Capítulo 17
Fue un breve vistazo al retrovisor lo que hizo que Xav redujera la velocidad.
Quizá fuera sensato haber mirado, ya que vio que Lana estaba fuera del coche y, por la forma en que observaba los neumáticos delanteros, supo que algo no iba bien.
No era problema suyo. Tendría que llamar a la grúa.
Eso era lo que le decía la cabeza. Esa parte de él que tomaba decisiones sensatas y, a veces, desalmadas.
Y, por supuesto, no pensaba hacerle caso.
No quería tener una conversación con Lana, pero tampoco la iba a dejar tirada.
Si se marchaba y la abandonaba allí, y le pasaba algo, jamás se lo perdonaría.
Esperaría un minuto antes de dar media vuelta, decidió, solo para asegurarse de que tenía razón sobre lo del coche. No quería que ella se hiciera falsas ilusiones.
Lo que ocurrió a continuación sucedió en cuestión de segundos, sin dejarle tiempo a reaccionar.
Primero vio el segundo par de faros; luego presenció el impacto mientras Lana desaparecía por el borde del camino.
Durante un instante se quedó atónito, casi sin creerse lo que acababa de presenciar, pero de pronto la adrenalina se le disparó y metió la marcha atrás de un tirón.
Mientras reculaba a toda velocidad por el estrecho camino, podía oír el motor del vehículo que la había embestido. Estaba acelerando a fondo. ¿Por qué coño el conductor no se había bajado a comprobar cómo estaba? ¿Acaso la había atropellado a propósito?
Entonces el coche se abalanzó directo hacia él y Xav pisó el freno a fondo.
Estaba convencido de que se iban a estrellar, pero de algún modo el coche derrapó a su alrededor y el chirrido de los neumáticos al tomar el desvío hacia la carretera principal a demasiada velocidad hendió el silencio de la noche.
Todo ocurrió de forma tan vertiginosa, con la carretera a oscuras y el deslumbrante brillo de los faros, que se quedó demasiado conmocionado para reparar en ningún detalle.
Con el corazón desbocado, dio marcha atrás a toda prisa durante el resto del trayecto. Tanteando torpemente para soltarse el cinturón de seguridad, estuvo a punto de caerse al salir de la cabina y corrió hacia el vehículo de Lana.
—¿Lana? —¿Dónde coño estaba?
La encontró en la zanja de drenaje que discurría a un lado del camino; los faros la iluminaron en cuanto él rodeó el capó de su vehículo. Saltando al agua, se agachó y la tomó en brazos. Al principio pensó que estaba inconsciente, o incluso muerta, pero entonces la oyó gemir.
—¿Lana? —Apoyó la cabeza de ella en el hueco del codo mientras con la mano libre le sujetaba el rostro y le alzaba la barbilla. Al darle unos golpecitos suaves en la mejilla fría, ella entreabrió los ojos con la cara húmeda y pálida, pero sin signos visibles de contusiones.
—Salté —logró decir ella—. Lo vi venir, pero no fui lo bastante rápida.
—¿Estás herida? —exigió saber Xav.
—La pierna. Me alcanzó la pierna —hizo una mueca de dolor.
Intentó buscar alguna herida, pero resultaba difícil verlo desde la postura en la que estaba.
—¿Crees que puedes ponerte de pie?
—No lo sé. Dame solo un par de minutos.
Ahora le castañeteaban los dientes y su cuerpo temblaba pegado al de él, ya fuera por la conmoción o por el medio metro de agua helada en el que estaban metidos. La lluvia tampoco ayudaba. Tenía que sacarla de allí.
—¿Puedes agarrarte a mí?
Ella asintió y le rodeó el cuello con los brazos mientras él le pasaba la mano por debajo de las piernas para sostenerla. Notó el leve silbido al tomar aire cuando ella se tensó contra su cuerpo, consciente de que intentaba disimular el dolor, y procuró ser delicado al izarla fuera de la zanja.
La posó sobre el arcén de hierba, molesto al ver que ella ya intentaba incorporarse mientras él salía a su lado con dificultad.
—Tranquila, ve con calma.
Esa era la Lana que él recordaba demasiado bien. Siempre intentando echar a correr antes de aprender a caminar.
Ella se sujetaba la pierna derecha y él pudo ver el profundo corte en la rodilla mientras la sangre fresca brotaba entre sus dedos.
Necesitaba conseguir algo para frenar la hemorragia.
—Espérame aquí un momento —le ordenó, apagando el motor del coche de Lana y guardándose las llaves en el bolsillo—. Y no te muevas.
Sonaba como una orden absurda, pero se trataba de Lana Hamilton.
Y tenía razón. Lo había ignorado olímpicamente en el escaso tiempo que le llevó ir y volver de su coche: de algún modo había logrado ponerse en pie con una mano apoyada sobre el capó para sostenerse mientras intentaba hacer presión sobre la pierna herida.
