Capítulo 4
Durante un instante, Lana se quedó paralizada por el pánico. Alguien estaba asesinando a otra persona en casa de la abuela Kitty.
Abrió mucho los ojos cuando al grito le siguieron unas risitas estridentes y luego otro chillido, aunque este último estaba teñido de diversión. Y, sin duda, era una mujer.
Era miércoles por la mañana. ¿Quién demonios había en la casa?
Quizá aún debería haber llamado a la policía, pero Lana había pasado del miedo a la furia y, armada con el viejo bate de rounders que había encontrado en el armario de la sala de juegos, subió las escaleras dispuesta a entrar en guerra.
Sabía que podía hacer bastante daño con él; a los catorce años le había roto la nariz a Xavier Landry.
En su defensa, no había sido culpa suya.
Ollie y Xav le habían gastado una broma.
Los tres estaban solos en casa y habían estado viendo una película de miedo.
Cuando Lana había ido al baño, su querido hermano y su mejor amigo habían decidido esconderse.
Ella ya estaba alterada por la película, así que, cuando Xav había saltado de su escondite, no había dudado en blandir el bate.
La habían castigado sin salir durante una semana, aunque, en cierto modo, había valido la pena, porque después Xav parecía mirarla con un respeto nuevo.
Recordar cómo la había mirado la última vez que se habían cruzado hizo que a Lana se le encogiera el estómago más que la amenaza que la aguardaba arriba.
Estás muerta para mí. Déjame en paz de una maldita vez.
Recordaba el odio de su rostro, sabía que había dicho cada palabra en serio y, tantos años después, todavía le dolía.
Intentando apartarlo de sus pensamientos, Lana se concentró en el sonido que había oído. Ya estaba en el descansillo y las puertas de las habitaciones estaban todas abiertas. Todas menos una.
Su antiguo dormitorio.
Vaciló. ¿Estaría allí la mujer?
Como para confirmarlo, oyó otra risita al otro lado de la puerta cerrada y luego el sonido amortiguado de unas voces.
Lana bajó despacio el picaporte de la puerta de su dormitorio y la abrió con cuidado. Por la rendija, podía ver su cama sin hacer y a una mujer desnuda sentada en ella. Una especie de muñeca Barbie con un cigarrillo encendido en una mano y un teléfono pegado a la oreja con la otra.
¿Qué coño?
Lana abrió la puerta de par en par y entró en la habitación a la carrera, con el bate en alto, preparada para golpear si era necesario.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo en mi casa?
La mujer abrió mucho los ojos y dejó caer la mandíbula. Cuando se dio cuenta de que tenía los pechos desnudos a la vista, algo tenía que ceder. Por desgracia, fue el cigarrillo, que se le cayó mientras intentaba cubrirse.
—¡Mi edredón!
—¡Joder! Barbie dejó caer por fin el teléfono y se apresuró a recuperar el cigarrillo de la ropa de cama, que ya empezaba a humear. Con los ojos desorbitados, chilló:
—¡NOLLY! ¡SAL AHORA MISMO!
La puerta del cuarto de baño se abrió y Lana apretó con más fuerza el bate. Se le cayó la mandíbula cuando su hermano salió de allí.
—¿Ollie? ¿Qué demonios?
—Esta loca me estaba atacando.
—¿Lana? ¿Qué estás haciendo? Ollie llevaba una toalla alrededor de la cintura y una expresión horrorizada mientras miraba alternativamente a las dos.
—Nolly. Dile a esta mujer, sea quien sea, que salga de nuestra habitación de una puta vez.
—¿Nolly? Lana bajó el bate a un lado. Ignorando a su hermano, se volvió hacia Barbie—. Se llama Ollie. No hay ninguna ene. Y, que conste, esta es mi habitación, no la tuya.
Ollie se llevó las manos a la cabeza, en su clásico modo de pánico Ollie Hamilton. Decidió recurrir al humor.
—Quizá este no sea el mejor momento para presentaros, pero, Lana, esta es mi prometida, Elise. Elise, te presento a mi hermana, Lana. Lo remató con una risita, mientras las dos mujeres lo fulminaban con la mirada.
—¿Qué haces aquí, Ollie?
—Hay una gotera en el techo de mi habitación y Elise prefería las vistas de la tuya.
Podemos cambiarnos si supone un problema.
Le lanzó a Elise una mirada preocupada y, al ver que su ceño se acentuaba, añadió rápidamente—: Aunque no te importa mucho, ¿verdad?
No es como si lleváramos años viviendo aquí.
Lana suspiró.
—Me refería a qué haces aquí. En esta casa.
—Tú me dijiste que viniera. La voz de Ollie adquirió un tono quejumbroso—. ¿Recuerdas? Fuiste bastante borde en tus mensajes, diciéndome que tenía que asumir mi parte de responsabilidad.
—¿No decías que no podías pedir días libres en el trabajo?
—Bueno, lo he solucionado.
Lana miró alternativamente a su hermano y a Elise.
Tenía razón; ella le había dicho que viniera.
Aun así, no esperaba que se presentara y mucho menos que trajera compañía.
Le dolía que su hermano gemelo no le hubiera contado que estaba prometido.
