Capítulo 3
Al oír el motor de un coche que se acercaba y los neumáticos triturando la grava del exterior, Xavier Landry se acercó a la ventana, aún con el pincel en la mano. Se le hundió el corazón al ver el Range Rover.
No estaba de humor para recibir visitas, y mucho menos aquella, ni apreciaba que lo interrumpieran mientras trabajaba. Clavó la mirada en la mujer desnuda del lienzo. Una pierna extendida. Algunos mechones escapando de un moño desordenado. Nunca pintaba sus rostros. Para él, todas eran anónimas.
—¿Xav? ¿Estás arriba?
Joder. ¿Acaso había llamado a la puerta? Tenía que acostumbrarse a cerrar con llave.
Se pasó una mano frustrada por el pelo, dejó el pincel con la otra y se dirigió a la puerta de su estudio, chocando con Trudy Palmer justo cuando ella estaba a punto de entrar.
Trudy se asomaba por encima de su hombro mientras él la hacía retroceder hasta el pasillo.
—¿Es una obra nueva para la tienda? ¿Puedo verla?
—Todavía no está terminada.
Xav cerró la puerta. Ella sabía que no le gustaba que nadie viera su trabajo hasta que estuviera acabado.
—¿Qué haces aquí, Trudy?
—He traído unos pasteles y he pensado que podríamos hablar de las ventas. Y quizá organizar otra velada de «conoce al artista». La última fue todo un éxito.
Lo había sido y habían vendido varios cuadros. Aunque se preguntaba cuántos clientes se habrían acercado a la diminuta tienda atraídos por quién era su hermano.
¿La verdad? Xav siempre había odiado todo lo relacionado con la publicidad. Entendía que formaba parte del trabajo y durante mucho tiempo había seguido el juego, pero había vuelto allí en busca de una vida más tranquila. Era más feliz cuando podía encerrarse y pintar.
—Solo han pasado unos meses. Probablemente deberíamos dejarlo para más adelante.
—¿Y perder posibles ventas? Podría anunciarlo en otra zona, intentar atraer a un público nuevo.
Además, ayuda a la gente a conectar con tu obra —insistió Trudy, sonando más como la dueña de una galería que como la propietaria de una pequeña tienda de arte y artesanía en Holt—.
Les encantas, Xav. El artista francés atormentado.
—Medio francés —le recordó él—. Y he vivido aquí más tiempo que allí.
—Detalles sin importancia —Trudy quitó importancia a sus reparos con un gesto de la mano—. Conoces el idioma y puedes encandilarlos con tu acento.
—No tengo acento. Bueno, apenas. Xav se había trasladado al Reino Unido con su madre y su hermano cuando tenía nueve años, poco después de que su padre muriera, y aunque había vivido un par de años en Francia cuando rondaba la treintena, la costa de North Norfolk era el lugar donde más a gusto se sentía.
—No deberías infravalorarte, cariño. Lo tienes todo.
La mirada de Trudy estaba fija en su rostro y sus ojos reflejaban una expresión nostálgica. ¡Mierda!
Si Xav hiciera una lista de sus defectos, no saber interpretar las señales estaría entre los primeros puestos.
Trudy no había ido allí realmente para hablar de ventas y él volvió a maldecirse por haberse acostado con ella.
Una estúpida decisión tomada bajo los efectos del alcohol que lamentaba una y otra vez.
Trudy no era una mujer poco atractiva, pero no había chispa.
Al menos por parte de Xav. La conocía desde hacía mucho tiempo y ella había ido un curso por debajo de él en el colegio.
Xav había abandonado el pueblo después de que su hermano, Sebastian, fuera encarcelado, incapaz de soportar los chismes y las miradas acusadoras, y durante mucho tiempo se había mantenido alejado.
Su madre, sin embargo, seguía allí, negándose a abandonar su hogar, y como sabía que no se hacía más joven, él había regresado un año atrás.
Trudy había sido una de las primeras personas en darle la bienvenida.
Ser amigos estaba bien, pero no quería mantener una relación con ella.
—Tienes un poco de pintura.
—¿Perdona?
—En la mejilla.
Trudy se había lamido la yema del pulgar y ya alargaba la mano para frotarle la mancha cuando Xav la agarró.
—Necesito que te vayas.
—¿Qué? ¡Pero he comprado unos pasteles! Trudy no se molestó en ocultar su decepción ante la brusquedad de él.
Podía añadir la falta de diplomacia a su lista de defectos.
—Llévatelos. Ya he comido. Ahora no es un buen momento. De verdad, tengo que trabajar.
—Tenemos que hablar de negocios, Xav. No puedes limitarte a encerrarte.
Parecía un poco molesta y él no quería enemistarse con ella. Aunque no necesitaba su negocio, le gustaba trabajar con ella y, todo había que decirlo, Trudy Palmer siempre se había esforzado al máximo por vender sus obras desde que él había vuelto a Norfolk.
—Mañana tengo que ir al pueblo, así que ¿qué te parece si paso por la tienda a verte? El cuadro nuevo debería estar listo y puedo llevártelo. Le dedicó una sonrisa, aliviado al ver que su ceño se relajaba.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo. Ahora vete de una vez.
—Quizá podamos tomar un café.
—Mmm, quizá.
Consiguió acompañarla escaleras abajo y echarla de casa. Cerró la puerta en cuanto ella volvió a su coche y, esta vez, echó la llave.
Héctor, su gato atigrado y obeso, que estaba tumbado en una de las sillas de la cocina, levantó la vista con expresión molesta por la interrupción. La cara rayada le rebosaba reproche.
—Sí, ya sé que la culpa es mía —murmuró Xav, mientras volvía a subir las escaleras.
En su estudio, volvió a coger el pincel, lo hundió en la pintura y acarició el lienzo con la seguridad de una mano experta.
Todo estaba en los detalles y el cuadro necesitaba una pincelada de color.
La curva de la espalda, el cuello alargado y la bufanda roja que ahora llevaba en el pelo.