Capítulo 18
—¿No ha tenido ningún problema desde que regresó?
Aquello lo había dicho el detective. Galbraith, estaba casi segura Lana de que había dicho que se llamaba cuando se presentó. Le costaba mantener la concentración; habían pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo.
Su mente se desvió por un instante hacia la figura que creyó haber visto en el jardín la primera noche al llegar. Al volver a una casa cargada de tantos recuerdos, podían haber sido imaginaciones suyas.
—No —le contestó ella, calentándose las manos con la segunda taza de té que le había preparado Xav—. Ninguno.
La primera estaba demasiado dulce y le había costado tragársela.
Era para la adrenalina, le había dicho él, insistiendo en que se terminara la taza.
Había sido repugnante y ella había protestado a cada sorbo, pero tenía razón: había ayudado y los temblores casi habían remitido del todo.
Él había accedido a ponerle menos azúcar en la segunda taza. Mucho mejor.
—¿Y no hay nadie en su vida en Cambridge que le haya estado prestando una atención excesiva o que le preocupe?
Lana se ruborizó al pensar en Matt. Se había disgustado, como era comprensible, cuando ella dio por terminada la relación y parecía costarle aceptar que se había acabado, pero su comportamiento no era irracional. ¿O sí?
—Tenía novio —empezó a decir, consciente de que Xav la escuchaba con atención—. Las cosas se terminaron... Rompí con él.
—¿Y cuándo fue eso?
—Hará un mes, tal vez.
Galbraith asintió hacia su compañera —Jones, más fácil de recordar— antes de anotar en su libreta.
—¿Y cómo se lo tomó?
—Se disgustó. Quería que le diera otra oportunidad a lo nuestro.
Aquello sonaba mal. Estaba dejando a Matt a los pies de los caballos, cuando él había reaccionado de un modo totalmente razonable teniendo en cuenta que Lana había roto con él tras seis años juntos.
Él pensaba que se casarían, y tuvo que pedirle matrimonio para que ella se diera cuenta de que no quería eso.
—No ha sido él. Es una buena persona y no haría algo así.
Otra mirada entre los detectives dejó claro que no la creían.
Echó otra mirada furtiva a Xav, cuya expresión era minuciosamente neutral. Aquello tenía que ser difícil para él. Se había portado muy bien con ella: le había buscado una sudadera con capucha y un pantalón de chándal, le había preparado aquel té repugnante y, en general, la había cuidado.
Recordó lo que le había dicho abajo, en la playa. Le había dicho que no podía estar cerca de ella y le había pedido que lo dejara en paz. Y sin embargo, allí estaba, en su casa. Le parecía surrealista y le sorprendía un poco que hubiera decidido llevarla allí en lugar de a Mead House.
Después de atenderla y de llamar a la policía, se había ido a cambiar la ropa mojada y ahora estaba sentado en el reposabrazos del sofá donde ella se encontraba, con el pelo oscuro aún húmedo y empezando a rizarse, y una camiseta limpia de manga larga ceñida a su cuerpo esbelto y tonificado.
Lo bastante cerca como para no perderla de vista, aunque no era capaz de sentarse en el sitio libre a su lado.
Le estaba muy agradecida por todo, pero sabía que la situación resultaba incómoda para él y se prometió que dejaría de molestarlo en cuanto pudiera.
Por supuesto, tuvo que darles los datos de Matt, únicamente —según le dijeron los detectives— para poder descartarlo de sus pesquisas.
Se maldijo a sí misma, deseando no haber dicho nada.
Matt no estaba detrás de aquello. Era un hombre bueno y noble, y solo lamentaba haber alargado tanto las cosas entre ellos.
Él se merecía algo mejor, de modo que le escribiría un mensaje al llegar a casa para disculparse.
Miró el teléfono y vio que Ollie todavía no había leído el mensaje que le había dejado. Había intentado llamarlo un par de veces, pero no lo había cogido. Sabía que tenía su partida de póquer y que probablemente estaría borracho, pero no tenía ni idea de lo que había pasado.
Alguien había intentado matarla.
El pensamiento afloró de manera incómoda en su mente, haciéndola estremecerse.
Si Xav no lo hubiera visto... Si no se hubiera detenido...
No, no podía pensar en eso.
—Y recuerde: vaya a Urgencias si empieza a experimentar cualquiera de los síntomas de los que hemos hablado —le recordó Jones poniéndose en pie, mientras los detectives daban por concluido el interrogatorio.
