Capítulo 21
Despertar, descansar, dormir, repetir.
Ese fue el patrón que Lana siguió durante los días siguientes, mientras el trauma del atropello le pasaba factura, tanto física como mentalmente.
Su cuerpo era un mapa de moratones, adolorido por la caída en la zanja, el corte de la pierna requería analgésicos para calmar el dolor punzante, y su ánimo fluctuaba entre la contemplación y el abatimiento mientras intentaba asumir lo que había pasado.
Le había enviado un mensaje a su exnovio para advertirle de que la policía podría ponerse en contacto con él y para pedirle disculpas. A Matt no le había hecho ninguna gracia y supuso que no podía culparlo. Sin embargo, le dolió que ni siquiera le preguntara si estaba bien.
Había ignorado el consejo del detective Jones de acudir al médico, así que se sorprendió cuando uno fue a verla a ella, después de que Ollie le pidiera un favor a un viejo amigo.
Al principio se enfadó con su hermano, pero cuando le dijeron que no había lesiones graves y que bastaría con descansar para curar la herida, se sintió aliviada y agradecida a la vez.
Tuviera que ver o no con la última discusión, Ollie se estaba mostrando algo más atento: le llevaba tazas de té y la tenía en cuenta a la hora de comer.
Incluso Elise se había interesado por ella un par de veces para ver si necesitaba algo, aunque Lana sospechaba que lo hacía por compromiso, ya que no se mostraba demasiado amable ni con ganas de quedarse mucho tiempo.
Tampoco es que ella deseara especialmente su compañía.
No había tenido noticias de Xav. Eso no la sorprendió, aunque no alivió su sensación de vacío, y, aparte de una llamada de seguimiento de la policía, no le quedó más remedio que ser ella quien llamara para pedir novedades.
Por desgracia, la cosa no pintaba bien. Xav había sido el único testigo y se había centrado más en Lana que en la persona que la había atropellado. Además, la policía había hablado con Matt, que tenía una coartada que lo situaba en Cambridge.
Saber que había alguien ahí fuera con intención de hacerle daño, alguien que podría intentar atacar de nuevo, al principio la asustó, pero a medida que el aburrimiento y la frustración hicieron acto de presencia, su miedo se transformó en una rabia más productiva.
No había hecho nada malo, nada que justificase un ataque. No se merecía esto.
El primer día se lo había pasado casi todo el tiempo durmiendo, pero la inquietud la obligó a buscar en qué distraerse.
Al principio se mostró reticente a retomar el diario de Camille, sin saber si estaba de humor para leerlo.
Sin embargo, no había tantas páginas web que consultar y ya se había devorado las dos novelas de bolsillo que se había llevado.
No dejaba de mirar de reojo el diario hasta que la curiosidad acabó por vencer.
Las entradas eran más de lo mismo y no aportaban nada nuevo en cuanto a contenido, pero lo que resultaba evidente era la creciente obsesión de Camille con G.
A Lana le costaba reconocer a su hermana en aquel diario, pero cada palabra estaba escrita con la caligrafía familiar de Camille. ¿Cómo había podido pasársele por alto semejante cambio?
Sabía la respuesta. Porque por aquel entonces ella también era una adolescente ensimismada en su primer amor.
La historia de amor que había tenido con Xav aquel último verano no se parecía en nada a esto.
Había sido algo inocente y vacilante. Incluso dulce.
Las palabras de Camille hacían que Lana se sintiera como una voyeur y le revolvían el estómago.
Su hermana había estado tan enamorada de Sebastian...
¿Cómo había podido cambiar tan de golpe?
Lana echó la vista atrás hacia el año anterior a la muerte de su hermana, el verano de 2004.
Tras años de ser la hermana marimacho, al fin había sentido que conectaban.
Había sido el día en que se enteró de que Camille estaba saliendo con Sebastian Landry, a principios de las vacaciones de verano; Lana y Ollie acababan de volver del internado tras hacer los exámenes de los GCSE, y fue entonces cuando las dos hermanas dieron el primer paso hacia una auténtica cercanía.
Lana recordaba cómo había oído por casualidad a Camille discutir con su abuela en la cocina.
***
—Tienes un futuro brillante por delante —decía Kitty, alzando la voz con enfado—. Te vas a la universidad en septiembre y tienes que centrarte en tus estudios, no en los chicos.
—Puedo seguir estudiando mucho y ver a Seb.
—Deberías mantener tus opciones abiertas. Conocer a gente nueva, hacer nuevos amigos. Se supone que la universidad es la mejor época de tu vida.
—Seb y yo nos queremos.
—Tienes dieciocho años, Camille. No tienes ni idea de lo que significa eso.
Insinuar que Camille no estaba enamorada fue tal vez lo peor que podía haberle dicho a su impetuosa hermana. El genio de Camille podía ser tan fogoso como su pelo pelirrojo, y la discusión subió de tono.
Lana perdió el interés por el programa de televisión que estaba viendo y usó la excusa de coger un zumo del frigorífico para sentarse a la mesa de la cocina. Desde allí podía verlo y oírlo todo.
