Capítulo 11
Cuando Lana regresó a la casa, Ollie no estaba y Elise se encontraba junto a la piscina, tumbada en una de las hamacas, vestida únicamente con un diminuto bikini amarillo. Aquella mujer irritante trataba la casa como si fuera una vivienda de vacaciones.
El encuentro con Xav le había apagado los ánimos y no estaba de humor para conversar, así que subió directamente a la planta de arriba. Ya que estaba allí, más valía enfrentarse a la difícil tarea de revisar las cosas de Camille, del mismo modo que había hecho con las de Kitty.
Había recuerdos suficientes para distraerla y, aunque Camille llevaba ausente la mitad de su vida, Lana seguía esperando que cruzara la puerta para reprenderla por fisgonear entre sus cosas. El dolor de su pérdida la golpeó de pronto y con fuerza en las entrañas.
El tiempo había suavizado en gran medida los bordes del duelo y el dolor se había convertido, en general, en una punzada sorda y constante, pero a la que ya se había acostumbrado.
En aquellos días podía pensar en Camille sin que esa sensación abrumadora de pérdida amenazara con arrastrarla al fondo; podía concentrarse en los buenos momentos.
Sin embargo, de vez en cuando algo la cogía desprevenida y la cruda y amarga certeza de que nunca volvería a abrazar a su hermana ni a oír su risa cantarina se abatía sobre ella con la misma dureza que la primera vez.
Lana no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que saboreó en los labios las lágrimas húmedas y saladas.
Se las secó con rabia, avergonzada de que, después de tanto tiempo, un recuerdo pudiera alterarla.
¿Ollie se ponía alguna vez así de sentimental?
De nuevo, no era algo de lo que hubieran hablado realmente.
Cuando eran más jóvenes, había sabido captar las emociones de su hermano. Sabía cuándo estaba triste o sentía dolor, y siempre cuándo mentía. Después de la muerte de Camille, fue como si él hubiera aprendido a cerrarse a ella. A veces eso la hacía sentirse tan sola.
Claro que tenía muchos amigos, y a lo largo de los años había tenido amantes y relaciones más serias, pero ahora que Kitty había muerto, Ollie era su única familia.
De niños eran idénticos y, con el aire marimacho de Lana y su afición por el pelo corto y los vaqueros, había sido difícil distinguirlos.
Ollie había nacido ocho minutos antes, pero Lana era la más responsable. Por supuesto que sabía divertirse, pero, a diferencia de Ollie, también pensaba en los demás y en las consecuencias de sus actos.
En otro tiempo habían estado muy unidos, pero el asesinato de Camille había hecho que se desmoronaran. El abismo que la separaba de su hermano se había ido ensanchando con los años.
Había esperado que la muerte de Kitty volviera a unirlos, pero, con Elise allí, parecía poco probable.
Lana se secó las lágrimas y siguió llenando cajas con las cosas de su hermana.
En el cajón inferior de la mesilla encontró el verdadero tesoro.
Un libro encuadernado en cuero azul marino que le hizo sentir un nudo en la garganta.
Consiguió tragar saliva, sabiendo, antes de abrirlo, exactamente qué era: el diario de Camille.
La caligrafía pulcra y sinuosa de su hermana le resultó inmediatamente familiar, y Lana no estaba preparada para la oleada de recuerdos que despertó.
Las páginas amarilleaban ligeramente, pero el diario seguía en buen estado.
Pasó unas cuantas, sabiendo que aquel era, sin duda, uno de los objetos que conservaría.
Estaba empezando a cerrar el libro cuando vio algo que sobresalía entre las páginas.
¿Otro trozo de papel? Abrió el libro con cuidado y se encontró en la entrada fechada una semana antes de la muerte de Camille.
La página estaba señalada con un recibo de farmacia de las pastillas que Lana sabía que tomaba su abuela.
El recibo era reciente, comprendió al ver la fecha: correspondía al día de la muerte de Kitty.
Un dolor agudo la atravesó, recordándole una vez más su pérdida reciente.
Cuando su abuela había comprado las pastillas, no podía saber que no llegaría a tomárselas.
Que su vida estaba a punto de terminar. Y había pasado aquel último día leyendo el diario de Camille.
¿Tendría aquello alguna importancia?
El pensamiento había surgido al instante, pero Lana comprendió enseguida que también era absurdo.
Estaba intentando unir unos puntos que no tenían conexión.
La muerte de su abuela había sido un accidente.
Que hubiera estado leyendo el diario de Camille el día que murió no era más que una coincidencia.
Además, no había secretos en aquel libro.
La policía lo había examinado a fondo antes de devolvérselo a la familia, y el asesino de Camille estaba en prisión.
Kitty solo había querido conservar los recuerdos, igual que Lana ahora.
Para que no la interrumpieran, cerró la puerta del dormitorio. Luego se sentó en la cama y fue hasta la primera entrada.
