La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

—No sé.

—Álvaro Mencía no está gordo —dijo Laura—. Y está dispuesto a arrastrarse, como dije antes.

—Como dijiste tú —me corrigió Darío.

—No empecemos a repartir méritos de alcantarilla —dijo Nora.

Salvat informó a Vega. Seguridad externa fue al punto de salida del drenaje, cerca del muro bajo del jardín botánico. A los tres minutos confirmaron barro reciente. No huellas claras, pero sí la rejilla movida.

Álvaro tenía salida.

O quería que creyéramos que la tenía.

—No asumimos —dijo Vega.

—No asumimos —repetimos varios en The Lookout, casi como una respuesta escolar torcida.

Mientras aseguraban el drenaje, Roldán llegó al cuadro secundario.

La transmisión se volvió más técnica: cableado, alimentación, riesgo de chispas, corte parcial.

Yo entendía la mitad. Celia, quizá tres cuartos.

Gómez Rivas daba instrucciones. El técnico respiraba fuerte.

En algún punto, dentro del invernadero, Álvaro golpeó algo metálico.

—Está moviendo una mesa —dijo Roldán—. Veo sombra. Tiene algo en la mano.

—¿Arma? —preguntó Vega.

—No sé. Herramienta larga. Podría ser tijera de poda o barra.

—Mantener distancia.

La tensión cambió. Hasta entonces Álvaro era voz, sombra, plan. De pronto era un hombre con una herramienta dentro de un invernadero, rodeado de cristal, calor, tuberías y policías. El glamour de la Casa se reducía bastante cuando una la imaginaba sudando bajo el vidrio con unas tijeras en la mano.

—Alimentación cortada parcial —dijo el técnico—. Luces interiores siguen con batería autónoma.

—¿Ventilación? —preguntó Vega.

—Reducida. No aislada por completo.

Entonces ocurrió.

Primero un sonido agudo, como un pitido de sistema. Luego un golpe. Luego el comunicador de Roldán saturado de voces.

—Humo en zona interior —dijo alguien—. Humo blanco. No fuego visible.

—¿Archivo? —preguntó Clara, levantándose.

—Conducto hacia archivo cerrado parcial —respondió Gómez Rivas—. Estamos bloqueando entrada con manta ignífuga. No hay fuego abajo.

—Álvaro, salga —ordenó Vega—. El humo también lo afecta a usted.

La voz de Álvaro llegó con tos.

—No sabéis distinguir lo que debe vivir de lo que debe quedarse enterrado.

—Eso lo decide un juez —dijo Vega.

—Lo decide quien puede sostener el edificio.

Y ahí estaba.

La frase madre de todas las frases.

Quien puede sostener el edificio.

No quien dice la verdad. No quien sufrió el daño.

No quien perdió a un hijo. No quien escribió el primer informe honesto.

Quien sostiene. La Casa de los Intocables se veía a sí misma no como privilegio, sino como estructura.

Como columna. Como peso necesario. Por eso limpiar culpas le parecía mantenimiento, no corrupción.

Por eso Héctor podía caer, Iván podía morir, Tomás podía obedecer, Marina podía ser atada, Hugo podía ser colocado, yo podía ser contenida.

Porque alguien, desde arriba o desde abajo, había decidido que el edificio importaba más que los cuerpos que aplastaba.

Falcón habló por el canal desde la sala de llaves.

—El edificio no se sostiene con cadáveres, Álvaro.

Hubo un silencio.

Luego Álvaro rió.

—Directora, usted llegó ayer a una casa que otros levantaron.

Falcón no se quebró.

—Y hoy he visto los cimientos.

Esa sí fue una frase.

No de cartel.

De grieta.

El humo aumentaba. Lo sabíamos por las voces, por las órdenes, por la respiración de Roldán.

Vega decidió entrada controlada antes de que Álvaro se asfixiara, quemara algo o escapara por drenaje.

El equipo rompió una sección lateral de vidrio, no la puerta principal, para evitar el mecanismo que quizá Álvaro había preparado.

Entraron con mascarillas, escudos, linternas.

No veíamos nada, pero el comunicador nos llenó la cabeza de imágenes: cristales cayendo, hojas golpeadas, una mesa volcada, agua de riego activada, humo blanco bajo las luces autónomas, Álvaro retrocediendo hacia los bancos centrales.

—Suelte la herramienta —dijo Vega.

—Atrás —gritó él.

—Suelte la herramienta.

Un golpe.

Alguien tosió.

—Tiene un maletín —dijo Roldán—. Maletín metálico en la mano izquierda.

—No lo deje abrirlo —dijo Salvat, sin poder evitarlo.

Vega no preguntó por qué. Lo entendió igual.

—Maletín al suelo.

Álvaro gritó algo que no se entendió.

Luego sí:

—Aquí está lo que queréis.

Clara se puso de pie.

—No —dijo Amina.

No sabíamos qué había dentro. Papeles. Dispositivo. Copias. Otra trampa. Un señuelo. Una confesión. Un detonador casero. La Casa sabía demasiado bien que la verdad también podía usarse como cebo.

No mordemos.

Cerramos.

—No se acerquen al maletín —dijo Vega—. Álvaro, aléjese.

—¿No queréis los nombres? —gritó él, tosiendo—. ¿No queréis saber quién firmó? ¿Quién llamó? ¿Quién decidió lo del chico?

El chico.

Clara cerró los ojos.

No dijo nada.

Yo quise gritar que se llamaba Iván.

Pero no era mi momento.

O quizá sí, pero entendí que hacerlo por el comunicador le daba a Álvaro otra escena. Y ya no.

Ya no.

Vega habló con una calma brutal:

—Los nombres están en las cajas, en los registros y en sus dispositivos. Usted ya no decide qué verdad existe.

Ese silencio fue distinto.

Álvaro había vivido años creyendo que la verdad existía si la Casa la dejaba respirar. Vega acababa de decirle que no.

Se oyó un forcejeo. Un golpe seco. Roldán maldijo. Una herramienta cayó. Alguien gritó “mano”. Otro “suelo”. Luego:

—Reducido —dijo Vega, respirando fuerte—. Álvaro Mencía detenido. Consciente. Herida en brazo. Solicito asistencia médica y custodia inmediata.

Nadie habló en The Lookout.

No celebramos.

No había nada que celebrar.

Clara se sentó muy despacio.

Irene le cogió la mano.

Esta vez Clara la dejó.

Álvaro Mencía detenido.