La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

El invernadero del Aurora siempre había sido demasiado bonito para ser inocente.

Lo pensé sin moverme de The Lookout, con las manos apoyadas en la mesa, mientras la voz de Vega seguía abierta por el comunicador y el hombre al otro lado del vidrio decía que no sabíamos lo que estábamos abriendo.

No necesitaba estar allí para verlo. Lo había visto demasiadas veces: las paredes de cristal empañadas, las plantas trepando por estructuras de hierro oscuro, los bancos de trabajo, las herramientas ordenadas, el olor a tierra húmeda, la luz verde colándose por todas partes como si la naturaleza hubiera decidido colaborar con la estética del colegio.

El invernadero era uno de esos lugares que el Aurora enseñaba en jornadas de puertas abiertas para que los padres pensaran “qué sensibilidad”, “qué formación integral”, “qué maravilla que cultiven algo más que expedientes”.

Y debajo, o detrás, o al lado, como siempre, había una ruta.

El Aurora tenía un talento casi artístico para poner belleza encima de cosas podridas.

—Álvaro Mencía —repitió la inspectora Vega por el comunicador—. Abra la puerta y salga con las manos visibles.

Hubo silencio.

En The Lookout nadie respiraba cómodo. Clara Marín estaba de pie junto a la pizarra, rígida, con los ojos fijos en el comunicador como si pudiera atravesarlo.

Berta, a su lado, no intentaba tocarla. Irene estaba cerca, preparada para sujetarla si hacía falta y sabiendo, al mismo tiempo, que algunas caídas no se podían impedir con brazos.

Celia tenía el lápiz en la mano, pero no escribía.

Nora, cosa rarísima, no tenía comida. Amina observaba el mapa de Nicolás y el plano del invernadero como si quisiera quemarlos con la mirada.

Hugo y Nicolás seguían juntos junto a la pizarra, dos apellidos cansados de sí mismos.

Bruno estaba de pie, a mi lado, muy quieto.

Y Darío, desde la puerta, miraba el suelo con una expresión que no terminaba de ser miedo ni alivio, sino la cara de alguien que por fin entiende que el perro nunca conoció toda la casa.

—No va a salir —dijo Laura.

La miramos.

—¿Por qué? —preguntó Salvat.

Laura seguía pálida desde que había entregado las fotos de la cena y el vídeo de Álvaro hablando de que, si yo no mordía, mordería alguien que quisiera salvarme.

Tenía la bolsa de frutos secos de Nora sobre las rodillas, intacta, convertida ya en objeto ritual de gente que no sabe qué hacer con las manos.

—Porque si sale caminando, pierde el relato —dijo—. Álvaro no sabe perder sin escena.

Darío levantó la vista.

—Es verdad.

—¿Qué escena querría? —preguntó Vega desde el comunicador, porque Salvat había dejado el canal abierto y la inspectora, al parecer, había decidido que nuestro coro de adolescentes traumatizados podía ser molesto pero útil.

Laura tragó saliva.

—Una en la que él parezca guardián de algo peligroso. No culpable. Guardián. Eso hacen siempre. No dicen “tapamos”. Dicen “protegimos”. No dicen “culpamos a Héctor”. Dicen “evitamos dañar al centro”. No dicen “usamos a Iván”. Dicen “contuvimos el relato”.

Clara cerró los ojos al oír el nombre de su hijo, pero no pidió que parara.

Vega respondió:

—Entendido.

Abajo, o al otro lado, o donde fuera que estaba el invernadero en relación con nuestra espera, se oyó un golpe metálico.

—Hay movimiento dentro —dijo Roldán—. No visual claro. Cristal empañado. Luz interior activa. Veo silueta en zona de bancos centrales.

—No disparen, no fuercen entrada sin evaluar riesgos —ordenó Vega—. ¿Hay sustancias, calor, electricidad?

Gómez Rivas habló con la voz entrecortada de quien corría y pensaba a la vez:

—Invernadero antiguo. Sistema de calefacción por tuberías, riego automático, cuadros eléctricos secundarios. También fertilizantes, alcohol de limpieza, aceites vegetales, herramientas de corte. Si conectó algo desde el archivo muerto, podría haber cableado improvisado.

—Podría quemar pruebas —dijo Celia.

—O simular que quiso quemarlas otro —añadió Amina.

—O hacer que parezca accidente de invernadero —dijo Bruno.

—Otro sitio con explicación incorporada —murmuré.

Darío me oyó.

—Sí.

Me giré hacia él.

—¿Qué sabes?

—Nada concreto.

—Estoy muy cansada de esa frase.

—Yo también. Pero Álvaro hablaba del invernadero como de un pulmón. Decía que el Aurora respiraba por sitios que los alumnos no veían. Pensé que era una frase de señor rico con alergia a la claridad.

—¿Pulmón? —preguntó Salvat.

Gómez Rivas respondió por el comunicador antes de que ella siguiera:

—El invernadero comparte conductos de ventilación antiguos con el archivo inferior y con sala de faroles. Si activa humo o calor ahí, puede afectar a varias zonas.

—¿Archivo muerto? —preguntó Vega.

—Potencialmente.

Clara dio un paso hacia la mesa.

—Los documentos de Héctor están abajo.

—Ya están bajo custodia parcial —dijo Salvat.

—Parcial.

La palabra sonó como insulto.

Y lo era.

El archivo muerto estaba abierto, sí. Se habían fotografiado cajas, etiquetas, documentos clave.

Pero no todo. No los casos plurales. No cada papel.

