Capítulo 15
Lana estaba distraída tras el hallazgo del diario, ansiosa por mirar en su interior, pero aún quedaba trabajo por hacer, entre otras cosas limpiar el desastre que había organizado Ollie.
Él y Elise habían desaparecido camino de alguna parte.
Lana no tenía ni idea de adónde. No había visto ni hablado con su hermano desde que había salido hecho una furia de la habitación de Camille, y solo se dio cuenta de que se habían marchado al oír el motor de su coche. A decir verdad, agradecía el descanso.
Por fin ayudó a George a cargar su furgoneta, agradecida de que fuera a llevarle un cargamento al vertedero además de trasladar algunos de los muebles más voluminosos a una de las tiendas benéficas del pueblo.
Le compraría una caja de cerveza o una botella de whisky para dárselas en agradecimiento, decidió, justo cuando el corazón se le vino abajo al ver un Range Rover entrar por la entrada para coches.
Reconoció a Trudy Palmer al volante y se dio cuenta de que se había olvidado por completo de que la había invitado a ir para ver los cuadros de Kitty.
Ahora mismo no estaba de humor para aquello; quería asimilar lo ocurrido esa mañana y el hallazgo del diario.
Sin embargo, era una tarea que había que hacer y Trudy se había tomado la molestia de conducir hasta la casa.
—Hola, Lana —Trudy se había detenido junto a la furgoneta de George y ya se había bajado del coche. Los miró a los dos, con curiosidad, como si esperase que los presentara.
—Conoces a George, ¿verdad? Es nuestro jardinero —se ofreció a explicar Lana.
Hubo una pausa mientras Trudy lo observaba, entornando los ojos antes de sonreír al reconocerlo.
—Sí, creo que fuiste a mi colegio, ¿no?
—Así es.
—Bueno, me alegro de verte de nuevo. ¿Qué tal estás? Ya veo que Lana te tiene ocupado.
—Algo así —George no parecía interesado en charlar frívolamente y volvió a centrar su atención en Lana.
Había estado ayudando en la casa durante gran parte del día y ella supuso que estaría deseando ponerse en marcha—.
Avísame si necesitas algo más —le dijo subiéndose a la furgoneta.
Se despidió de ella levantando la mano a modo de saludo antes de dedicarle un breve e impersonal asentimiento de cabeza a Trudy, para después dar marcha atrás y marcharse.
—Qué hablador —se rio Trudy cuando la furgoneta desapareció de la vista—. ¿Te está ayudando a empaquetar la casa?
—Sí. Está siendo de grandísima ayuda.
Trudy asintió.
—Qué amable por su parte —miró de reojo hacia su Range Rover—. Casi se me olvida. He traído a alguien conmigo. Espero que no te importe.
Lana miró hacia el vehículo y se dio cuenta de que había alguien sentado en el asiento del copiloto. El padre de Trudy.
Había sido uno de los amigos más antiguos de la abuela Kitty, así que se apresuró a acercarse a la puerta del copiloto luciendo una sonrisa dirigida a él.
—Doctor Palmer, ¿cómo está? —preguntó abriendo la puerta—. Siento mucho lo de su ictus.
—Necesita su silla —comentó Trudy, dirigiéndose al maletero.
Trudy y su padre no habían asistido al funeral de Kitty porque el doctor se estaba recuperando de un ictus, y la última vez que Lana lo había visto, justo después de la muerte de Camille, estaba en plena forma.
Sabía que había sufrido un accidente de tráfico hacía muchos años, que le produjo una lesión medular y le hizo perder el uso de las piernas.
Sin embargo, no estaba preparada para encontrarse con el hombre de aspecto casi frágil que la observaba desde el interior.
Su melena, antaño espesa y castaña, era ahora una cabellera canosa, desgreñada y rala, y unas arrugas profundas marcaban su rostro.
Debía de rondar los sesenta y cinco años, pero aparentaba bastantes más.
Parpadeó mirando a Lana y las arrugas de su frente se acentuaron.
—Le dije que no quería venir aquí.
Lana no sabía muy bien cómo reaccionar ante aquello y se preguntó cuándo había experimentado el antiguo médico de su abuela semejante cambio de personalidad.
Lo recordaba como un hombre educado y simpático, pero ahora parecía sumamente amargado.
¿Acaso era el resultado de llevar casi diecisiete años postrado en una silla y de haber tenido que renunciar a la profesión que amaba?
Agradeció que Trudy se reuniera con ellos.
Tardaron unos minutos en sacarlo del coche.
Lana observaba, sin saber si debía ofrecerse a ayudar pero sin querer estorbar.
El vehículo de Trudy estaba adaptado: el asiento del copiloto giraba para permitirle pasar a su padre a la silla de ruedas.
