La casa de verano Capítulo 12
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Capítulo 12

Las puertas de la galería del jardín ya estaban abiertas y el calor del sol de última hora de la tarde golpeó a Lana cuando salió.

Si Elise estaba despierta, no dio muestras de ello: tenía la cara hundida en la toalla y la revista que había estado leyendo yacía ahora en el suelo.

A su lado había un vaso a medio vaciar. Una margarita, a juzgar por el color del líquido y la rodaja de lima que flotaba en el vaso.

Una pequeña radio portátil estaba sintonizada en una emisora que emitía pop hortera de los ochenta. El volumen era bajo, pero Lana alcanzó a oír el estribillo de «Robert De Niro’s Waiting», de Bananarama, al pasar.

Mientras cruzaba el patio, la mujer soltó un ronquido poco elegante y Lana dio un respingo, sonriendo para sí. Sospechaba que Elise se moriría de vergüenza si se enterase de que había emitido un ruido tan vulgar.

Al entrar en la rosaleda, el aire estaba impregnado de un aroma dulce y fragante, y un nuevo latigazo de dolor la atravesó. Aquel había sido el lugar favorito de su abuela. Seguía bien cuidado; las plantas y los arbustos formaban un caleidoscopio de colores.

Al internarse en el huerto de frutales, los recuerdos se volvieron más oscuros y una diminuta bola de aprensión se le anudó en el estómago. Se estaba acercando a la casa de verano y no sabía si sería capaz de entrar sola.

Camille llevaba mucho tiempo muerta y su asesino estaba entre rejas. ¿Qué era lo que la asustaba?

Podía entender que a Ollie no le gustara aquel lugar.

Para él era peor, porque había sido quien encontró el cuerpo de su hermana.

Kitty lo había enviado a buscar a Camille cuando esta no apareció para desayunar.

Hasta el día de hoy, nunca había hablado de ello con Lana ni le había contado nada de las sesiones de terapia a las que asistía.

Ella era consciente de su dolor, o al menos lo había sido antes de que él la apartara.

Al principio se había hablado de derribar la casa de verano, pero nunca llegó a hacerse. Kitty se limitó a fingir que no existía. Se había debatido entre no querer aquel recordatorio y saber, al mismo tiempo, que era el último vínculo que le quedaba con su nieta.

Habían dejado crecer el seto, que la ocultaba en su mayor parte, y, aun desde lejos, Lana podía ver que las malas hierbas campaban a sus anchas.

El jardinero no tocaba aquella zona en absoluto y, mientras avanzaba con cuidado por el sendero resquebrajado, procurando esquivar los macizos de ortigas, la sombra de los árboles que se alzaban sobre su cabeza no hacía más que intensificar la atmósfera siniestra.

El edificio seguía intacto, aunque la madera, antaño blanca, era ahora de un gris apagado y estaba astillada en algunos puntos, mientras que las ventanas se hallaban cubiertas de telarañas. A pesar del calor de la tarde, la piel de Lana se erizó y se frotó los brazos.

Tan lejos de la casa, con la puerta y las ventanas de la casa de verano cerradas, Camille habría sabido que era poco probable que alguien oyera sus gritos.

El corazón de Lana se oprimió un poco más al imaginar el terror que debía de haber sentido y empezó a desear haberse quedado arriba, en la casa. Allí abajo era más difícil escapar del tormento de su hermana.

Debería marcharse. Buscar al jardinero y preguntarle si estaría dispuesto a despejar la casa de verano. Aunque solo había hablado con él por teléfono, parecía bastante afable.

Pero ¿no le debía Lana a Camille, al menos, echar un vistazo al interior? ¿Ver el lugar donde su hermana había exhalado su último aliento?

Ya conocía la respuesta; sus pies la llevaban hacia delante a regañadientes.

Sus dedos se cerraron alrededor del frío pomo de la puerta y lo bajó, deseando en parte que no se abriera.

En otro tiempo la puerta había necesitado una llave, pero llevaba años sin estar cerrada con llave, y emitió un leve gemido al abrirse.

El rancio olor del abandono se desparramó hacia fuera. ¿Cuánto hacía que nadie bajaba allí?

Lana apartó las telarañas de la entrada, odiando la tensión que le agarrotaba los músculos de los hombros. Allí no había nada que temer. Aun así, el paso que dio al entrar fue vacilante.

La mesa y las sillas estaban cubiertas por una densa capa de polvo.

Tres, advirtió. La silla en la que había estado sentada Camille hacía tiempo que se la habían llevado.

El sofá tenía un desgarrón profundo, el viejo reloj seguía colgado de la pared —aunque las pilas habían dejado de funcionar hacía mucho— y el espejo sobre el escritorio de su abuela lucía una enorme grieta.

Lana miró al suelo; el lugar exacto donde había muerto su hermana resultaba reconocible al instante, incluso a la luz de las sombras. Lo habían fregado a conciencia, dejando la madera con un tono más claro en ese punto en concreto.

Los nudos de sus hombros se tensaron aún más.

No debería haber bajado hasta allí.

Un sonido proveniente del exterior, el crujido característico de unos pasos, hizo que se quedara helada.

¿Sería Elise? A Lana le costaba imaginar a la novia de su hermano bajando hasta allí.

Avanzó a pasos silenciosos hacia la puerta y echó un vistazo fuera; se pasó la lengua por los labios secos mientras recorría con la mirada la zona en penumbra. No había nadie, aunque entre los árboles, la maleza y los arbustos descontrolados, sobraban sitios donde ocultarse.

Más allá del alto seto, divisaba la parte superior de Mead House y se dio cuenta de lo lejos que estaba. De niña, nunca le había importado la gran extensión de los terrenos de la casa, pero es que por aquel entonces aquel lugar le parecía divertido y seguro.

Nadie oyó gritar a Camille.

El inoportuno pensamiento acudió a su mente.

El lugar del asesinato de su hermana la estaba desasosegando. Pero lo cierto es que había oído pasos sin ninguna duda.

Decidida a marcharse, salió de la casa de verano y cerró la puerta.

Antes incluso de que Lana alcanzara el huerto de frutales, un hombre se le cruzó en el camino con una horca en la mano.