Capítulo 16 #2
Lo había pillado desprevenido de nuevo; vio cómo sus ojos se abrían de par en par, perplejos, y se preparó para la misma mirada de repulsión que le había dedicado dos días atrás. Esta vez, sin embargo, él parecía estar más preparado y compuso una expresión neutra en el rostro.
Al principio, pensó que él no iba a hablar y, mientras permanecían allí de pie mirándose recelosamente el uno al otro, Lana intentó ordenar el barullo de palabras que tenía en la cabeza, consciente de que aquella podía ser la última oportunidad que tendría para intentar arreglar las cosas entre ellos. No podía meter la pata.
—¿Qué haces aquí, Lana? —dijo en voz baja, con un tono casi resignado ante el hecho de tener que mantener esa conversación.
¿Se refería a que quería saber qué hacía de vuelta en el pueblo? Seguro que estaba al tanto de lo de Kitty. Decidió responder a su pregunta de forma literal.
—Necesitaba despejarme. Echaba de menos la playa.
—¿Esta playa?
¿Era una acusación?
Ella simplemente se encogió de hombros.
—Es tan buena como cualquier otra —dijo ella, y al ver que los ojos de él se entrecerraban con suspicacia, añadió rápidamente—: No tenía ni idea de que estuvieras aquí.
La voz de George le vino a la cabeza: Quería estar cerca de la playa. Pasa mucho tiempo allí abajo.
Pero ella no lo había seguido. No esperaba tropezarse con él.
Mentirosa.
Vale, tal vez albergaba esa esperanza, pero no lo esperaba.
—¿Podemos hablar? Por favor.
Él volvió a guardar sus cosas, negándose a mirarla.
—No creo que sea una buena idea.
—Sé que me odias. Lo entiendo. Y dentro de un par de semanas me habré ido. No tendrás que volver a verme jamás. Pero, por favor, no puedo marcharme sin intentar al menos arreglar las cosas entre nosotros.
Xav recogió el equipo de pesca y dejó escapar un resoplido de frustración mientras volvía a mirarla. Con los últimos destellos de luz, las sombras jugaban en su rostro, dándole un aspecto peligrosamente atractivo.
—No te odio, Lana. Es solo que no puedo estar cerca de ninguno de los Hamilton. Y no quiero que intentes solucionar nada. Ya no hay ningún «nosotros». Ya no. Todo este asunto es demasiado jodido para eso. Siento que la cabeza me va a estallar solo de pensarlo.
Sus palabras hicieron que el corazón le diese un vuelco para luego hundírsele en el pecho.
Mientras ella buscaba a toda prisa algo que responder, él asestó el golpe definitivo.
—Te lo pido por favor. Déjame en paz.
Mientras ella abría y cerraba la boca sin atinar a articular palabra, él pasó por su lado y echó a andar por la orilla hacia la entrada del camino de la playa.
Lo vio alejarse, notando la rigidez y la tensión en sus anchos hombros.
Había sido tan educado... Habría podido lidiar con la rabia y el acaloramiento, pero esa forma tan fría y rotundamente cortés de deshacerse de ella la dejó tambaleándose.
A medida que las sombras se lo tragaban, Lana se dio cuenta de que ella también debía regresar a su coche.
Ya solo quedaba un pescador solitario en la playa y podía ver su silueta iluminada por un farol a lo lejos.
Apenas contaba con la linterna del móvil y no era buena idea quedarse allí abajo a oscuras.
Además, el viento se había intensificado y ya notaba algunas gotas de lluvia en el ambiente.
Aceleró el paso tras Xav, deseosa de no quedarse atrás.
El crujido de sus pisadas sobre la playa de gravilla era una señal inequívoca de que lo iba siguiendo, pero él pareció ignorarlo mientras caminaba a paso firme, dedicándole tan solo una rápida mirada de fastidio al acercarse al promontorio pedregoso que conducía a la carretera.
Él había aparcado más cerca de la playa que ella; tiró los bártulos en el maletero y ya estaba dentro del coche antes de que ella lo alcanzara.
Una parte de Lana quería hacer un último intento de hablar con él.
Le mataba que las cosas quedaran así. Intentó buscar su mirada, pero él arrancó el motor y encendió los faros, asegurándose de que ella no pudiera verlo.
Por frustrante que fuera, captó la indirecta.
Para cuando Lana llegó a su propio vehículo, ya llovía con ganas. A sus espaldas, Xav ya estaba maniobrando para dar la vuelta en la estrecha carretera.
Arrancó el motor e intentó avanzar, pero de inmediato se dio cuenta de que algo iba mal cuando al vehículo le costó desplazarse. Dejando el motor encendido, se bajó del coche.
Al hacerlo, Xav pasó zumbando a su lado, demasiado tarde para que ella pudiera hacerle señas. Tampoco es que fuera probable que la ayudase de todas formas.
No pasaba nada. Si había un problema, ella misma lo resolvería. Tenía demasiado orgullo para pedirle ayuda justo después de que él le hubiera dicho que no se le acercara.
Con las luces del coche encendidas, detectó el problema de inmediato. Tenía una rueda pinchada.
Mierda.
No, doble mierda. Estaban las dos deshinchadas.
Llevaba una rueda de repuesto, pero solo una. Y estaba tirada al final del camino de la playa bajo una lluvia torrencial. Parecía que le esperaba una húmeda y aburrida espera hasta que llegara la asistencia en carretera.
Mientras sacaba el teléfono y buscaba el número, arrancó otro motor más cerca de la playa.
¿Sería el otro pescador al que había visto? No lo había oído detrás de ella y le había parecido que se estaba acomodando para pasar la noche.
Se giró hacia el vehículo cuando los faros se encendieron, deslumbrándola, y agitó el brazo tratando de llamar la atención del conductor.
Fuese quien fuese, no parecía haberla visto, ya que no estaba reduciendo la velocidad.
De hecho, estaba acelerando.
Al darse cuenta de que el coche no se iba a detener, Lana intentó apartarse de un salto, pero no fue lo bastante rápida como para evitar por completo el impacto cuando el vehículo le alcanzó la pierna. Su grito rasgó el aire ante el dolor cegador del metal desgarrando la carne.