—Te dije que no te movieras.
—No creo que esté rota.
—Ese no es el problema —dijo Xav, exasperado.
Le envolvió los hombros con una manta y luego se agachó para examinarle la pierna. El corte no era demasiado profundo, aunque había una cantidad considerable de sangre, así que dobló una toalla y presionó la herida con ella.
—¿Puedes presionar aquí mientras llamo a una ambulancia?
—No necesito ir al hospital. Estoy bien.
Decir que estaba bien era quedarse corto, aunque parecía haber tenido suerte. Por lo que alcanzaba a ver, no tenía más lesiones aparte de la de la pierna. Probablemente algunos raspones y moratones, pero nada que pusiera en peligro su vida. Aun así.
—Te acaba de atropellar un coche. Creo que debe examinarte un médico.
Lana sacudió la cabeza con insistencia.
—Nada de ambulancias.
—Lana...
—¡Por favor! No quiero ir al hospital.
Recordó que les tenía pánico; se había negado a ir a urgencias con ellos cuando él se rompió la nariz, o a visitar a Ollie cuando tuvieron que ingresarlo para extirparle el apéndice, y había montado un espectáculo dantesco cuando se cayó de un árbol y se dislocó el hombro.
La abuela Kitty se vio obligada a llevársela a rastras entre pataletas y gritos.
—Estoy bien —repitió ella—. Además, a quien tenemos que llamar es a la policía.
Tenía razón, aunque él seguía sin estar de acuerdo con su definición de estar bien.
La miró durante un instante. Aún le castañeteaban los dientes, la manta con la que la había cubierto ya estaba humedecida por la lluvia y el pelo le colgaba en mechas empapadas alrededor de los hombros.
La preocupación por las heridas de ella había relegado a un segundo plano el hecho de que alguien lo hubiera hecho a propósito. Tenían que abordar ese asunto, pero los dos estaban empapados hasta los huesos y, estuviera gravemente herida o no, a Lana la había atropellado un coche.
Tomó una decisión.
Unos instantes después, la tenía sentada en el asiento del copiloto con el cinturón abrochado, intentando no darle demasiadas vueltas al hecho de que la llevaba a su casa.
Llamaría a la policía desde allí, donde al menos podría conseguirle ropa seca a Lana y curarle la pierna de forma adecuada.
Podría haberla llevado directamente a Mead House, pero su casa estaba más cerca del lugar del atropello.
Habían cerrado con llave el coche de Lana y ya se ocuparían de él más tarde.
Mientras conducía, no pudo evitar pensar en la fracción de segundo que lo habría cambiado todo.
Si se hubiera marchado un instante antes, si no hubiera mirado por el espejo, Lana habría estado sola.
¿Y qué habría pasado entonces? ¿Se habría ahogado en la zanja?
¿El conductor del otro coche se habría quedado para rematar el trabajo?
Porque los dos neumáticos de Lana estaban deshinchados, algo demasiado coincidente para su gusto, y el conductor no se había ido de allí de inmediato.
No fue hasta que vio a Xav dar marcha atrás cuando salió huyendo a toda velocidad.
Todo había sucedido de manera tan rápida que se maldecía por no haber logrado ver nada claro.
Había sido un todoterreno oscuro, pero no se había fijado en la matrícula ni en el conductor.
¿Lo habría hecho Lana? Estaba pálida como un cadáver y aún temblaba; sin duda empezaba a asimilar la magnitud de lo que acababa de ocurrir, así que la pregunta podía esperar.
Le había dicho que no podía tenerla en su vida, pero saber que podría estar muerta en ese mismo instante era como un puñetazo en el estómago, y despertaba muchas preguntas que no estaba preparado para responder.
Si ella se preguntaba a dónde la llevaba, no lo dijo.
Él le había prometido que no irían al hospital, ¿así que daba por hecho que la llevaba a casa?
Ninguno de los dos había dicho una sola palabra desde que subieron al coche; el murmullo bajo de la radio y el rítmico barrido del limpiaparabrisas contra la lluvia torrencial eran el único ruido mientras ambos procesaban lo que acababa de suceder.
Cuando salió de la carretera para adentrarse en el camino arbolado, le echó una mirada rápida. Ella seguía ensimismada en sus pensamientos y sospechó que tal vez el impacto emocional empezaba a hacer mella en ella.
La ayudó a entrar en su casa, intentando no pensar en todo lo que se interponía entre ellos. Esto era solo algo temporal. Tenía que serlo.
Alguien había intentado matarla.
No era problema suyo. Era un asunto de la policía y, cuanto antes llegaran, antes podría apartarse de aquella situación. Sería mejor así.
Una voz inoportuna le martilleaba la cabeza.
Mentiroso.