¿Quieres un café?

Cuando Trudy aceptó, Lana la condujo a la cocina. Mientras ponía las flores en agua y preparaba las bebidas, las dos mantuvieron una conversación trivial.

—Entonces, ¿cómo te has enterado de lo que había pasado? —preguntó Lana mientras llenaba las tazas y le pasaba una a Trudy. Hizo una mueca—. Supongo que todo el pueblo lo sabe.

—Bueno, salió en el periódico local. —Trudy siguió a Lana hasta el patio. Desde allí se veía por completo la bonita parte alta del jardín de Kitty, y George trabajaba sin descanso, podando arbustos.

Cuando él levantó la vista hacia ellas mientras Trudy tomaba asiento a la mesa, ella le sonrió. George le lanzó una mirada hostil antes de volver a su trabajo, y Trudy se removió incómoda en la silla.

—¿De verdad salió en el periódico? —La pregunta de Lana volvió a llamar su atención. Parecía estar haciendo una mueca.

—Solo era un artículo breve. Dudo que lo viera todo el mundo. Pero, de todos modos, no me enteré por eso. Me lo contó Bree —admitió.

—¿Bree?

—Es la mejor amiga de Xav. La que se encargó de tu coche.

—¿Lo hizo ella?

¿No lo sabía? Trudy se arrepintió de inmediato de habérselo contado.

—No fue nada del otro mundo. Él sabía que había que mover el coche y Bree es mecánica. Tenía sentido.

—Tendré que ponerme en contacto con esa Bree, darle las gracias y pagarle lo que le debo.

No, porque entonces sabría que Xav había corrido con los gastos y podría interpretarlo como algo más. Tenía que entender que no era sano para Xav tenerla en su vida.

Sin saber qué responder al comentario de Lana, Trudy cambió de tema.

—¿La policía tiene alguna pista?

Lana se encogió de hombros, desanimada.

—Nada. Es una zona muy aislada y Xav era el único testigo. —Se interrumpió, con aire melancólico durante un instante—. No sé qué habría pasado si él no hubiera estado allí. —Ahora miró a Trudy con curiosidad—. Sois amigos, ¿verdad?

Más que amigos. ¿Adónde quiere llegar?

—Estamos muy unidos.

—¿Cómo está?

Era una pregunta con trampa. ¿Se refería a cómo se encontraba después del atropello o a cómo estaba en general? Tal vez aquella era una oportunidad para poner a Lana en su sitio y hacer que se apartara.

—La verdad es que lo está pasando mal —dijo, tanteando el terreno—. Le resulta difícil tenerte de vuelta, a ti y a tu hermano, y todo esto le está removiendo muchos malos recuerdos.

Al ver que el rostro de Lana se ensombrecía, Trudy adoptó una expresión que esperaba que transmitiera compasión. Había llegado el momento de hacerle saber la verdad.

—Sabe que Sebastian hizo algo terrible y carga con ello, aunque no fuera culpa suya. Sé que tenéis una historia, pero creo que lo más amable que podrías hacer por él, Lana, sería dejarlo en paz.

—Pero yo...

Trudy levantó una mano para cortar enseguida la protesta de Lana.

—Si de verdad te importa tanto como a mí, escucharás lo que te estoy diciendo. Esto está afectando a su salud mental y me cuesta verlo sufrir. — ¿Estaría consiguiendo hacerla entrar en razón?

Para alivio suyo, Lana asintió.

—De acuerdo. De todos modos, nos iremos dentro de unas semanas —dijo, pensativa durante un instante, antes de cambiar bruscamente de tema y hablar de los cuadros.

***

Más tarde, mientras se alejaba de Mead House en coche, Trudy le dio vueltas a la conversación.

Después de la advertencia, Lana había evitado hablar de Xav, pero parecía distraída. ¿Estaría pensando en él? ¿Le habría molestado que Trudy le dijera aquello?

La estaba matando no conocer todos los detalles de lo que había ocurrido entre Xav y Lana la noche del atropello. ¿Habían quedado en la playa o Lana había ido allí a propósito para encontrarlo, como sospechaba Bree?

Dudaba que Xav se lo contara y tenía demasiado orgullo para preguntárselo.

Mientras ponía el intermitente para tomar el desvío hacia Salthouse, se preguntó cómo reaccionaría él si supiera que acababa de advertir a Lana que se mantuviera alejada de él.

Xav valoraba su intimidad y Trudy sospechaba que podría enfadarse con ella por entrometerse.

Pasara lo que pasase, no debía enterarse.

Lo más importante era que Lana había accedido a dejarlo en paz. Con suerte, cumpliría su palabra. Sin embargo, cuanto antes se marchara, mejor sería para todos.