La casa de verano Capítulo 6
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Capítulo 6

La determinación de Lana de llevarse bien con la prometida de su hermano duró menos de veinticuatro horas.

Lo había intentado. De verdad que sí, pero Elise estaba demostrando ser insoportable.

Lana había salido a comprar comida y después había pasado la tarde limpiando a fondo la casa.

Estaba ordenada, pero había empezado a acumular polvo.

Por fin, cuando estaba rendida, había preparado la cena para los tres.

Un gesto de paz y un nuevo comienzo, pensó, ignorando que, mientras ella trabajaba, Elise se había paseado por la casa como si fuera su dueña, más interesada en las reliquias de Kitty que en comprobar si Lana necesitaba ayuda.

Ollie había hecho un esfuerzo simbólico y había limpiado los cuartos de baño antes de desaparecer escaleras arriba por orden de Elise. Lana esperaba poder ponerse al día con él, pero parecía improbable mientras su prometida estuviera cerca.

Se aseguró de avisarlos con tiempo de sobra, gritando escaleras arriba media hora antes de servir la comida.

Su primer pensamiento cuando Elise entró en la cocina quince minutos más tarde fue que iba un poco demasiado arreglada para cenar: llevaba un vestido negro de gasa y tacones, el pelo rubio recogido y unos pendientes grandes que centelleaban en los lóbulos.

Lana ignoró el gruñido de irritación que le provocó que Elise mirara con desdén sus vaqueros y su camiseta. De acuerdo, iba hecha un desastre, pero había estado trabajando.

—Espero que tengas hambre. He preparado demasiada pasta.

—En realidad, vamos a salir.

—¿Cómo dices?

Lana creyó haber oído mal, pero entonces apareció Ollie, con uno de sus trajes gris oscuro y los dos botones superiores de la camisa desabrochados. Iba recién afeitado y tenía una expresión culpable mientras miraba primero la mesa de la cocina, ya puesta, y luego el ceño fruncido de Lana.

—Perdón, no sabía que te ibas a tomar tantas molestias.

—¿Estás listo? —exigió saber Elise, ignorando la incomodidad de la situación.

—No dijiste que fuerais a salir a cenar.

—Lo hemos decidido hace apenas una hora —aquella mujer tan maleducada ni siquiera se molestó en mirar a Lana mientras hablaba.

—¡Ollie! Sabías que estaba cocinando.

—Lo siento, Lana. Pensé que te limitarías a meter una pizza en el horno o algo así. Elise quería salir y... —se interrumpió, echando una rápida mirada a su prometida—. Quizá deberíamos quedarnos.

—¡Nolly! Lo prometiste. ¡Vamos!

Lana observó cómo Elise cruzaba la cocina a pisotón limpio y desaparecía por la puerta que daba al garaje.

Su hermano estaba atolondrado.

—Quizá podamos calentarlo y comérnoslo mañana.

—¡NOLLY!

—Ya voy. Mira, lo siento de verdad, Lana. Nos tenemos que ir.

Lo vio marchar; la puerta del garaje se cerró y, unos instantes después, oyó el sonido del motor de su coche.

Lana se quedó mirando el plato de pasta que había preparado, echando chispas por haberse molestado en cocinar. Debería haber pedido algo a domicilio y haber dejado que Ollie y Elise se apañaran solos.

Decidida a no dejar que le arruinaran su primera noche de vuelta en la casa, abrió una de las botellas de vino que había comprado y se dispuso a cenar en soledad, con la radio por compañía.

Se recordó a sí misma que de entrada ni siquiera esperaba que Ollie apareciera, así que al menos era algo positivo que estuviera allí. Lo único lamentable era que se hubiera traído a Elise.

Tras terminar de cenar, se llevó la copa de vino a la galería del jardín, abrió los ventanales y salió al patio.

Todavía hacía calor fuera y casi había olvidado lo silencioso que era aquel rinconcito del mundo.

La casa estaba retirada, al final de una larga entrada y lejos de cualquier carretera transitada.

Mañana empezaría la ardua tarea de empaquetar las cosas de su abuela.

