La casa de verano Capítulo 7
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Capítulo 7

Lana pasó la mañana del jueves empaquetando la ropa de su abuela.

No resultó una tarea sencilla. A Kitty le gustaba acumular cosas y siempre se mostraba reacia a deshacerse de ellas; además, algunas de las prendas más antiguas evocaban recuerdos tan intensos que avivaban el dolor por la pérdida de su abuela.

Lana intentó ser metódica y no dejar que la mente se le fuera a otra parte. Aliviada cuando al fin terminó, cargó el coche.

—¿Vas al pueblo?

Levantó la vista al oír la voz de Ollie. Estaba de pie en el porche delantero, ya vestido, aunque con aspecto de no estar en su mejor momento. Era la primera vez que lo veía en toda la mañana.

—Sí, ¿por qué?

—¿Me llevas a recoger mi coche? Lo dejé en el restaurante.

Lana reprimió el impulso de negarse, recordando lo desconsiderado que había sido la noche anterior. Sin embargo, no había tenido ocasión de hablar a fondo con él y estaba deseando averiguar qué demonios pasaba entre él y Elise.

—Si te das prisa —le dijo—. Tengo que irme ya.

—Estoy listo.

A solas con él en el coche, recondujo la conversación hacia su prometida mientras conducía, procurando guardarse sus opiniones sobre la mala educación de Elise para no indisponerlo.

En su lugar, se centró en detalles concretos: le sorprendió saber que la mujer era originaria de Norfolk, le hizo cierta gracia que Ollie la describiera como una modelo «a la espera de trabajo» y sintió preocupación al descubrir que solo se conocían desde hacía un par de meses.

Ollie estaba siendo un irreflexivo. Era demasiado pronto.

Intentó señalárselo con tacto, pero él se puso de inmediato a la defensiva.

—No te importa con quién salgo ni a quién le pido matrimonio, Lana.

Tenía razón, no era asunto suyo. Pero eso no impedía que se preocupara por él.

Aun así, vio la rigidez obstinada de su mandíbula y lo conocía lo suficiente como para cambiar de tema; al menos por el momento.

—¿Cuánto tiempo te han dado libre en el trabajo?

Él contestó tras pensárselo un instante.

—Puedo tomarme todo el tiempo que necesite —le dijo, y Lana advirtió el tic de su mejilla y su mirada fija en la carretera como señales de que le ocultaba algo.

—Es muy generoso por su parte —tanteó el terreno con cautela—. Pensaba que tu jefe siempre ponía pegas a que te cogieras demasiadas vacaciones.

El tic persistió y el tenso silencio no hizo más que aumentar sus sospechas.

—He dimitido, ¿vale?

—¿Que has qué? —¿Se había vuelto loco? Ollie llevaba años trabajando en el banco.

—Llevaba tiempo queriendo hacerlo, y tampoco es que ahora necesitemos el dinero.

—Que vayas a recibir una herencia no significa que tengas que dejar el trabajo. Madre mía, Ollie —siempre había tenido un punto temerario, pero esto superaba todos los límites—. Y además, todavía no tenemos ese dinero.

—Tengo suficiente para ir tirando. Y, te lo repito, no es asunto tuyo, Lana.

Había adoptado un tono malhumorado y, al ver que se aproximaban al restaurante, Lana puso el intermitente y redujo la velocidad.

Sin ganas de dejar las cosas mal entre ellos, sobre todo teniendo en cuenta que aún no habían tenido oportunidad de hablar como es debido sobre la casa ni de hacer planes firmes, dio un paso atrás.

—Tienes razón, no es asunto mío, pero me preocupo por ti —dijo en voz baja—. Y te agradezco que hayas vuelto aquí. Sé que no te ha resultado fácil.

—Estoy bien —su sonrisa desenfadada regresó a su rostro mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla—. No tienes que preocuparte por mí.

Dicho esto, bajó del coche y a Lana se le cayeron los hombros.

Estaba convencida de que las cosas no iban bien, ¿pero qué podía hacer?

Si no paraba de insistir, lo único que conseguiría sería distanciarlo aún más.

Por el momento, intentó dejar el asunto en un segundo plano y, tras dejar las bolsas de ropa en una de las tiendas benéficas del pueblo, decidió probar suerte en algunas de las tiendas de arte y galerías de la zona para ver si a alguien le interesaba comprar los cuadros de su abuela.

Kitty había sido una gran coleccionista de arte y tenía varias obras repartidas por la casa.

Lana no tenía sitio para ellas y la única certeza que había sacado en claro de su hermano era que él tampoco quería quedárselas.

