La casa de verano Capítulo 9
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Capítulo 9

Xav sabía que ella volvería tras la muerte de su abuela y estaba al tanto de los rumores de que planeaban vender la casa.

Aquello era bueno; supondría un capítulo de su vida al que por fin podría dar carpetazo. Todo lo que tenía que hacer era pasar desapercibido, centrarse en su trabajo y mantenerse malditamente lejos de Lana y Ollie Hamilton.

En su día habían sido sus mejores amigos, pero de eso hacía ya una vida, cuando todo era diferente. Ahora no tenía ningún deseo de ver a ninguno de los dos, y cuanto antes se marcharan, mejor.

Maldito fuera el destino por entrometerse y poner a Lana en su camino. Había salido esa mañana porque necesitaba comprar unos materiales y le había prometido a Trudy que le llevaría el dichoso cuadro.

Por supuesto, a ella no se le había pasado por alto el intercambio y se había quedado llena de preguntas en cuanto Lana se marchó, metiendo las narices donde no la llamaban. Xav se había disculpado y se había ido tan pronto como pudo.

Hoy en día prefería casi siempre su propia compañía. Y el reducido círculo de amigos y familiares que le quedaban lo mantenía muy cerrado.

Su casa estaba en las afueras de Salthouse, un pueblo erigido sobre la marisma y enclavado entre Cley-next-the-Sea y Kelling.

El pajar reformado donde vivía y trabajaba disfrutaba de unas vistas espectaculares del paisaje circundante hasta la línea de costa, además de estar lo bastante alejado de los vecinos como para ofrecerle la intimidad que ansiaba.

También estaba lo suficientemente cerca de su madre por si ella lo necesitaba.

No es que ella afirmara que fuera a necesitarlo jamás. Joanna Landry era independiente y se mantenía activa, pero al menos Xav estaba allí si las cosas cambiaban.

Entró en casa, cogió una botella de agua fría del enorme frigorífico de la cocina y subió a su taller, intentando todavía sacudirse la impresión de haber visto a Lana.

Hector estaba tomando el sol en el descansillo, en su sitio favorito frente al ventanal de arriba abajo de la planta superior, con vistas a los campos verdes que descendían hacia las marismas salobres, y sus rayas pardoamarillentas se veían casi rubias bajo la luz del sol que se filtraba.

El gato alzó la vista somnoliento al oír el crujido del escalón y Xav se detuvo a mimarlo un poco.

Costaba creer que, apenas nueve meses atrás, aquel gordinflón no fuera más que un cachorrito esquelético abandonado en una caja al borde del bosque.

Xav no había querido tener un gato, pero no había podido quitarse de la cabeza a la lastimosa criatura a la que había llevado a toda prisa al veterinario.

Cuando, una semana después, llamó para preguntar por él y descubrió que el gato no llevaba microchip y que lo pondrían en adopción, intervino sin pensárselo.

Ahora eran compañeros de piso, aunque a veces se preguntaba si en realidad la casa no sería de Hector y él solo un invitado.

La planta superior de la vivienda estaba dividida en dos amplias estancias a las que se accedía desde el descansillo. Una era el dormitorio de Xav; la otra, su taller. Una habitación de techos altos con vigas a la vista e inundada de luz natural.

El taller había sido su prioridad al buscar casa.

El dinero ya no era un problema, gracias a un encuentro afortunado recién salido de la universidad con el propietario de una galería con excelentes contactos.

Xav había trabajado duro mientras aprendía su oficio, compaginando varios empleos para pagarse las tasas universitarias, sabiendo que su madre no podía permitirse ayudarlo.

A su modo de ver, se merecía un poco de suerte.

Sin embargo, nunca la dio por sentada; se dejó la piel y llevó una vida nómada mudándose de ciudad en ciudad, entregándose al máximo a su trabajo y a los compromisos que conllevaba.

Bristol, Londres, Róterdam, París: su hogar había cambiado con más frecuencia que sus novias. Al final, sin embargo, terminó exhausto y, con el anhelo de echar raíces, regresó a Norfolk. Estaba soltero, era un poco cínico, pero tenía una idea más clara de lo que quería de la vida.

Ahora pintaba sobre todo para sí mismo. Todavía mantenía tratos con un par de galerías importantes, pero, con un saldo bancario más saneado que nunca, podía permitirse el lujo de ser exigente y quería colaborar con tiendas y comercios más pequeños.

Ese taller era su santuario y el lugar donde pasaba la mayor parte del tiempo, y era la única habitación que se había molestado en amueblar con esmero.

Un caballete dominaba el espacio, mientras que el resto del cuarto estaba decorado de forma desenfadada con sofás y un par de mesas bajas.

De las paredes colgaban algunas de sus obras favoritas.

Allí arriba no recibía visitas; de hecho, aquel taller era un lugar sagrado para él y le molestaba que cualquiera pusiera un pie dentro, pero la estancia era grande y sin muebles parecía desolada.

