Capítulo 2
En la actualidad
Todo seguía igual.
Lana Hamilton hizo tintinear las llaves que llevaba en la mano y se tomó un momento para observar la casa: las ventanas arqueadas, las tres chimeneas y las rosas amarillas que trepaban alrededor de la puerta principal.
Últimamente no volvía a menudo, pero en sus visitas anteriores la abuela Kitty siempre la había esperado junto a la puerta, con una sonrisa para recibirla.
Aunque esta vez no.
Kitty ahora descansaba en el panteón familiar de la iglesia de San Andrés, en la encantadora localidad comercial de Holt, en North Norfolk.
Lana se había detenido en el cementerio de camino a la casa para dejar unas flores y tratar de justificar una vez más los motivos por los que iba a vender el querido hogar de su abuela.
La casa se la habían dejado a Lana y a su hermano gemelo, Ollie, pero sabía que no podían conservarla. Ella tenía su vida en Cambridge y Ollie vivía en Londres. Aunque hubieran podido arreglárselas, ninguno de los dos quería vivir en aquella casa. No después de lo que le había ocurrido a Camille.
Habían pasado diecisiete años desde el asesinato de su hermana, pero el dolor nunca se hacía más llevadero. Camille solo tenía diecinueve años cuando murió; los gemelos eran dos años menores, y su muerte lo había cambiado todo, incluida su relación con Mead House.
Ollie solo había vuelto a casa un par de veces desde que terminó la universidad, mientras que Lana procuraba que sus visitas fueran breves y llevaderas.
Los recuerdos eran dolorosos, pero no podía abandonar a su abuela.
Ahora solo estaba allí porque había que vaciar la casa antes de ponerla a la venta.
Le irritaba que Ollie hubiera eludido sus responsabilidades y la hubiera obligado a hacer aquello sola, alegando que no podía ausentarse del banco donde trabajaba.
Y sí, su exnovio, Matt, se había ofrecido a acompañarla, pero, dado que su relación había terminado hacía poco, Lana temía darle señales equivocadas.
La verdad era que le vendría muy bien alejarse un tiempo.
Su jefe de la revista había accedido a concederle una pausa prolongada de seis semanas.
Como diseñadora gráfica, podría haber trabajado a distancia, pero preparar la casa para ponerla en el mercado iba a suponer mucho trabajo.
Era más sencillo tomarse aquellos días libres.
El dinero no era un problema. Tenía algunos ahorros y, una vez vendida la casa, su cuenta bancaria estaría muy saneada.
Aun así, resultaba agridulce, porque todo aquello era consecuencia de la muerte de su abuela.
La muerte de Kitty había sido un golpe terrible.
Aunque tenía más de ochenta años, seguía estando en forma y llevando una vida activa, así que perderla en un absurdo accidente, al caer por las escaleras, había sido muy duro.
Y lo peor era que Lana había perdido la oportunidad de hablar con ella por última vez.
Kitty había intentado ponerse en contacto con Lana el día de su muerte y el breve mensaje de voz en el que le pedía que la llamara seguía guardado en el teléfono de Lana. Pero ella había estado reunida toda la tarde y, cuando escuchó el mensaje, ya era demasiado tarde.
Menos mal que algunas amigas de su abuela iban a ir a casa para una tarde de bridge y la habían visto a través de la ventana del recibidor; de lo contrario, su cuerpo podría haber permanecido allí durante días.
Si pudiera cambiar su herencia por un año más con Kitty, Lana lo haría sin pensárselo. En lugar de eso, solo le quedaba un mensaje que contenía posiblemente las últimas palabras de su abuela.
Los recuerdos se agolparon mientras se obligaba a avanzar hacia la casa y abría la puerta principal.
El equipaje seguía en el maletero, pero podía esperar.
En ese momento quería unos minutos para recordar.
Su madre había muerto de cáncer cuando Lana apenas era una niña de corta edad y su padre, el único hijo de Kitty, se había emborrachado hasta morir prematuramente solo un par de años después.
La abuela Kitty había acogido a sus tres nietos y Mead House se había convertido en su hogar.
Aunque Lana y sus hermanos habían ido a un internado, allí era donde pasaban todas las vacaciones.
Los largos y tranquilos días de verano, jugando en los jardines o bañándose en la piscina exterior, y la Navidad, cuando su abuela se entregaba a la decoración y convertía la casa en un país de las maravillas invernal.
La casa se alzaba en una extensa parcela de terreno, a solo un par de millas de Holt.
Era una gran mansión rural construida a mediados del siglo xix y escondida al final de un largo camino de entrada.
Había sido un lugar feliz hasta lo que le sucedió a Camille, pero Kitty nunca se había planteado mudarse.