Era otra venta a regañadientes que esperaba que no hiciera a su abuela revolverse en la tumba, pero era preferible que fueran a parar a manos de alguien que los supiera apreciar.

El primer sitio donde probó fue Little Picture Shop, y no fue hasta que la mujer sentada tras el mostrador la llamó por su nombre cuando Lana cayó en la cuenta de que la conocía. Trudy Palmer era la hija del antiguo médico de su abuela, quien además había sido uno de los mejores amigos de Kitty.

—¿Lana Hamilton? Oí que habías vuelto. ¿Cómo estás?

—No sabía que trabajabas aquí.

—En realidad, soy la dueña. Siempre fue un sueño para mí poder trabajar con artistas locales —hizo una pausa—. Siento mucho lo de Kitty. Mi padre también. Se conocían desde hacía muchísimos años.

—Gracias. Fue un varapalo para todos.

De adolescente, Trudy había sido reservada y estudiosa, y corrían rumores de que el Dr. Palmer había sido un padre estricto.

Ahora no tenía nada de reservada; se mostraba segura de sí misma y elocuente.

Incluso la ropa que llevaba favorecía, en lugar de ocultar, su figura alta y tonificada, y su cabello, antaño oscuro, lucía mechas de un rubio miel.

—¿Y qué te trae por mi tienda, Lana? —preguntó al cabo de un momento—. ¿Buscas algunas obras nuevas para la casa?

—No nos vamos a quedar. Ollie y yo tenemos pensado vender.

—¿En serio?

¿Se lo estaba imaginando o Trudy había sonado un poco crítica, además de sorprendida?

—El sitio es demasiado grande y yo vivo en Cambridge. Ollie está en Londres —odiaba tener que andar justificando la decisión, con un tono a la defensiva—. No podemos quedárnoslo.

—Tranquila. No te estoy juzgando —el rostro de Trudy se suavizó en una sonrisa y Lana comprendió que era su propia culpa la que la llevaba a malinterpretar las cosas.

—Perdona, sé que no. No ha sido una decisión fácil. Me da rabia que la vayamos a vender —admitió.

—A lo mejor es lo mejor. El accidente de Kitty, y por supuesto lo de Camille. Sé que guardas malos recuerdos de este lugar.

Los había, pero Lana no quería recrearse en ellos.

—Así que... ¿qué te parecería comprar los cuadros de mi abuela? —preguntó, decidiendo ir al grano.

—¿Me estás hablando en serio? —Trudy parecía entusiasmada—. Sí, me encantaría echarles un vistazo. —En ese momento sonó el timbre de la puerta y se disculpó mientras un cliente entraba en la tienda—. Echa un ojo por aquí, ¿vale? Enseguida estoy contigo.

Lana hizo lo que le sugería y se acercó a examinar una selección de láminas costeras. Reconoció la playa de Wells-next-the-Sea y las marismas de Burnham Overy Staithe. Impresionantes amaneceres y atardeceres fotografiados por autores locales como Gary Pearson y Lila Amberson, entre otros.

En la siguiente pared predominaba una serie de estudios del natural.

Todas eran mujeres desnudas, aunque pintadas con elegante gusto para mostrar la belleza femenina natural en la curva de una espalda o en el cruce de unos tobillos.

Solo había un toque de color en cada obra: unos pendientes de esmeralda, un pintalabios rosa, un colgante de rubí o, en el caso de una de las figuras, trazos de pinceladas naranjas que le cruzaban las nalgas.

Cada cuadro resultaba sutil, sensual y fascinante.

Lana miró el nombre del artista y se le cortó la respiración.

Xavier Landry.

¿Trudy vendía obras suyas?

Lana sabía que Xav había triunfado como artista, y mentiría si dijera que no lo había buscado en Google a lo largo de los años.

Pero él mantenía su vida privada tal cual: privada.

Y aparte de sus cuadros, poco se sabía sobre él.

Se había marchado del pueblo después de que Sebastian entrara en prisión, pero Lana sabía que su madre, Joanna, seguía viviendo por la zona.

¿Volvía Xav alguna vez a Holt para visitarla?

¿Odiaba Joanna a Lana tanto como su hijo?

—Es un artista brillante, ¿a que sí? —la voz de Trudy interrumpió los pensamientos de Lana, que se apartó de la exposición con cara de culpa, como si la hubieran pillado mirando algo indebido.

Un acaloramiento le subió al rostro.

—Son muy buenos —asintió, satisfecha de haber logrado sonar elogiosa y despreocupada a la vez.