Se quedó contemplando el lienzo en blanco. Un nuevo comienzo, una nueva obra. Las posibilidades eran infinitas y le encantaba ese momento, el primer pincelazo al empezar a contar una historia con sus pinceles.

Por supuesto, ya sabía lo que iba a crear. No tenía sentido luchar contra ello. El impulso era demasiado fuerte. Si cedía ante él, podría cerrarlo en una caja y pasar página de una vez. Este cuadro no estaba destinado a ojos ajenos. Sería una caprichosa satisfacción personal.

Nunca pintaba rostros, pero hoy era diferente y, aunque solo la había visto un instante, ya la tenía grabada en la mente. Los ojos almendrados, casi negros; la boca ancha y expresiva, con el labio superior más carnoso; el pelo oscuro cayendo como una cortina de seda salvaje sobre sus hombros.

Le había dado un vuelco el corazón al verla y, por un instante, se había quedado sin palabras, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera alargar la mano y tocarla para comprobar si era real. Gracias a Dios que no lo hizo. ¿Estaba perdiendo la cabeza?

Durante mucho tiempo le había echado la culpa a Lana Hamilton de lo que le había ocurrido a Sebastian, pero ahora era mayor, probablemente no más sabio, aunque el tiempo al menos le había enseñado que Lana no tenía la culpa. El único responsable de todo aquel desastre era el propio Sebastian.

Xav no odiaba a su hermano, pero sus emociones estaban divididas, incapaz de reconciliar la imagen del hombre con el que se había criado con la de un asesino a sangre fría. Por supuesto que quería a Seb, pero su hermano parecía no aceptar lo que había hecho y seguía aferrado a la negación.

Durante un tiempo, Xav creyó sus proclamas de inocencia.

Lana se había equivocado. Sin embargo, con el tiempo acabó aceptando que las pruebas en contra de Sebastian eran abrumadoras.

Había torturado y matado a su novia, y saber aquello le perturbaba la mente.

¿En qué momento su hermano mayor, cariñoso y afable, se había vuelto capaz de cometer semejante acto?

Su madre aún visitaba a Sebastian con regularidad.

Aunque Xav estaba muy unido a ella, ella se negaba a dejarse presionar sobre si todavía creía en la inocencia de su hijo.

Xav llevaba más de seis meses sin ir a la prisión de Woodhill, y saber que ya le tocaba ir a verlo le pesaba enormemente.

Ojalá Sebastian admitiera la verdad para que todos pudieran intentar pasar página.

En cuanto a la rabia que aún sentía cuando pensaba en Lana, nacía de la frustración por la situación más que directamente hacia ella, mezclada con una buena dosis de culpa.

No habían sido sus manos las que se cerraron alrededor del cuello de Camille, pero aun así cargaba con un sentimiento de responsabilidad por llevar la misma sangre que su asesino.

Lana no sabía nada de esto y probablemente pensaba que él todavía la odiaba, y resultaba más fácil dejar que lo creyera. Porque no podía estar cerca de ella. Sabía que la locura de aquella situación acabaría por destruirlo.

¿Cómo habían llegado a ese extremo con Ollie y Lana? Su mejor amigo y la primera chica a la que le había entregado el corazón. Los tres habían estado muy unidos de niños, pero ahora eran unos desconocidos.

Xav dejó el pincel y frunció el ceño ante el lienzo mientras echaba mano a la botella de agua.

Lana no había cambiado. Bueno, no mucho.

Llevaba el pelo más largo y parecía haber superado su aversión a los vestidos.

El encuentro había sido breve, pero en esos escasos segundos de estupefacción se había percatado de todo: el aroma familiar de ella revolviéndole las tripas, su leve ahogo de sorpresa y el conjunto rosa empolvado con estampado de florecillas que llevaba puesto.

Su Lana con un vestido rosa. Le había hecho parpadear dos veces.

Ya no era su Lana, se recordó a sí mismo mientras daba un trago; el agua fría le apaciguó la garganta reseca mientras contemplaba el rostro que había pintado. Estaba lejos de estar terminado, pero ya había capturado el fuego de sus ojos oscuros y sabía que no había perdido la chispa.

La vibración del teléfono rompió el silencio y Xav echó un vistazo a la pantalla, viendo iluminarse el nombre de su amiga Bree.

Durante un momento valoró no contestar, pues quería que lo dejaran en paz para rumiar sus pensamientos y trabajar en el cuadro.

Sin embargo, Bree era persistente y Xav sabía por experiencia que resultaba más fácil coger la llamada.

—¿Qué pasa?

—En el pub King’s Head. Te veo allí en media hora.

—Estoy trabajando.

Hubo una pausa.

—Oye, tío. He visto a Trudy. Me ha dicho que la zorra de la Hamilton ha vuelto. He pensado que te vendría bien una copa.

A Xav se le tensaron los hombros, pero pasó por alto la pulla contra Lana y restó importancia al encuentro.

—No ha sido para tanto. Era inevitable que nos cruzáramos tarde o temprano.