—Sé que me hace feliz y quiero estar con él. ¿Por qué quieres arruinarme eso? —exigió saber Camille.
—No intento arruinar nada, cielo. Solo quiero que tomes las decisiones correctas. Sé que te hace feliz ahora, ¿pero qué pasará más adelante? Él nunca va a poder darte la vida a la que estás acostumbrada.
—Así que ahí está. Por fin llegas al fondo del asunto.
—No tengo ni idea de a qué te refieres.
—A la vida a la que estoy acostumbrada —Camille se puso las manos en las caderas—. Piensas que no es lo bastante bueno para mí.
—Yo nunca he dicho eso.
—Lo has insinuado. La familia de Seb no tiene mucho dinero. No son lo bastante ricos para ti.
—No he insinuado nada, pero sí, si vamos a ser totalmente sinceras, los Landry son buena gente, pero no se puede negar lo evidente: son pobres.
Sé que Joanna trabaja duro para mantener un techo sobre la cabeza de su familia, pero Sebastian y Xavier tienen menos perspectivas que tú.
No pueden permitirse ir a la universidad.
Mira a Sebastian. No ha tenido más remedio que ponerse a trabajar en un taller mecánico.
—¿Y qué demonios tiene eso de malo?
—¿Cómo va a mantenerte, cómo va a pagarte cosas buenas en la vida?
Camille soltó una carcajada burlona.
—¿En serio? ¿Te estás oyendo, abuela? Estamos en 2004. Pensaba que tenías una mentalidad más abierta. —Levantó la barbilla en actitud desafiante—. A lo mejor la que trae el dinero a casa soy yo. Puedo pagarle yo las cosas buenas a Seb.
Lana escuchaba y daba sorbos al zumo mientras la pelea continuaba, ambas demasiado tercas para dar el brazo a torcer.
No se había dado cuenta de que su abuela pensaba eso de los Landry.
Xav prácticamente vivía en casa de la abuela Kitty cuando ella y Ollie volvían del internado, y Lana creía que su abuela le tenía cariño.
¿Sentiría lo mismo por él? ¿Que tampoco era lo bastante bueno?
Aquello planteaba un dilema a su joven corazón y al secreto encaprichamiento que sentía por el mejor amigo de su hermano.
No había pasado nada, por supuesto. Xav no tenía ni idea de lo que ella empezaba a sentir por él, y Lana antes se moriría que contárselo.
Pero saber que la abuela Kitty podría desaprobar cualquier relación no hacía más que añadir un problema nuevo.
La discusión terminó finalmente con su hermana saliendo hecha una furia de la cocina, no sin antes señalar con rabia que ella decidía con quién salía y que su abuela no tenía por qué meterse donde no la llamaban.
Lana dejó pasar un rato antes de seguir a su hermana piso arriba.
Siempre habían sido Camille contra los gemelos.
Lana conectaba mejor con su hermano, ya que prefería los juegos más movidos, y apenas se interesaba por la vida de su hermana.
Sin embargo, hacía poco le había entrado la curiosidad.
A los chicos les gustaba su hermana, pero a ella ni la miraban, y le preocupaba que fuera porque la veían como a uno de los suyos.
No solía vestir ni comportarse de forma muy femenina.
Camille entendía de moda y de citas, y Lana, que junto con Ollie cumpliría dieciséis años en agosto, intentaba acercarse más a ella.
Llamó con timidez a la puerta del dormitorio de Camille antes de entornarla despacio.
Camille estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, escribiendo en su diario, y alzó la vista con el ceño fruncido y una chispa de mal genio en sus ojos negros.
—¡Fuera de aquí!
Le arrojó un cojín a la puerta y Lana se retiró a toda prisa. De mal humor, se fue a su dormitorio y se dejó caer sobre la cama.
¿Cómo iba a descifrar sola los misterios de gustar a los chicos? No tenía amigas y su abuela no le servía de ayuda.
Al final, Camille fue a buscarla. Lana oyó abrirse la puerta, pero se negó a levantar la vista, y sintió cómo el colchón se hundía cuando su hermana se sentó a su lado. La reconoció por el olor de su perfume.
—Siento haberte gritado.
Lana nunca fue de las que guardaban rencor, así que se giró ante las disculpas de Camille y vio que las pálidas mejillas de su hermana habían perdido el rubor y que su mirada ya no estaba airada.
—¿Qué se siente al besarse con un chico? —preguntó con curiosidad.
Camille la observó durante un instante antes de soltar una risotada encantada.
—¿Por qué quieres saberlo? ¿Es que hay alguien a quien quieras besar?
Lana se sonrojó intensamente.
—¡No! Solo me lo preguntaba.
¿Lo sabría Camille? ¿Se habría dado cuenta de su secreto enamoramiento? Se moriría de vergüenza si alguien se enteraba. Especialmente Ollie o el propio Xav. ¿Cómo podría volver a mirarlo a la cara?
El corazón le latía a toda prisa bajo la mirada intrigada de su hermana.
Al final, Camille se levantó.
—Venga, vamos.
¿A dónde?
Lana se bajó de la cama y siguió con curiosidad a Camille por el pasillo de vuelta a su habitación.
—Siéntate.