La casa de verano Capítulo 16
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Capítulo 16

La playa siempre había sido el lugar donde iba a reflexionar.

Cada vez que Lana estaba estresada, ponía rumbo a la costa para pasear junto al mar.

El sonido de las olas rompiendo mansamente en la orilla la calmaba, mientras que la inmensidad del océano siempre le recordaba que ninguno de sus problemas era insuperable.

En esos momentos necesitaba tanto ese espacio para pensar como ese recordatorio, y el hecho de haber elegido Salthouse no era casualidad.

La línea costera del norte de Norfolk se extendía a lo largo de más de cuarenta millas y quizás hubiera playas más bonitas: las arenas doradas y los pinares de Holkham o los acantilados de Sheringham y Cromer.

Salthouse era más llana, más abierta y tal vez más inhóspita, pero resultaba igualmente impactante y, además, estaba cerca de donde vivía Xav.

Lana intentó no dar demasiadas vueltas a su decisión mientras se adentraba en la carretera de la playa a última hora del sábado por la tarde.

El antiguo aparcamiento había quedado enterrado bajo millones de guijarros a causa de una marejada ciclónica unos años atrás, de modo que aparcó en la calzada, dejando bastante distancia entre su coche y los otros seis vehículos, pues el carril era estrecho y maniobrar resultaría complicado.

Al cruzar la cresta donde estuvo antaño el aparcamiento y descender hacia la playa de piedras, sintió que su carga se aliviaba un poco.

Se acercaba el anochecer y los chubascos veraniegos que habían descargado a lo largo de la tarde habían cesado por fin, dejando que las nubes oscuras se despejaran.

En la siguiente media hora, si tenía suerte, presenciaría una puesta de sol espectacular.

Algo que esperaba que la ayudara a levantarse el ánimo.

La playa en sí estaba desierta y, salvo por una pareja a lo lejos, tenía todo aquel tramo para ella sola.

Eso le venía de maravilla. No buscaba distracciones, aunque se tomó un momento para apreciar las vistas del pueblo a través de los campos y las marismas.

El pesado avance mientras sus pies crujían contra los guijarros requería esfuerzo, pero eso también era positivo: la hacía sentir.

Al igual que la brisa del mar del Norte azotándole el pelo contra la cara.

En esos instantes, necesitaba de verdad sentir y despejarse la cabeza mientras intentaba procesar lo que había leído.

El diario.

No había tenido ocasión de examinarlo hasta última hora del viernes.

Trudy y su padre no se marcharon hasta pasadas las cinco, y Ollie y Elise llegaron a casa poco después.

Ollie le llevó a Lana una porción de tarta de café de una pastelería fina, lo cual ella interpretó como una muestra de reconciliación, aunque él no dijo nada sobre la pelea de antes.

Tras decidir dejar el asunto atrás, aceptó el pastel amablemente.

El incidente del doctor con la fotografía la había perturbado un poco, pero intentó quitarse aquello también de la cabeza, deduciendo que el accidente lo había convertido en un viejo cascarrabias.

Que hubiera roto el marco a propósito o no era algo de lo que no estaba segura, pero se negaba a entrar en cualquier juego en el que él estuviera metido.

Había acordado un precio con Trudy, que estaba entusiasmada con quedarse con todos los cuadros de la casa, y habían organizado que volvería a recogerlos al cabo de unos días.

Por fin, después de cenar, subió a la planta de arriba y se sentó en la cama de su hermana con el diario en la mano, rozando con los dedos las palabras escritas con caligrafía pulcra mientras Camille explicaba en la primera página las razones para empezar un cuaderno nuevo.

«Ya no puedo seguir guardando lo que siento para mí sola, pero no puedo arriesgarme a escribirlo en mi diario habitual por si cae en las manos equivocadas.

Las últimas semanas han sido toda una revelación y, por primera vez en muchísimo tiempo, me siento viva.

Este diario es para nosotros, y permanecerá oculto, junto con el resto de nuestros secretos».

Habían pasado horas sin que Lana se diera cuenta, absorbida por las entradas que documentaban el romance secreto de su hermana con un hombre al que solo se refería con la inicial G.

Había alguna mención ocasional a Sebastian, indicado siempre con una S, pero las palabras de Camille dejaban claro que ya no estaba enamorada de él.

En un par de entradas, hablaba de romper la relación, aunque por la razón que fuese se había echado atrás a la hora de dar el paso.

¿Sería esa la razón por la que Seb la mató?

¿Porque descubrió que le estaba siendo infiel?

¿Y quién era ese hombre conocido como G? ¿Por qué tenía que mantenerse en secreto su historia de amor?

Sinceramente, Lana no tenía la menor idea de que todo aquello hubiera ocurrido, y cuanto más avanzaba en la lectura del diario, más comprendía y más conmocionada se sentía ante esa cara secreta de la vida de su hermana.

