Capítulo 19
Diez minutos después, estaban de nuevo en el coche —por suerte la lluvia había cesado otra vez— soportando otro viaje en silencio, esta vez rumbo a Mead House.
Lana se acurrucó en el asiento, subiéndose la sudadera hasta cubrirse la parte inferior del rostro. Olía a suavizante para la ropa y a otro aroma más familiar que creía perdido hacía tiempo. Xav.
Lo aspiró profundamente, intentando distraerse del dolor punzante de su pierna, y por una fracción de segundo, sintió que todo estaba bien en el mundo.
Lo cual era absurdo, porque las cosas no podían estar peor.
¿Había sido un ataque aleatorio? ¿Acaso había estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado?
Las lágrimas le escocieron en los ojos.
No pienses en eso. Todavía no.
Echó una mirada de reojo a Xav, aliviada de que él estuviera concentrado en la carretera y no en ella.
Tenía sus propios demonios con los que luchar, y ella notaba la tensión que emanaba de él a medida que se acercaban a la casa de su abuela; la veía en el agarrotamiento de su mandíbula y en el modo en que se le blanqueaban los nudillos al apretar el volante.
Sintió el impulso de alargar la mano y posarla sobre la suya, de decirle que todo saldría bien, aunque fuera mentira, pero temía que él se apartara.
Para cuando él tomó el camino de entrada, esa tensión se le había contagiado a ella y estaba deseando entrar en la casa, agotada de manera extrema y necesitada de su propio espacio.
Sin embargo, otra parte de su ser anhelaba conservar esa tenue conexión, a sabiendas de que, una vez rota, Xav desaparecería.
Había tres vehículos en la entrada, lo que indicaba que la partida de póquer continuaba a todo trapo.
Lana reconoció la furgoneta de George. No estaba allí cuando ella se había ido de casa y Ollie estaba convencido de que no aparecería. Simplemente debía de haber llegado con retraso.
Xav detuvo el vehículo delante de la casa, apagó el motor y abrió su puerta.
—No hace falta que te bajes.
O no la había oído o había decidido ignorarla, porque ya rodeaba el coche hacia el lado del copiloto. Su contacto pareció abrasarle el brazo cuando insistió en ayudarla a salir.
—¿Qué coño está pasando?
La voz enfurecida de Ollie resonó en el camino de entrada y Lana miró por encima del hombro de Xav mientras su hermano salía hecho una furia por la puerta principal, abierta de par en par.
—¿Por qué estás con él? ¿Llevas su ropa? ¿Qué cojones pasa, Lana?
Notó que Xav se tensaba, pero aparte de eso no reaccionó.
—He tenido un accidente.
—¿Qué? —Ollie sonaba desconcertado—. ¿Qué accidente?
—No ha sido un accidente. Un coche arremetió contra ella —dijo Xav mirando fijamente a Ollie, con la mano aún en el brazo de Lana. Ella no estaba segura de si la sostenía para protegerla a ella o a sí mismo—. Yo lo vi todo.
—¿Qué? —repitió Ollie, con la boca abierta mientras procesaba las palabras de Xav—. ¿Estás bien? —logró decir al fin, negándose a mirar o dirigirse a Xav.
—Con el susto en el cuerpo, pero dentro de lo que cabe, sí. Te envié un mensaje. También intenté llamarte.
—Estábamos jugando al póquer —dijo avergonzado—. No me enteré.
—No pasa nada, Ollie. Xav me cuidó —se giró hacia Xav—. Gracias por todo.
—De nada.
A regañadientes, rompió el contacto y avanzó hacia su hermano y la puerta abierta de la casa.
Ollie, sin embargo, ya no la miraba a ella; tenía toda la atención puesta en Xav.
—Tú. Mantente bien lejos de mi hermana y de esta casa.
—¡Ollie!
—No es bienvenido aquí.
—Básicamente me acaba de salvar la vida —espetó ella.
—¡Y su hermano mató a la nuestra!
—Déjalo, Lana —dijo Xav con tono cansado, como si no tuviera tiempo ni energía para aquella mierda.
Ya estaba subiendo de nuevo a su coche, ni siquiera le echó una última mirada antes de arrancar el motor, y una punzada de pérdida desgarró a Lana mientras lo veía desaparecer camino abajo.
—Eres un imbécil —dijo dándole un puñetazo a Ollie en el brazo mientras entraba cojeando en la casa—. Después de todo lo que ha hecho por mí esta noche.