Habían insistido en que fuera al hospital, pero ella se había negado rotundamente.
—De acuerdo —asintió solo para tranquilizarlos. No tenía ninguna intención de ir.
Su miedo a los hospitales se remontaba a sus primeros recuerdos: su madre conectada a tubos y goteos mientras la vida se le escapaba lentamente. Era algo irracional, ella lo entendía. Los médicos y las enfermeras ayudaban a la gente y salvaban muchas vidas. Aun así, no lograba superar su fobia.
Xav lo entendía. Sabía lo que suponía para ella. Siempre lo había sabido.
La puerta se cerró tras los dos detectives y se quedaron solos de nuevo. Esta vez, sin embargo, no había nada de qué ocuparse. Ni llamadas que hacer ni heridas que curar. Nada que distrajera la atención del problema evidente que ninguno de los dos quería abordar.
Tras el atropello, la conversación con Xav se había sentido casi normal, como si estuvieran volviendo a encontrar un ritmo familiar.
Probablemente se debía al impacto inicial, que había hecho bajar la guardia a ambos, porque ahora percibía que Xav volvía a estar a la defensiva cuando, con rigidez, le dijo que se pusiera cómoda mientras él recogía las tazas.
Intentó relajarse, moviendo los hombros para quitarse de encima la tensión mientras se concentraba en la respiración.
Los acontecimientos de esa noche la habían aterrorizado y le daba pavor venirse abajo por completo en cualquier momento.
Necesitaba mantener el control, al menos hasta llegar a casa.
Intentando distraerse, se fijó en lo que la rodeaba.
La casa era una mezcla de estilo moderno y tradicional, de paredes claras, ventanales amplios y vigas de madera oscura.
La estructura del antiguo pajar reformado constaba de dos niveles: el piso inferior solo estaba dividido por una bonita escalera central con una balaustrada de hierro forjado negro.
Pudo ver a un enorme gato atigrado sentado a mitad de tramo, observándola con curiosidad con unos ojos amarillos muy abiertos.
El gato era lo único verdaderamente acogedor de la casa.
Todo estaba demasiado ordenado, nada fuera de sitio, y aparte de una vieja fotografía de sus padres en un estante, no había nada personal de Xav allí.
Parecía más un piso piloto que un hogar.
Lana podía verlo a través de los barrotes, ocupándose en una cocina elegante y de aspecto caro que parecía usarse muy poco. Todo en negro brillante y cromo reluciente, con encimeras de granito y ladrillo visto en las paredes. Cualquier cosa con tal de no tener que lidiar con ella.
Aquello distaba mucho de la cocina pequeña y acogedora de la casa de su madre.
Allí los muebles habían sido baratos y estaban desgastados, y los electrodomésticos funcionaban según les daba, pero Joanna se sentía orgullosa de su hogar y se notaba que estaba lleno de vida.
Siempre había flores frescas en el alféizar de la ventana, el delicioso aroma de la comida casera y risas flotando en el ambiente.
A Lana le encantaba que la invitaran a comer o a cenar.
Todos se apretujaban alrededor de la mesa con su mantel de cuadros azules, mientras Joanna servía tortitas para el Martes de Carnaval, bollos de Pascua caseros en Semana Santa, y perritos calientes con patatas asadas en la Noche de las Hogueras.
Habían estado en esa cocina cuando se dio cuenta por primera vez de que le gustaba Xav Landry, al pillarlo mirándola mientras las mariposas le revoloteaban desbocadas en el estómago; y más de un año después, había sido en esa misma estancia donde a él se le había quemado la lasaña que había preparado en un intento de impresionarla.
Se preguntó si habrían mejorado sus dotes culinarias.
Joanna solía bromear diciendo que, a pesar de ser medio franceses, ninguno de sus hijos valía para la cocina.
Lana miró el teléfono y comprobó que Ollie seguía sin leer su mensaje cuando Xav volvió para reunirse con ella. Mantuvo la distancia, no obstante, como si acercarse a ella pudiera dolerle físicamente.
Se produjo un silencio espantoso que se prolongó demasiado.
—Debería irme. Llamaré a un taxi para no molestarte más.
—Te llevo yo a casa.
Hablaron los dos a la vez y luego se rieron con incomodidad.
—No quiero causarte molestias. Ya te he dado bastantes problemas por hoy.
Xav la observó un instante, aunque no la corrigió.
—Te llevo yo —repitió sin más.