No cada firma. No cada “casa limpia” escrita en márgenes.

Si Álvaro incendiaba o inundaba algo a través del invernadero, no solo intentaría huir.

Intentaría convertir la verdad en daño técnico, humo, humedad, accidente.

El método antiguo de siempre: no negar que hubo fuego, sino discutir qué significaba que algo ardiera.

—No puede quemarlo —dijo Clara.

No fue súplica.

Fue orden.

Vega contestó:

—No lo hará.

Ojalá hubiera sonado como promesa. Sonó como intención. A esas alturas, una aprende a apreciar la diferencia.

—Necesitamos cortar alimentación del invernadero y aislar ventilación hacia archivo —dijo Gómez Rivas.

—Hágalo —ordenó Vega.

—El cuadro principal está dentro.

Silencio.

—¿Cuadro secundario? —preguntó Falcón por el canal.

—Hay uno antiguo en corredor de servicio, pero no sé si sigue conectado.

Salvat ya estaba revisando planos.

—Aparece aquí —dijo, señalando una línea casi borrada—. Corredor de servicio entre sala de actos e invernadero. Si se accede desde sala de faroles, no hace falta entrar al invernadero.

—¿Funciona? —preguntó Vega.

—En teoría…

—No diga en teoría —dijimos Nora y yo a la vez.

Nora me señaló.

—Sincronía de trauma.

Salvat, pese a todo, casi sonrió.

—No lo sabemos —corrigió—. Pero es la mejor opción sin entrar.

Transmitieron la información. Roldán y un técnico se movieron hacia el corredor de servicio.

Elvira permanecía en sala de llaves, custodiando el archivo muerto con Falcón y otro agente.

Óscar Lera, vivo y con una herida en la cabeza, había sido trasladado a enfermería bajo vigilancia.

Marina Siles seguía allí también. Dos piezas adultas usadas, o implicadas, o ambas, respirando en camas distintas.

El Aurora nunca había parecido tanto un tablero al que le faltaban bordes.

—Álvaro Mencía —dijo Vega otra vez—. Estamos cortando alimentación. No intente activar sistemas. Salga.

La respuesta llegó al cabo de unos segundos, más clara. Alguien había abierto una ventana interior o la voz se colaba por el comunicador de Roldán.

—Siempre llegáis tarde.

La voz de Álvaro no sonaba como esperaba.

No era grandilocuente ni un villano de teatro.

Era un hombre todavía joven, pero cansado, enfadado y con una seguridad podrida en el fondo.

Eso lo hacía peor. Los monstruos de verdad rara vez tienen la decencia de sonar como monstruos.

Suenan como gente que lleva años repitiéndose que hizo lo necesario.

—Puede corregir eso ahora —dijo Vega.

Álvaro soltó una risa.

—¿Corregir? ¿Ahora?

Clara apretó la carpeta contra el pecho.

—Póngame en el canal —dijo.

Berta se giró hacia ella.

—Clara…

—Quiero que me oiga.

Vega tardó un segundo en responder.

—No voy a permitir negociación directa.

—No voy a negociar.

Silencio.

Luego Vega dijo:

—Puede hablar. Una frase. Sin acercarse al operativo.

Salvat le tendió el comunicador auxiliar.

Clara lo sostuvo con ambas manos. No temblaban. Eso era lo que más miedo daba. Una madre con las manos firmes después de perder a su hijo es una fuerza que ningún patronato debería provocar.

—Álvaro Mencía —dijo Clara—. Soy Clara Marín. Mujer de Héctor Luján. Madre de Iván Luján.

Al otro lado hubo silencio.

No largo.

Pero suficiente para saber que el nombre había entrado.

—Usted puso el farol de Héctor —continuó Clara—. Usted ayudó a matar a mi hijo. Salga vivo. No por usted. Por mí. Yo quiero verlo hablar.

Nadie respiró.

Ni siquiera Nora.

La respuesta de Álvaro llegó baja:

—Su marido no tendría que haber vuelto a abrir aquello.

Clara cerró los ojos.

—Mi marido murió hace cuatro años.

—Su hijo volvió por él.

—Mi hijo volvió porque ustedes lo llamaron.

No hubo respuesta.

Vega retiró suavemente el comunicador a Clara, no como castigo, sino porque la frase había hecho lo que podía hacer. Clara se sentó despacio. Irene se quedó a su lado.

—No va a salir por culpa —dijo Amina.

—No tiene —respondió Laura—. Tiene miedo a perder.

—Entonces hagamos que perder sea la única salida —dijo Celia.

La frase sonó tan rara en su boca que todos la miramos.

Celia parpadeó.

—Me refiero operativamente.

—Ya, ya —dijo Nora—. Pero ha estado precioso y un poco mafioso.

Celia volvió al mapa para no tener que admitir nada.

Operativamente, perder significaba cerrar rutas.

Eso era lo que empezamos a hacer desde The Lookout, no con linternas ni carreras, sino con el mapa de Nicolás, los planos de Salvat, las fotos de Laura y la memoria de todos.

El invernadero tenía entrada principal, puerta lateral a jardín, conducto hacia archivo muerto, salida de calderas, falso armario hacia pabellón y un antiguo paso de drenaje hacia el exterior, supuestamente cegado.

Supuestamente. La palabra estaba ya en la lista de términos enemigos.

—Drenaje —dijo Hugo, señalando una línea azul en el plano.

—Demasiado estrecho para un adulto —dijo Gómez Rivas por el comunicador cuando se lo transmitieron.

—¿Para Álvaro? —preguntó Darío.