Podía ver a sus amigos a través de la puerta abierta del salón; supo que debían de haber oído el alboroto fuera porque la conversación se había detenido y todos miraban en su dirección.
George levantó una mano y Lana le correspondió con un asentimiento de cabeza, pero no se detuvo y subió al piso de arriba, ya que no estaba de humor para charlas de compromiso ni para hablar de lo sucedido.
—¡Lana, espera! —Ollie corría tras ella. Sonaba preocupado—. Tenemos que hablar de lo que ha pasado.
—Vuelve abajo con tus amigos. No tengo ganas de hablar contigo ahora.
—¿Pero deberías estar sola?
—Estaré bien.
—¿Por qué me excluyes así? —Su tono se volvió sarcástico—. ¿Has acudido a Xav Landry en lugar de a mí?
—¿Cómo dices? —Lana pensó por un momento que lo había oído mal. Ya había llegado al descansillo y se giró para encarar a Ollie, que estaba casi arriba del todo—. ¿Que yo te excluyo? ¿Lo dices en serio? Llevas años excluyéndome tú a mí. Y nunca estás cuando te necesito.
—¿Qué?
Parecía sinceramente pasmado. Pues vaya. A lo mejor era hora de decirle cuatro verdades.
—Me acusas de estar siempre encima de ti, pero nunca te pido nada descabellado.
Dejo que sigas a lo tuyo, haciendo tus cosas, pensando que quizá algún día agradecerás que yo asuma tus responsabilidades.
Pero ¿si te soy sincera? Creo que ni te das cuenta.
¿Y qué puñetero derecho tenías a hablarle a Xav como le has hablado?
Él ha estado ahí para mí esta noche, y menos mal.
Sin embargo, te importa más mandarlo a la mierda que lo que me ha pasado a mí.
Ese coche me embistió y no fue un accidente.
El conductor fue a por mí —su voz bajó hasta convertirse en un susurro—: «Intentaron matarme».
—Pronunciar aquellas palabras en voz alta hizo que las lágrimas amenazaran con brotar de nuevo—.
Camille ya no está, y ahora la abuela Kitty tampoco.
Eres lo único que me queda, Ollie. Sé que tienes tu propia vida en Londres y no pretendo formar parte de ella ni quitártela, pero antes estábamos muy unidos —se dio unos golpecitos en el pecho—.
Antes te sentía aquí dentro. Ya no reconozco a la persona en la que te has convertido.
Las lágrimas le resbalaban ya por las mejillas y, cuando Ollie intentó cogerle la mano, ella la apartó de un tirón, limpiándoselas con rabia.
—¡Maldita sea, Lana! Vuelve aquí.
Ignorándolo, cruzó el descansillo y le cerró la puerta en la cara cuando él intentó seguirla hasta la habitación de Camille. Necesitaba estar sola y, temiendo que él no lo respetara, echó la llave, negándose a responder a sus súplicas para que lo dejara entrar a hablar.
Ollie resultaba demasiado agotador últimamente. Quizá era ella quien debía cambiar y aceptar que él ya no formaba parte de su vida.
Sentándose en el borde de la cama, se pasó los dedos sobre la herida que le había curado Xav. Le dolía horrores; cada punzada era un aterrador recordatorio de lo sucedido esa noche.
Cogió los analgésicos del cajón de la mesilla de noche y echó un vistazo al diario que había junto a ellos. Estaba demasiado alterada para leer más entradas esa noche.
Los temblores reaparecieron, las lágrimas le brotaban sin control y, tras tomarse las pastillas, Lana se recostó en la cama, se giró para hundir el rostro en la almohada y se dejó llevar por el llanto.
No solía ser de lágrima fácil y, por lo general, afrontaba los problemas de cara, pero esa noche necesitaba permitirse ese momento de debilidad. Alguien había intentado matarla. Cada vez que asimilaba esa idea, se aterrorizaba un poco más.
Había hecho lo sensato. La policía estaba investigando y sabía que se tomaban el ataque en serio. Lana no sabía si había sido fruto del azar o si la habían elegido a propósito, pero en ese momento tenía que confiar en que averiguarían quién estaba detrás y por qué.
La verdad es que esperaba que hubiese sido un encuentro fortuito, aunque eso dificultara la localización del conductor. Si la habían atacado a propósito, lo más probable era que quienquiera que lo hubiese hecho intentara matarla de nuevo. Y eso la aterrorizaba más que ninguna otra cosa.