Capítulo 13
—¿Lana?
Habló justo cuando ella ahogaba un chillido, y Lana dio un paso atrás con el corazón desbocado en el pecho.
—Soy George. Me llamo George. George Maddox, ¿el jardinero?
Lo formuló como una pregunta, como si ni él mismo estuviera del todo seguro. Sin embargo, Lana había hablado con él por teléfono y reconoció su voz.
—Madre mía, me has pegado un susto de muerte.
—Tú a mí también —George bajó la horca y se pasó una mano nerviosa por el pelo, pareciendo aún más asustado que Lana—. No sabía que habías bajado aquí. Estaba recogiendo por hoy y he oído ruidos. Pensé que alguien se había colado, que estaban robando.
—Perdona —Se detuvo al ocurrírsele algo—. Por cierto, ¿cómo sabes que soy Lana? ¿Cómo sabes que no soy una intrusa?
—Bueno, es que... Puede que te buscara en Facebook después de hablar por teléfono —Lana reprimió una sonrisa al ver cómo sus preocupados ojos se abrían de par en par—. Lo siento.
No quería decirle que no le importaba, pero también mentiría si dijera que nunca había hecho algo así.
—¿Suele colarse la gente? —preguntó en su lugar, cambiando de tema. Al ver su gesto de confusión, se explicó mejor—: Quiero decir, ¿ha habido problemas antes con personas que entran al jardín sin invitación?
—No en los años que llevo trabajando aquí.
Aunque de cuando lo llevaba Barney no puedo responder —Su expresión cambió a una de compasión—.
Kitty siempre insistió en que no quería que se tocara esta parte del jardín y ella nunca bajaba por aquí.
Supongo que por eso me has pillado desprevenido.
No pensaba... —Dejó la frase a medias, visiblemente incómodo.
—¿Así que tú tampoco bajas nunca por aquí?
—No —El rostro se le enrojeció de culpa—. Bueno, puede que lo hiciera una vez, y lo siento, sé que no debía haberlo hecho. Tu abuela me pidió que no lo hiciera.
—¿Has estado dentro de la casa de verano?
Pasaron unos segundos antes de que respondiera.
—Eché un vistazo rápido dentro. Pero solo una vez, cuando empecé a trabajar aquí —George puso una mueca—. No lo hice por morbo. Bueno, tal vez un poco. Mierda... piensa antes de hablar, George —Se dio una palmada en la frente—. Lo siento. Fui un desconsiderado y un cotilla. Era tu hermana.
—No pasa nada. De verdad, no importa —Lana lo decía en serio. Agradecía su sinceridad y respetaba su franqueza. ¿Por qué no iba a tener curiosidad?—. Tú no la conocías, ¿verdad?
Él negó con la cabeza.
—En realidad no. Barney es mi tío y de chaval lo ayudé un par de veces con los jardines, pero no me acuerdo bien de ti ni de tu hermana. A Ollie sí lo conocía un poco. Jugábamos juntos al fútbol.
—No lo sabía.
—Lamento mucho lo de tu hermana. Y lo de tu abuela también. Siento no haber podido ir a su entierro.
Lana le dio las gracias con un gesto de cabeza.
—Por lo que vale, tu abuela me caía muy bien. Me parecía una mujer muy... guay.
Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios y Lana sintió que empezaba a cogerle simpatía.
Quizá fuera la pañoleta que llevaba puesta o su sonrisa torcida y entusiasta, que lo hacía parecer a punto de embarcarse en la búsqueda de un tesoro con un grupo de adolescentes en lugar de disponerse a cortar el césped.
A pesar de que el trabajo físico lo mantenía musculado y en forma, tenía una inocencia relajada al estilo de Bill y Ted, y a ella casi le parecía que en cualquier momento soltaría un «¡alucinante! » o un «¡de locos!».
Por el olor a hierba que despedía, comprendió el motivo de que estuviera tan tranquilo y agradeció la lentitud de sus reflejos, que lo había llevado a dudar con la horca.
—¿Cómo vais con la limpieza de la casa?
—Va despacio —admitió Lana—. Es una casa enorme.
George asintió.
—Bueno, si necesitas ayuda para cualquier cosa, aquí me tienes. Además tengo una furgoneta por si tenéis que trasladar muebles o trastos.
—Es muy amable por tu parte.
—Puedo pasarme mañana por la mañana si quieres. Los viernes es mi día libre.
Lana sopesó el ofrecimiento.
—Bueno, si seguro que no te importa...
Le dio las gracias a George y aceptó la propuesta. Mientras él se alejaba para terminar de recoger sus herramientas de jardinería, ella echó un último vistazo a la casa de verano.
No era más que una construcción.
Aun así, al dar media vuelta para marcharse, se le puso la carne de gallina, como si de alguna manera la edificación la estuviera observando.