Aunque el mecanismo hacía gran parte del trabajo, seguía requiriendo fuerza física por parte de Trudy, y aquello hizo que Lana fuera consciente de hasta qué punto la discapacidad marcaba la vida de ambos.
Tampoco ayudaba que el doctor no dejara de refunfuñar y quejarse, y Lana se preguntó por qué Trudy había insistido en traerlo si no quería estar allí.
—Se pasa el día sentado en casa, leyendo el periódico o mirando por la ventana. No es sano para él —confesó Trudy un poco más tarde, mientras estaban arriba mirando los cuadros del descansillo—. Pensé que salir hoy le sentaría bien, pero está tan obstinado como siempre.
Habían dejado al Dr. Palmer abajo, en la galería del jardín, pues Trudy sugirió que tal vez le agradara mirar hacia el jardín; Lana le había preparado una taza de té y le había servido unas galletas en un plato que él había contemplado con desdén.
—Tuvo que ser muy duro para él perder a tu madre y asumir que no volvería a caminar —Lana recordaba que al doctor le apasionaba el deporte. Era un entusiasta del críquet y le gustaba jugar al golf. Tenía que ser frustrante no poder volver a hacer lo que le gustaba.
—Lo es. Hago todo lo posible por cuidarlo, pero puede ser un viejo terco de lo más insoportable. Y, por supuesto, necesita cuidados adicionales desde el ictus.
—¿Estáis solo vosotros dos? —formuló Lana la pregunta con tacto, pues no estaba segura del estado civil de Trudy. No llevaba alianza y, a juzgar por un par de comentarios que había hecho mientras recorrían la casa, parecía que todavía vivía con el doctor.
Trudy asintió.
—No tiene a nadie más que lo cuide —dijo sin más—.
Hemos adaptado la casa y puede hacer algunas cosas él solo, pero depende muchísimo de mí.
Xav se porta muy bien con él. Él... —ya fuera porque captó la expresión de Lana o porque decidió que había tocado un tema tabú, Trudy se interrumpió bruscamente—.
Este es precioso —comentó cambiando de tema con rapidez, refiriéndose a una acuarela marina colgada en el dormitorio de Kitty.
Lana se esforzó por mantener un tono neutro.
—Era uno de los favoritos de la abuela.
«Xav se porta muy bien con él». ¿Qué significaba exactamente eso?
¿Que Xav era amigo del Dr. Palmer?
¿Que tenía una relación sentimental con Trudy?
Ni siquiera se había planteado si Xav estaba saliendo con alguien. Tampoco es que fuera asunto suyo. Ella solo había vuelto por poco tiempo y, de todos modos, él la odiaba. Con quién saliera o incluso con quién estuviera casado carecía por completo de importancia.
¿Pero Trudy?
Había visto a Xav en su tienda y dio por sentado que estaba allí por trabajo. ¿Se habría equivocado?
Aunque Lana se moría por preguntar, tampoco quería saber la respuesta.
Hasta hacía unas pocas semanas, ella misma tenía pareja. El hecho de estar de vuelta allí, repasando tantos recuerdos y estando soltera en ese momento, la estaba volviendo irracional.
Un estrépito procedente de la planta de abajo interrumpió sus pensamientos.
El doctor. ¿Estaría bien?
Intercambió una mirada con Trudy y ambas salieron corriendo hacia las escaleras.
—¿Papá? —Trudy sonaba presa del pánico mientras bajaba los escalones a toda prisa. Lana la seguía muy de cerca.
Encontraron al Dr. Palmer en el salón; se había desplazado en la silla de ruedas desde la galería del jardín y estaba sentado frente a la repisa de la chimenea, contemplando la foto de los tres hermanos de cuando eran mucho más jóvenes.
El otro marco, con la fotografía que se habían tomado aquel último verano, justo antes de que Camille muriera, yacía destrozado en la embocadura de la chimenea.
No lo habría roto a propósito, ¿verdad?
—¿Papá? ¿Qué demonios has hecho? —Trudy sonaba avergonzada mientras se agachaba para recoger los trozos rotos.
—No llegaba bien. Solo intentaba mirar.
—No pasa nada. Ha sido solo un accidente —A Lana se le hizo un nudo en la garganta. Mientras la fotografía estuviera bien, aquello era todo lo que le importaba.
—Te conseguiré un marco nuevo —prometió Trudy mientras su padre la observaba.
—De verdad, no te preocupes. No pasa nada.
El Dr. Palmer se giró para mirar a Lana y durante un instante ella pensó que iba a disculparse, pero entonces le repitió sus propias palabras:
—Solo un accidente.
La sonrisa que le dedicó mientras la atención de Trudy estaba desviada fue ladina y cómplice, y en ese instante Lana se preguntó si habría sido realmente un accidente.