Capítulo 5
Los dos habían regresado a Mead House: Lana y Ollie Hamilton.
George Maddox esperaba a Lana, pues había hablado con ella por teléfono, pero Ollie y su novia habían sido una sorpresa y lo habían pillado completamente desprevenido al encontrárselo en la casa cuando habían llegado el día anterior.
Había sabido salir del pequeño apuro, alegando que hacía una ronda por la casa cada vez que iba, solo para comprobar que todo estaba en orden.
Ollie no había preguntado quién le había dado las llaves.
Daba por hecho que había sido Kitty y George no lo corrigió.
Nadie tenía por qué saber que hacía mucho tiempo había tomado prestado uno de sus juegos de llaves de repuesto y había mandado hacer una copia.
Se había encargado de Mead House desde que tenía uso de razón, mucho antes de asumir oficialmente el puesto de jardinero de Kitty, cuatro años atrás, justo después de cumplir veintiocho.
Aquel lugar tenía secretos y él debía asegurarse de que siguieran enterrados.
Sobre todo ahora que los gemelos habían regresado.
Tenían previsto poner la casa a la venta cuando terminara el trámite sucesorio y eso era algo bueno, aunque antes tendrían que vaciarla, y eso podía resultar peligroso.
George había intentado asegurarse de no dejar ningún rastro que condujera hasta él, pero, si buscaban lo suficiente, quién sabía qué podían descubrir.
Vigilaría la casa y desempeñaría su papel de jardinero amable y servicial. Completamente inofensivo y un poco tontorrón. Aquella personalidad le funcionaba de maravilla, porque animaba a la gente a bajar la guardia. No lo veían como una amenaza.
Trabajaba en Mead House tres días a la semana y normalmente aceptaba otros proyectos por su cuenta, pero se aseguraría de dedicar toda su atención a los Hamilton mientras estuvieran en el pueblo.
Una vez vendida la propiedad, podría respirar un poco más tranquilo, sabiendo que los secretos del asesinato de Camille Hamilton seguirían ocultos.
Pensó en ella. La hermosa pelirroja de aspecto sereno que escondía un lado oscuro y alocado. La última vez que la había visto, le había suplicado que le perdonara la vida.
Todo había terminado demasiado deprisa para ella, pero él no podía permitirse regodearse en aquello.
Un solo error lo definía. Si surgía algún problema, se ocuparía de él.
Ahora George tenía esposa e hijos y era feliz. Haría lo que fuera necesario para asegurarse de que nada alterara la vida que había construido.