La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

El hombre que puso el farol de Héctor. El que había dado la tarjeta.

El que había planificado la ruta con roles.

El que había hablado de cerrar lo que 2014 dejó abierto.

El que, quizá directamente, quizá por mano de Óscar Lera, quizá por una cadena que aún había que terminar de probar, había llevado a Iván a la galería antigua o había hecho que otros lo hicieran.

Detenido.

Vivo.

Para hablar.

Para mentir, seguramente.

Para intentar salvarse, claro.

Pero vivo.

Clara había pedido eso.

La Casa no iba a tener el alivio de convertir a Álvaro en cadáver conveniente.

Cuando lo sacaron del invernadero, no lo vimos.

La policía evitó el pasillo de biblioteca.

Mejor. No sé qué habría hecho Clara al verlo.

No sé qué habría hecho yo. No sé qué habría hecho nadie.

A veces la prudencia también consiste en no poner a un monstruo delante de quienes todavía tienen sangre en la boca.

El maletín quedó dentro, intacto, bajo custodia. Más tarde sabríamos que contenía copias parciales de expedientes, una memoria externa, cartas de patronato y una lista de nombres. Álvaro había intentado usarlo como última moneda: la verdad a cambio de escena. Vega no aceptó. Bendita sea.

El invernadero quedó roto.

Una de las paredes laterales de vidrio había sido abierta por seguridad.

El humo blanco se disipó con ventiladores.

Algunas plantas estaban aplastadas. Una mesa volcada.

Tierra en el suelo. Agua corriendo por las baldosas.

La postal perfecta del Aurora, por fin, enseñando el desorden que tenía debajo.

Al caer la tarde, Falcón volvió a The Lookout.

Tenía la ropa manchada de polvo del archivo y humo del invernadero. El pelo se le había soltado un poco. Parecía menos directora que nunca. Eso, curiosamente, la hacía más autoridad que muchos discursos.

—Álvaro Mencía está detenido —dijo, aunque ya lo sabíamos—.

Óscar Lera ha declarado parcialmente en enfermería.

Afirma que recibió instrucciones de Álvaro Mencía para preparar accesos, mensajes y rutas, y que Rodrigo participó en la difusión posterior, pero niega haber querido matar a Iván.

Dice que la orden era llevarlo a la galería, grabar el hallazgo del farol y provocar una intervención de Alma o de otro alumno.

La muerte, según él, fue un accidente durante la retención.

Clara levantó la cabeza.

—No.

Falcón la miró.

—Eso ha dicho Lera. No significa que sea verdad.

—Mi hijo no murió por accidente.

Vega, que entró detrás de Falcón, respondió:

—Se investigará como homicidio. El hecho de que una muerte ocurra durante un plan criminal no la vuelve accidente en el sentido que ellos quieren usar.

Clara asintió.

No agradeció.

No hacía falta.

—¿Cómo murió? —pregunté.

La pregunta salió antes de que pudiera frenarla.

La sala se quedó inmóvil.

Vega me miró.

—No puedo dar detalles completos aún.

—Lo sé.

—Pero puedo decir que no hay indicios de caída accidental. Hay señales compatibles con retención física y asfixia o compresión durante forcejeo. Falta informe forense.

Asfixia o compresión durante forcejeo.

El aire se volvió vidrio.

Irene empezó a llorar otra vez, en silencio.

Nora se tapó la cara. Bruno cerró los ojos.

Amina apoyó ambas manos sobre la mesa. Celia escribió una palabra y luego la tachó con tanta fuerza que rompió la hoja.

Hugo salió al pasillo. Nicolás fue con él.

Darío se quedó en la puerta, blanco, con una mano sobre el marco.

Clara no se movió.

Quizá porque el cuerpo tiene un límite de movimiento cuando el dolor se vuelve infinito.

—Lo sujetaron —dijo.

Vega no respondió.

—Mi hijo intentó salir y lo sujetaron.

—Eso parece.

Clara bajó la vista a sus manos.

—Entonces que conste así. No que se asustó. No que corrió. No que cayó. No que la ruta… —Se le quebró la voz al fin—. Que conste que quiso vivir.

Vega dijo:

—Constará.

Y esta vez sí sonó a promesa.

Esa noche, The Lookout escribió otra línea en la hoja central.

No publicamos.

Todavía.

Celia, con otra hoja, porque la anterior había quedado rota, escribió:

Iván Luján no cayó. No volvió a ruta. No fue sustitución controlada. Fue retenido. Quiso vivir.

Nadie corrigió nada.

Nora añadió debajo, con letra temblorosa:

Y la casa lo sabía.

Amina puso:

Y aun así intentó escribir otra cosa.

Martina:

No mordimos. Cerramos.

Irene, después de mucho rato:

No llegamos a tiempo, pero no llegamos solas.

Me tocó escribir y no supe.

Durante varios minutos no supe.

Tenía demasiadas frases y ninguna era suficiente. Pensé en Álvaro bajo el vidrio, en Falcón viendo los cimientos, en Clara pidiendo que no se muriera antes de hablar, en Iván queriendo salir, en Héctor diciendo que el farol no era suyo, en la Casa usando la verdad como moneda.

Al final escribí:

Abrir una puerta no pudre una casa. Solo deja salir el olor.

Celia leyó la frase.

Asintió.

Y por primera vez en muchos días, nadie dijo que era demasiado.

Porque el olor ya estaba en todas partes.

Y el Aurora entero, al respirar, tenía que tragárselo.