La casa de verano Capítulo 9 #2
15%

Capítulo 9 #2

Bree McCarthy había sido amiga íntima de su hermano y ambos se habían formado juntos como mecánicos. Se había indignado cuando Lana señaló con el dedo a Sebastian, creyendo siempre a pie juntillas en su inocencia, y fue una de las pocas personas del pueblo que lo proclamó a voces.

También había considerado que su deber era asumir el papel de hermana mayor de Xav, algo que en su momento él había agradecido.

A Xav y a su madre algunos vecinos los trataron como apestados tras el asesinato de Camille.

Culpa por asociación y todo eso. Y Bree, junto con un par de amigas íntimas de su madre, había estado allí para dar la cara por ellos.

Ahora Xav había vuelto y ya no necesitaba una hermana mayor.

Tenía treinta y cuatro años y era perfectamente capaz de librar sus propias batallas, pero no olvidaba cómo Bree había estado a su lado y al de su madre cuando él se marchó, viajando a menudo con ella para visitar a Sebastian.

Probablemente era lo más parecido a una mejor amiga que tenía Xav, y sabía que le hacía bien.

Aunque a veces era exasperantemente persistente, al menos evitaba que él se encerrara del todo en su caparazón.

—Puede que no haya sido para tanto, pero hace un día estupendo y he cerrado el taller antes de tiempo. Deberías salir. Venga. Una pinta a mediodía.

—Ya he salido antes.

—Te veo en media hora.

Bree colgó antes de que Xav pudiera protestar de nuevo y él se pasó las manos por el pelo, molesto por que lo mandaran y sintiendo todavía más rabia por el hecho de que quizás ella tuviera razón.

Se quedó mirando el lienzo con el retrato de Lana, molesto de que todavía la tuviera metida bajo la piel. A lo largo de los años había habido incontables mujeres. ¿Por qué esta no se le salía de la cabeza?

***

Cincuenta minutos más tarde —había llegado tarde a propósito por pura cabezonería—, se reunió con Bree en la terraza del pub.

Ella había elegido una mesa situada de lleno al sol y se protegió los ojos con la mano al mirar a Xav.

—Aquí está. Por fin aventurándose a salir de casa. Te vendrá bien que te dé un poco el sol en la piel. Pareces un dichoso vampiro.

Qué dura. Xav no estaba tan pálido, pero se imaginó que la camiseta negra no ayudaba.

Dejó su pinta en la mesa y se sentó frente a ella, estirando sus largas piernas.

—Conque te has cruzado por casualidad con Trudy, ¿no?

Llevaba molestándole durante todo el trayecto en coche, sabiendo que las dos habían estado cotilleando sobre su encuentro con Lana.

—Está preocupada por ti. Ha dicho que parecías haber visto a un fantasma.

—Estaba exagerando.

—Dale un respiro. A ella le importas y a mí también. Velamos por ti. Es lo que hacen los amigos.

Era cierto, y era Xav quien le estaba dando demasiada importancia al asunto. Bree tenía razón y Trudy simplemente intentaba hacer lo correcto. Ver a Lana lo había trastocado más de lo que estaba dispuesto a admitir, y aquello no era sano. No después de tanto tiempo.

En lugar de admitir que se equivocaba, cambió de tema, diciéndose a sí mismo que se relajara.

Por suerte, Bree pareció captar la indirecta para no tocar la cuestión, aunque una copa para ella no tardó en convertirse en cuatro, aflojándole la lengua y haciendo que el funesto tema de los Hamilton volviera a asomar la cabeza.

—No estuvo bien lo que le hizo a Seb —reflexionó ella, arrastrando un poco las palabras—. Él no tenía valor para hacerle daño a nadie.

Sebastian Landry era el tema favorito de Bree cuando estaba borracha, y Xav no se molestó en señalar que las pruebas demostraban la culpabilidad de su hermano. Ya habían discutido sobre ello demasiadas veces en el pasado.

En su lugar, se terminó la Coca-Cola por la que había cambiado la cerveza y cogió de la mesa el teléfono y las llaves del coche.

—¿Vas a estar bien para volver a casa andando?

Los bonitos ojos color miel de Bree estaban vidriosos y sus mejillas, sonrojadas. Habían estado sentados al sol, lo cual probablemente no ayudaba al efecto del alcohol.

—Sí, sí, estoy bien.

—Puedo llevarte en coche.

Eso le valió una sonrisa socarrona.

—Eres un buen chico, ¿lo sabías?

Xav sonrió para seguirle el juego. A sus treinta y ocho años, Bree solo era cuatro años mayor que él. Ninguno de los dos era un niño desde hacía mucho tiempo.

—Os quiero a Seb y a ti como a hermanos.

No lo olvides nunca. Y haría cualquier cosa por cualquiera de los dos.

—Unas lágrimas le brillaron a Bree en los ojos.

El exceso de alcohol siempre la ponía emotiva—.

Tal vez debería ir en coche hasta Mead House.

Decirle a esa zorra engreída que no es bien recibida aquí.

A Xav se le encogió el estómago. De algún modo, consiguió mantener un tono sereno.

—No necesitas hacer eso.

—Pero debería. Por ti, por Seb. Por tu madre. —Él podía oír la pasión y la rabia en su voz mientras hablaba—. Este es vuestro hogar y ella tiene que mantenerse al margen. Dejaros en paz.

—No. De verdad que no deberías. —Esta vez, Xav fue más firme—. Lo de hoy ha sido un encuentro fortuito. Ella... —No fue capaz de pronunciar su nombre en voz alta—. Se ha quedado más conmocionada que yo. La casa va a salir al mercado y pronto se habrá ido. Fuera de nuestras vidas para siempre.

¿Estaba haciéndola entrar en razón? Viendo las pupilas vidriosas de Bree, resultaba difícil saberlo.

—Venga, amiga. Vamos a llevarte a casa.

La rodeó con un brazo y la ayudó a salir tambaleándose del pub, insistiendo en que subiera a su coche a pesar de las protestas de ella.

Sobria, era una de las personas más nobles que conocía, pero borracha podía tirar por cualquier lado.

Podía ser la persona más alegre del lugar o la más atormentada, lo que a veces sacaba a la luz un lado más oscuro y feo.

Al aparcar frente al edificio donde vivía, Xav ayudó a Bree a subir las escaleras y a entrar en su piso, acomodándola en el sofá y quitándole las botas. Echó un vistazo al llavero del coche de ella, preguntándose si debería esconderlo en algún sitio o llevárselo consigo.

Sin embargo, ella ya había cerrado los ojos y estaba k.o., roncando suavemente.

Xav llenó un vaso grande con agua y lo dejó en la mesa baja a su lado; luego salió del piso, seguro de haber esquivado una mala situación.