Y también las de Camille. Ya había hablado con un par de agentes inmobiliarios que se morían de ganas por conseguir el contrato.

A pesar del asesinato ocurrido hacía tantos años, no creían que tuvieran problemas para vender la casa.

Una mezcla de tristeza y culpa la hizo plantearse si estaban haciendo lo correcto al venderla.

No, tenían que hacerlo. No podían quedarse.

Anochecía; el agua de la piscina rectangular era ya una masa negra y los aromas florales de las gardenias, las madreselvas y los rododendros impregnaban el aire.

Al final del césped, la entrada a la rosaleda, el rincón favorito de los terrenos para su abuela, estaba envuelta en la oscuridad.

Y fue justo allí donde Lana vislumbró un haz de luz.

Parpadeó, dudando de sí misma por un instante.

El huerto de frutales se extendía más allá de la rosaleda, con el sendero serpenteante que conducía a la casa de verano, y al otro lado de las altas vallas que rodeaban la propiedad había un bosque.

Las farolas del jardín que en su día iluminaban el camino ya no se utilizaban: Kitty no quería ningún recordatorio del lugar donde había muerto su nieta mayor.

Lana debía de habérselo imaginado. Pero, aun diciéndose eso, estaba segura de haber visto un atisbo de movimiento, una figura escabulléndose entre las sombras.

Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral. ¿Estaba sufriendo paranoia o de verdad había alguien ahí fuera? Nadie tenía motivo alguno para estar por la zona del huerto de frutales.

Se dijo que estaba exagerando, pero eso no impidió que la inquietud se le enroscara en el estómago.

Una parte de ella quería buscar un arma, salir a echar un vistazo y asegurarse de que todo estaba bien.

No era una cobarde, pero tampoco era tonta.

A su hermana la habían matado en la casa de verano, un lugar donde debería haber estado a salvo.

Y aunque Sebastian Landry estaba en prisión, no debía correr riesgos estúpidos.

En lugar de eso, volvió al interior de la casa y se aseguró de que todas las puertas y ventanas estuvieran cerradas con llave.

Luego, con el teléfono bien a mano, subió al piso de arriba y se apostó en el oscuro dormitorio de Camille, desde donde tenía mejores vistas del huerto de frutales.

Si había alguien allí abajo, llamaría a la policía.

Observó y esperó; los únicos sonidos provenían del tic-tac del despertador y de su propia respiración pausada. Al final, convencida de que solo era fruto de su desbordante imaginación, se alejó de la ventana.

Era por haber vuelto a aquella casa. Estaba segura. Su mente sencillamente le estaba jugando malas pasadas. Estaba cansada y necesitaba dormir.

Aun así, hizo un último recorrido por el piso de abajo para revisar de nuevo todos los cierres antes de darse una bien merecida ducha. Por fin se metió en la cama y se quedó profundamente dormida en cuanto apoyó la cabeza en la almohada.

Cuando unos chillidos la despertaron, tardó unos instantes en recordar dónde estaba. Al agarrar el teléfono, vio que era más de la 1:00.

¿Qué demonios?

Y no solo eran chillidos. También había risas.

Lana apartó el edredón de un tirón, frotándose los ojos cansados mientras cruzaba el dormitorio y abría la puerta de golpe. Parpadeó ante la luz cegadora y vio a Ollie intentando torpemente subir las escaleras sin hacer ruido, con Elise colgada de su espalda y con una botella de champán en la mano.

—¿Ollie?

Ambos se giraron hacia ella y Ollie se llevó un dedo a los labios.

—¡Shh!

Aquello hizo que Elise estallara de nuevo en carcajadas.

—Creo que ya la hemos despertado.

Lana volvió al dormitorio de Camille y cerró la puerta de un portazo; se metió en la cama y se tapó la cabeza con la almohada.

Tardó una eternidad en volverse a dormir y, cuando al fin lo logró, sus sueños se llenaron de imágenes de su hermana vestida de rojo, con su melena despampanante al viento, y del desconocido de la linterna que acechaba en el huerto de frutales.