Trudy conocía los detalles. Todos los conocían. Que el chico a quien Lana le había entregado su corazón adolescente era el hermano del hombre que había matado a su hermana. Pero ¿sabía que ahora la odiaba apasionadamente por haberle contado a la policía lo de Sebastian?

Lana agradeció que la conversación volviera a girar en torno a Kitty, y quedaron en que Trudy iría en coche a Mead House la tarde siguiente.

Cuando se giró para marcharse, la puerta se abrió y Lana chocó de frente con el hombre que entraba. Se cruzaron disculpas apresuradas antes de que ella levantara la vista y se quedara helada al encontrarse atrapada por la mirada atónita de unos ojos de color verde tierra.

Era imposible confundir a Xav Landry, aunque hubieran pasado muchos años.

La suavidad de la juventud había desaparecido y lo que tenía delante era una versión más madura, pero más perfilada; lucía la mandíbula cubierta por una sombra de barba y finas arrugas extendiéndose desde la comisura de los ojos.

Las ondas oscuras de su pelo estaban más desordenadas de lo que recordaba y la simetría perfecta de su rostro se veía quebrada por una nariz ligeramente torcida.

La misma que Lana le había roto años atrás.

Durante un instante, se limitaron a mirarse fijamente y Lana intentó poner en marcha su cerebro paralizado.

Habla, joder.

Había tantas cosas que había querido decirle a lo largo de los años... pero en aquel momento, todas las palabras se evaporaron de su cabeza. En su lugar, abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua.

Xav fue el primero en reaccionar; su expresión pasó de la conmoción al horror y luego al asco mientras retrocedía visiblemente con un estremecimiento.

Fue entonces cuando Lana recuperó la voz.

—¡Xav!

Pasó de largo a su lado, adentrándose en la tienda sin pronunciar palabra.

—Xav. Por favor.

Estaba perdiendo el tiempo. Él ni siquiera se lo pensó; en su lugar, se dirigió directamente a Trudy como si Lana ni siquiera estuviera allí. Solo entonces se dio cuenta de que llevaba un lienzo en las manos.

—Llevo esto directamente al almacén de atrás.

Su voz, con apenas un leve matiz de acento que delataba sus raíces francesas, evocó un torbellino de recuerdos, muchos de ellos buenos, pero otros dolorosamente malos; Lana se quedó clavada en el sitio mientras él desaparecía tras la puerta situada detrás del mostrador, sin saber si debía ir tras él e intentar que hablara o si era mejor marcharse.

¿Qué hacía allí? Se suponía que se había mudado lejos. ¿Solo estaba de visita?

Al final, la razón se impuso al corazón, algo que tal vez tuvo que ver con la mirada de compasión que le estaba dedicando Trudy.

Lana no necesitaba lástima y, deseando que se la tragara la tierra, masculló un rápido adiós y abandonó la tienda a toda prisa. Se puso las gafas de sol a modo de parapeto antes de cruzar la calle.

Habían pasado todos esos años y él seguía odiándola. Seguía sin haberla perdonado. ¿Cómo podía ser tan patética como para que su primera reacción al verlo hubiera sido un chispazo de deseo agitándosele en el estómago? Sin embargo, aquel sentimiento no tardó en transformarse en rabia.

¿Cómo se atrevía a culparla a ella? Sí, había declarado en contra de su hermano, pero ¿qué se suponía que tendría que haber hecho: infringir la ley?

Y, vale, podía entender que le molestara que ella hubiera tenido cierto papel en el encarcelamiento de Sebastian, pero ¿cómo se atrevía a darse baños de pureza moral cuando había sido su propio hermano el que le había arrancado la vida a su hermana?

Esto era mejor. Canalizar el dolor en rabia resultaba mucho más productivo.

No tenía derecho a juzgarla.

Si no lo hubiera conocido cuando Camille murió, no querría saber nada de él ni de su familia. Lo que había entre ellos se había muerto en el instante en que arrestaron a Sebastian, y nunca podrían volver a ser como antes.

Lana se negó a amedrentarse y volver al coche; mantuvo la cabeza bien alta e intentó ahuyentar de su mente la imagen de Xav mientras dedicaba la siguiente media hora a hacer recados y a curiosear en un par de tiendas de ropa del pueblo.

Él no importaba y ya le daba igual lo que opinara sobre ella.

Sin embargo, en cuanto regresó al vehículo, el vacío desolador de su corazón volvió a hacer acto de presencia.

Absorta en sus pensamientos, no se dio cuenta de los ojos que la observaban desde el otro lado de la calle.