Aquello no era un romance. Era una adicción, una obsesión. Su hermana se había adentrado por un camino oscuro y sus anotaciones se volvían cada vez más detalladas y explícitas, haciendo que su lectura resultara incómoda.

G llevaba las riendas de este asunto; era quien llevaba el mando y fijaba los límites, y estaba claro que, aunque él ansiaba el control, Camille estaba más que dispuesta a hacer cualquier cosa que le pidiera.

Lana se había visto obligada a leer algunas líneas por encima, revolviéndosele el estómago al leer sobre la forma animal en que mantenían relaciones sexuales, cómo a G le gustaba marcarla con moratones y mordiscos en zonas íntimas, refiriéndose a Camille como su propiedad y llamándola su «putita perfecta».

Su hermana era inteligente y espabilada, además de hermosa. ¿Por qué se había dejado tratar de esa manera?

Sebastian la adoraba. Era caballeroso y orgulloso al mismo tiempo.

También la había matado.

Tuvieron que ser los celos. Un arrebato de rabia.

La casa de verano es nuestro lugar especial. Es donde jugamos a nuestros juegos, había escrito Camille en aquel diario.

La casa de verano también había sido el lugar especial de Camille y Seb.

Mientras caminaba, Lana recordó la forma humillante en que habían tratado a su hermana antes de morir, cómo su asesino la había degradado escribiendo palabras viles por todo su cuerpo, y pensó en las cosas que a G le gustaba hacer.

Los insultos que le dedicaba, cómo le gustaba marcarla y cómo creía que era de su propiedad. Si no supiera la verdad...

No. Sebastian había estado con Camille la noche de su asesinato. Lana lo había visto.

Aquello la estaba trastornando.

Detuvo el paso, recogió un guijarro y lo lanzó haciéndolo rebotar sobre el agua.

Tras leer el diario, le había costado conciliar el sueño y, como resultado, llevaba todo el día cansada.

Por suerte, Elise se había marchado a mediados de la tarde, así que era una molestia menos con la que lidiar.

Se había ido a pasar unos días con una vieja amiga a Norwich, le había dicho Ollie a Lana cuando esta lo presionó.

Sabiendo que estaban los dos solos, intentó hablar con él sobre el diario y contarle lo que había leído.

Su reacción la dejó conmocionada. La cortó en seco, negándose a discutir el asunto y acusándola de remover el pasado.

La vida amorosa de Camille era asunto suyo, había estallado fuera de sí, y Lana debía dejar de hurgar en el pasado y dejar descansar en paz la memoria de su hermana.

Parecía que, a pesar de todas las sesiones de terapia, Ollie aún no podía asimilar ni gestionar lo ocurrido, y ella empezaba a temer si haberlo obligado a regresar a Mead House no habría sido una mala idea. Él siempre había sido el más frágil de los dos.

Cuando se presentó Greg Corbett, el primero de sus amigos del póquer, con su sonrisa maliciosa y sus chistes zafios, Lana supo que tenía que salir de la casa y buscar un sitio donde desahogarse.

Por eso había ido a la playa, con la esperanza de que un paseo al anochecer junto al bramido del mar le ayudara a despejar la cabeza y a poner en orden las ideas.

Aún no había terminado el diario, resistiéndose a la tentación de saltarse páginas hasta llegar a la última para averiguar si G seguía en la vida de su hermana la noche en que la asesinaron.

Todavía quedaban varias entradas por leer y, aunque sabía que no resultaría una lectura fácil, se sentía empujada a hacerlo.

A diferencia de su hermano, ella necesitaba saber toda la verdad.

El cielo se estaba oscureciendo; tonos azul tinta y púrpuras tormentosos era todo lo que iba a ofrecer la noche. Supuso que encajaban con su estado de ánimo.

El chillido de un aguilucho lagunero resonó sobre su cabeza y ella alzó la vista para contemplar su larga cola y la característica forma en V de sus alas mientras se abatía hacia la marisma, sin duda tras haber divisado la cena. Controlado y depredador. Igual que G.

A lo lejos, divisó a un par de pescadores con las cañas echadas. Ambos contemplaban la inmensidad del mar, lo bastante alejados el uno del otro como para sugerir que no iban juntos.

Cada minuto oscurecía más y Lana debería dar media vuelta ya. Aun así, sus pies la llevaban hacia adelante. Todavía no estaba lista para marcharse. Solo unos minutos más.

La brisa se estaba intensificando, un respiro tras los calurosos días recientes, y las olas ganaban fuerza. Más adentro, el agua aparecía oscura, repleta de sombras, pero a medida que la marejada aumentaba, los últimos rescoldos de luz centelleaban sobre la superficie.

Uno de los pescadores estaba recogiendo; le daba la espalda mientras guardaba los bártulos a medida que ella se acercaba. El saludo cordial con el que Lana pensaba dirigirse a él al pasar se le heló en los labios cuando el hombre se erguía y se giraba en su dirección.

—¿Xav?