Su hermana había empezado el diario en julio de 2004, por la época en que se involucró con Sebastian Landry. Su romance, secreto al principio, estaba documentado por una adolescente encandilada y perdidamente enamorada.
He ido a la costa con S esta noche y hemos hablado sin parar.
Tenemos tantísimas cosas en común. Nos gusta la misma música.
Te juro por Dios que casi me muero cuando descubrí que tenía a Jeff Buckley en el reproductor de CD.
Y a los dos nos encanta Muse. Tiene muchísima suerte de haber podido verlos como cabezas de cartel en Glastonbury el mes pasado.
Ha dicho que quizá el año que viene podamos ir juntos.
Dios mío. Ya está pensando en nosotros a largo plazo. Siento que el corazón me va a estallar.
La entrada continuaba explicando más detalles de la velada, algunos bastante explícitos, y Lana se ruborizó mientras pasaba la página.
Era más de lo mismo: la adoración de Camille por su nuevo novio quedaba clara en cada palabra.
Había salido con otros chicos, pero Sebastian parecía ser su primer amor verdadero.
Un anhelo ardió en el interior de Lana al recordar sus propios veranos de adolescente.
Los días cálidos y las noches a veces aún más calurosas se fundían unos con otras y parecían no tener fin.
La mayoría estaban llenos de diversión inocente, pero recordaba la emoción que había sentido cuando Xav empezó a mirarla con otros ojos al volver a casa del internado el verano anterior a la muerte de Camille.
Había reparado en cómo se demoraba su mirada y recordaba lo que eso le hacía sentir: una efervescencia que le calentaba todo por dentro.
Luego llegó la primera vez que la besó, con cierta timidez, tan distinto del chico bromista y seguro de sí mismo con el que había crecido.
Sus labios rozaron suavemente los de ella y le provocaron un cosquilleo.
Su romance adolescente había sido perfecto.
Hasta que terminó de forma repentina y devastadora.
Intentando apartarlo de sus pensamientos, continuó leyendo.
Camille y Seb habían formalizado su relación.
También eran inseparables. Si no estaban fuera, acurrucados en el sofá o pasando el rato junto a la piscina.
Cuando la abuela Kitty no estaba, se escabullían hasta el dormitorio de Camille, aunque, a medida que pasaban los meses, empezaron a pasar cada vez más tiempo en la casa de verano.
Lana solía oír a su hermana salir a escondidas cuando creía que todos dormían, y recordaba aquella última noche espantosa.
Cómo la habían despertado unos susurros en el exterior y se había asomado a la ventana justo a tiempo de vislumbrar a Sebastian mientras desaparecía en dirección al huerto de frutales.
Por entonces, Lana había creído que eran felices.
No supo lo de la pelea que Sebastian había tenido con su hermana aquel último día hasta después de su detención.
Varios testigos los habían visto gritándose, antes de que Camille se arrancara el colgante con forma de corazón de la cinta negra que siempre llevaba al cuello.
Él se lo había regalado. Se lo arrojó antes de marcharse hecha una furia.
Él había ido allí aquella noche con el collar, sabiendo que pensaba matarla.
Aunque habían podido reconstruir parte de lo ocurrido, nadie sabría nunca cómo habían sido realmente los últimos momentos de Camille, porque Sebastian se aferraba a su negativa y aseguraba que no había estado allí. Dolía que se negara a proporcionar a la familia un cierre.
Lana abrió el diario por la página que su abuela había señalado.
La semana en que Camille había muerto. Antes de la discusión, las cosas estaban bien con Sebastian, ¿verdad?
Sin embargo, al leer las entradas, comprobó que eran mucho más breves y carecían de la emoción y la pasión de las anteriores.
De hecho, apenas se mencionaba a Sebastian.
Camille siempre había estado obsesionada con su diario.
Lo llevaba a todas partes y lo protegía como si contuviera mil secretos, pero aquello no era más que una sucesión de cosas anodinas.
Documentaba el tiempo, contaba novedades sobre sus amigos e incluso mencionaba lo que había comido.
Parecía limitarse a cumplir con el trámite, en vez de revelar sus pensamientos más íntimos como en las primeras entradas.
¿Por qué habían cambiado tanto sus anotaciones?
Camille aún debía de estar enamorada de Sebastian, porque Lana la había oído salir a escondidas de la casa para reunirse con él por la noche.
Entonces, ¿por qué no hablaba de lo que hacían juntos ni de sus planes de futuro?
Se levantó y se acercó a la ventana, desde donde contempló el extenso césped. Elise seguía junto a la piscina, tumbada ahora boca abajo y absorta en una revista, y Ollie continuaba sin aparecer.
Al fondo del jardín, al otro lado del huerto de frutales, se veía la parte superior de la casa de verano. El lugar donde Camille había pasado sus últimos momentos.
Hasta entonces, Lana se había mantenido alejada, incapaz de enfrentarse a bajar allí.
Quizá había llegado el momento de vencer a sus demonios.