No sabía que estuviera saliendo con alguien en serio.
En el funeral, que había sido apenas dos meses atrás, había estado solo.
Lana se había ocupado de la mayor parte de los preparativos y se había comunicado con Ollie sobre todo por WhatsApp.
En ningún momento le había mencionado que tenía prometida.
Mirando atrás, supuso que aquel día apenas habían hablado; ambos seguían conmocionados y lidiando con el dolor mientras daban las gracias a quienes se acercaban a presentarles sus condolencias.
Dejando su herida a un lado, Lana se recordó que él estaba allí y que eso significaba algo. Quizá fuera una oportunidad para recuperar el vínculo y empezar de cero.
Eso también significaba darle una oportunidad a Elise. Si se trataba de causar una primera impresión, Lana no estaba impresionada y tenía bastante claro que Kitty habría compartido su opinión, pero haría un esfuerzo por Ollie.
Consiguió sonreírles a los dos.
—Tienes razón. Te dije que vinieras y me alegro de que estéis aquí. Lo siento. No quería irrumpir y asustarte, Elise. Creía que la casa estaba vacía y me he asustado. Miró a su hermano—. Nunca vi tu coche.
—Lo aparqué en el garaje —confirmó él.
Eso tenía sentido. Le ofreció otra sonrisa a Elise.
—De verdad que no soy una psicópata armada con un bate. ¿Podemos empezar de nuevo? Soy Lana.
Elise resopló y, durante un instante, Lana pensó que no iba a aceptar su mano, pero luego se la estrechó brevemente.
—Elise —dijo con rigidez.
—¿Dónde está Matt? —preguntó Ollie, mirando a su alrededor.
Aquel no era el momento de hablar de su relación fracasada.
—Estoy sola.
Ollie entrecerró los ojos. Cuando eran más jóvenes, ambos habían estado muy unidos por aquello de ser gemelos, pero en aquella época Lana juraría que él era demasiado egocéntrico para captar sus estados de ánimo. Por eso la sorprendió que su expresión se suavizara.
—A mí nunca me cayó bien.
Ella se encogió de hombros.
—Ha sido lo mejor.
El momento se rompió cuando Elise suspiró ruidosamente, dando a entender que se aburría, y algo cambió en Ollie: volvió a bajar la persiana.
—Entonces, ¿te parece bien que nos quedemos en esta habitación?
—Sí, quedaos con ella. Yo dormiré en la de Camille.
A Lana todavía le molestaba un poco que hubieran ocupado su antiguo dormitorio sin preguntarle, pero ya habían desempaquetado sus cosas y no merecía la pena discutir.
Dejó que Ollie y Elise se instalaran y fue a buscar sus maletas al coche.
Luego las arrastró escaleras arriba y por el descansillo hasta el antiguo dormitorio de su hermana.
Abrir la puerta fue como retroceder en el tiempo y se le encogió el corazón.
Había olvidado hasta qué punto seguía siendo un santuario dedicado a su hermana.
Las paredes estaban pintadas de color crema; la cama de matrimonio, cubierta con un edredón rosa empolvado y repleta de cojines.
Lana sabía que Kitty nunca había sido capaz de desprenderse de las cosas de Camille.
La ropa de su hermana seguía colgada en el armario y sus productos de maquillaje y perfumes continuaban esparcidos por el elegante tocador, con su gran espejo triple.
Todo tenía el mismo aspecto y tacto. Lo único distinto era el olor. Diecisiete años de humedad se habían pegado ahora a todo, imponiéndose al aroma floral que antaño le resultaba tan familiar.
Lana se acercó a la ventana y la abrió para dejar entrar el cálido aire veraniego.
Al igual que su antiguo dormitorio, el de Camille daba a la parte trasera de la casa y desde allí arriba la vista era más despejada.
A petición de Lana, el jardinero se había quedado para mantener los terrenos y cuidar de la piscina.
Justo debajo de ella, podía ver el agua centelleando bajo el sol de junio, mientras el césped superior rebosaba de color.
Altas verbenas de un púrpura pálido se alzaban sobre matices azules de lavanda y amarillos de prímula, delante de una pared multicolor de rododendros bien cuidados.
Unos escalones de piedra atravesaban un arco abierto entre los arbustos y conducían a la querida rosaleda de su abuela; más allá se encontraba el huerto de frutales y, a lo lejos, tras los árboles, Lana alcanzaba a ver el tejado de la casa de verano.
Después del asesinato, Lana había sufrido pesadillas en las que intentaba avisar a Camille aquella fatídica noche, mientras escuchaba los gritos de su hermana y trataba desesperadamente de llegar hasta ella. ¿Cómo habrían sido sus últimos momentos? ¿Se habría dado cuenta de que iba a morir?
Durante mucho tiempo, Lana había cargado con la culpa de creer que podría haber evitado la muerte de Camille. Aquella noche la había visto cruzar el césped con Sebastian Landry, sabiendo que se dirigían a la casa de verano. Recordaba que en aquel momento le había parecido romántico.
Lo que no sabía era que, mientras ella se quedaba dormida, Sebastian había estado estrangulando a su hermana.