Había vivido allí desde que se casó con el abuelo de Lana, cuando tenía poco más de veinte años.
Él había muerto antes de que nacieran los tres nietos y Kitty nunca había vuelto a casarse.
A Lana le horrorizaba pensar en su abuela sola, dando vueltas por aquella casa enorme, pero sabía que Kitty jamás se habría marchado. Aquella era la casa de su familia.
Al empujar la puerta principal, el recibidor, luminoso y espacioso, estaba tal como lo recordaba.
Las paredes estaban pintadas de un alegre amarillo narciso; al frente se alzaba la ancha escalera y la luz de la mañana se derramaba por la gran ventana situada en lo alto, rebotaba en los cristales de la enorme lámpara de araña y los hacía centellear.
Si su abuela aún estuviera viva, el jarrón de la mesa del recibidor estaría lleno de flores primaverales recién cortadas del jardín y el aroma del abrillantador para muebles de pino flotaría en el aire.
En cambio, había un ligero olor a humedad y polvo acumulándose alrededor del jarrón. Era junio y habían pasado casi dos meses desde el funeral. Se notaba.
El salón quedaba a la derecha. Era un espacio grande pero acogedor, dominado por una enorme chimenea.
Lana se detuvo junto a la repisa de la chimenea.
Dos fotografías de los tres hermanos seguían ocupando un lugar destacado.
En una aparecían de pequeños: ella y Ollie, de pelo oscuro y piel aceitunada, mientras su hermana mayor, pelirroja, estaba sentada en el centro.
Los gemelos lucían sonrisas idénticas y desdentadas, mientras que Camille aparecía serena y elegante, aunque por entonces solo tenía unos ocho años.
El único indicio de parecido familiar estaba en sus ojos idénticos, casi negros.
En la otra fotografía eran mayores y Lana recordaba que se había tomado poco antes de la muerte de Camille.
Había pasado media vida desde la última vez que vio a su hermana, pero podía imaginarla con claridad aquel último verano. Camille era delgada, pálida y bonita, con una belleza casi etérea. Y en sus ojos oscuros había una expresión que sugería que guardaba secretos.
Lana siempre se había sentido torpe a su lado.
Era la marimacho desaliñada, con el pelo corto y apelmazado y la ropa arrugada.
Camille, en cambio, llevaba vestidos bonitos y pasaba el tiempo libre leyendo o escribiendo en su diario, mientras Lana trepaba a los árboles y jugaba a pelearse con Ollie y su mejor amigo, Xav.
Ahora llevaba el pelo más largo y había superado su aversión a los vestidos, aunque a menudo los combinaba con zapatillas deportivas, pero nunca tendría la elegancia de su hermana.
Al llegar a la galería del jardín, Lana contempló el jardín trasero principal: el amplio patio y la piscina estaban más cerca de la casa, mientras que más allá se extendía una gran zona de césped, cuyos bordes rebosaban de los colores vivos de las flores de principios de junio.
Detrás de la hilera de coníferas que había al final del césped se encontraba la rosaleda y, desde allí, podía ver el inicio del sendero que atravesaba el huerto de frutales hasta la casa de verano.
En algún momento tendría que bajar hasta allí. Pero hoy no.
No había vuelto a entrar en la casa de verano desde que encontraron el cuerpo de Camille, pero había visto suficientes cosas por internet como para poder imaginar la escena. Su hermana desnuda, atada a una silla; el cuerpo cubierto de cortes, moratones y palabras repugnantes garabateadas.
Lana intentó apartar la imagen de su mente. El asesino de Camille estaba en prisión y ella había ayudado a meterlo allí. Se había hecho justicia, aunque eso no devolvía la vida a su hermana ni hacía que todo resultara más fácil.
Necesitaba agua. Pensar en Camille y en lo sucedido siempre le provocaba náuseas. Tomaría algo y después sacaría las bolsas del coche.
La cocina, con sus muebles de roble un tanto anticuados, había sido el corazón de la casa, pero ahora parecía vacía. Probablemente por eso vio enseguida la taza de café.
El resto de la encimera estaba despejado, así que ¿por qué había una taza cualquiera allí?
Lana sintió curiosidad, aunque no alarma, hasta que la cogió y se dio cuenta de que los posos de café del fondo aún estaban calientes.
¿Había alguien en la casa?
Mientras ese pensamiento le cruzaba la mente, el techo crujió sobre su cabeza y el inconfundible sonido de unos pasos cruzando el descansillo hizo que tensara los hombros.
Lana sopesaba sus opciones y se preguntaba si debía llamar a la policía antes o después de salir de la casa cuando un grito agudo rasgó el aire.