Capítulo 14 #2
Lana se quedó en silencio, abstraída en sus pensamientos, y tal vez George debería haber dejado el tema ahí. Pero no pudo evitar ir un poco más lejos; quería sacar el nombre del hombre que ella creía que había matado a su hermana.
—Es un buen tipo. Sabe que Sebastian hizo algo terrible. Le ha resultado difícil lidiar con todo esto.
Lana parecía a punto de comentar algo cuando Ollie reapareció. Una inoportuna interrupción que hizo que George sintiera un chispazo de irritación. Quería ver si Lana seguía tan convencida de la culpabilidad de Sebastian Landry.
Ollie iba ya vestido con vaqueros y una camiseta vieja, aunque seguía despeinado y luciendo un marcado ceño fruncido.
—Bueno, aquí estoy. Listo y dispuesto a ayudar. ¿Qué queréis que haga?
—No hace falta, Ollie. Ya casi hemos terminado aquí.
Ollie asintió, algo contrariado.
—Vale, pues supongo que iré a buscarme una tarea yo solo —Cogió un martillo y un destornillador de la caja de herramientas de George—. ¿Te importa si me pido esto, colega?
¿Así que ahora eran colegas? A George se le erizó la piel, aunque mantuvo un tono sereno.
—Claro, adelante.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Lana con recelo.
—Ayudar a despejar la casa. Es a lo que hemos venido, ¿no?
Le dirigió una sonrisa burlona mientras ella negaba con la cabeza y desaparecía de nuevo por el pasillo.
—Por favor, ¡intenta no armar demasiado desorden! —le gritó Lana desde allí.
A juzgar por la escandalera que se organizó minutos después, George sospechó que aquel idiota no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo.
Aunque parecía molesta, Lana se resistió a la tentación de ir a comprobar qué hacía y prefirió quedarse en el dormitorio de Kitty con George, ayudándolo a clasificar qué muebles irían a beneficencia.
Finalmente terminaron y él la siguió a través del descansillo hasta la que había sido la habitación de Camille.
La colorida ristra de palabrotas que Lana le espetó a su hermano nada más cruzar el umbral hizo que George sonriera para sus adentros.
Comprendió el motivo un segundo después, al seguirla al interior.
La estancia parecía el escenario de una explosión, llena de trozos de madera por todas partes después de que Ollie hubiera destrozado los armarios empotrados.
George se mantuvo a cierta distancia, apoyado en el marco de la puerta, mientras presenciaba cómo se desataba otra discusión.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Intentar ayudar —Ollie hizo una pausa para limpiarse el sudor de la frente—. ¿No era eso lo que querías? ¿Vaciar la casa?
—Esos armarios eran empotrados. Se suponía que se quedaban.
—Bueno, pues no lo sabía. Tampoco es que me hayas dado una lista de lo que se supone que tenemos que hacer aquí. Simplemente te has adueñado de todo, como siempre.
—No me adueño de nada. A ti no te ha interesado el tema hasta ahora.
Lana cruzaba la estancia esquivando los escombros y, aunque George estaba disfrutando de aquel nuevo episodio del espectáculo de los Hamilton, sintió un poco de lástima por ella. Cada superficie estaba cubierta por el caos generado por Ollie.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, agachándose para recoger un diario encuadernado en cuero negro.
A George se le abrieron los ojos como platos de la sorpresa y se le encogió el estómago al verla abrir la portada y hojear las primeras páginas. El diario de Camille era azul marino. Lo sabía porque lo había estado leyendo en sus visitas anteriores.
—Un libro —respondió Ollie, sin aportar gran cosa—. Ya sabes que Camille solía tener un diario.
—Y ese ya lo tengo.
Lana metió la mano en el cajón superior de la mesilla de noche y sacó el diario azul marino. Los sostuvo ambos en alto.
—El azul marino es el suyo —dijo mirando a su hermano—. ¿De dónde ha salido este entonces?
—Del fondo del armario. El panel del suelo estaba suelto y estaba justo debajo —Ollie frunció el ceño—. No entiendo a qué viene tanto drama. ¿Qué más da que tuviera dos?
Él no se estaba dando cuenta, pero George comprendía perfectamente lo que Lana intentaba decir y por qué estaba tan alterada.
Uno de los diarios había estado escondido, lo que sugería que Camille quería asegurarse de que nadie lo leyera jamás.
Se limpió el sudor que le brotaba en la frente, sabiendo que no se debía al esfuerzo físico, sino al pánico.
Mientras Lana se lo explicaba a Ollie, a George se le tensaron los hombros y una ola de rigidez le recorrió el cuerpo. ¿Por qué había escondido Camille aquel diario?
—Podría darnos alguna respuesta.
Las palabras de Lana hicieron que George se tirara del cuello de la camiseta. De pronto le costaba respirar.
—¿Qué respuestas? No necesitamos ninguna. Los dos sabemos que Sebastian Landry la mató. Está en la cárcel pudriéndose, justo como debe ser.
—Seguimos sin saber qué lo llevó a hacerlo.
—No necesito saberlo. Ya se ha hecho justicia. Déjalo ya, por favor.
—Bueno, pues puede que a ti no te importe, pero a mí sí —replicó Lana con aspereza.
Ollie la miró fijamente durante un instante.
—Sabes que también era mi hermana —dijo, y la voz se le quebró en las dos últimas palabras, revelando una vulnerabilidad que George nunca le había visto.
Esperó a que Lana reaccionara, pero ella no lo hizo y, tras una breve pausa, soltó sus herramientas, pasó por encima del desastre que había provocado y salió de la habitación hecho una furia por delante de George.
Vale, aquello era preocupante. George necesitaba saber qué había en ese diario.
Esperó en silencio junto al umbral mientras Lana observaba ambos cuadernos y sopesó su siguiente movimiento.
Ella no se lo iba a entregar así como así y, si el diario negro desaparecía hoy, él encabezaría sin duda la lista de sospechosos.
Pero si aquel libro contenía de verdad información sobre los últimos días de Camille, tenía que hacerse con él antes que nadie.
—¿Estás bien? —preguntó al final, ganando tiempo—. Puedo irme si quieres y volver más tarde.
Eso estaba bien. Ofrecerse a marchar para no parecer una amenaza.
Ella dio un respingo, como si hubiera olvidado que él estaba allí, y le dedicó una sonrisa que pareció forzada.
—No, no te vayas. Y lo siento otra vez. Te prometo que Ollie y yo no siempre estamos a la gresca.
George no se lo creyó, pero sonrió con ella de todos modos.
Observó cómo Lana le daba vueltas al diario entre las manos, como si se tratara de oro en polvo. ¿Una conexión perdida hace tiempo con su hermana difunta, o albergaba la esperanza, como le había dicho a Ollie, de que revelara algunas verdades sobre Camille y lo que ocurrió la noche de su muerte?
El libro había estado escondido bajo las tablas del suelo durante años, lejos de miradas indiscretas, y a George le aterraba pensar qué secretos podían ocultarse entre sus páginas.