La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

—No asumimos culpable. No asumimos víctima. No asumimos ruta.

Tres frases.

Casi un antídoto.

Hugo se sentó.

Le temblaban las manos.

Nicolás se sentó a su lado, dejando entre ambos la carpeta azul vieja.

—Mi familia tenía este mapa —dijo.

Hugo lo miró.

—La mía tenía un testigo.

—Las dos callaron.

—Sí.

Nicolás tragó saliva.

—Entonces hoy no.

Hugo asintió.

—Hoy no.

No se abrazaron. No se perdonaron apellidos. No hicieron ninguna tontería bonita. Solo se quedaron ahí, dos chicos que habían heredado habitaciones distintas de la misma casa y que acababan de negarse, por primera vez, a abrir la puerta que les tocaba.

El operativo tardó veinte minutos en entrar a la sala de faroles.

Veinte minutos en los que la tablet de Hugo permaneció sobre la mesa como un farol apagado.

Veinte minutos en los que Clara Marín apareció en la puerta, supo por nuestras caras que había otro punto de ruta y no preguntó si era para Iván porque Iván ya no podía ser el siguiente.

Veinte minutos en los que Darío, desde el pasillo, miró el mensaje y dijo en voz baja:

—Rodrigo no sabía lo de Lera.

Laura lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si Rodrigo lo hubiera sabido, habría presumido de no saberlo.

Era una frase horrible.

Y probablemente correcta.

Cuando por fin llegó la voz de Roldán por comunicador, nadie respiraba bien.

—Sala de faroles asegurada. No hay alumnos. No hay fuego activo. Hay material preparado.

—¿Óscar Lera? —preguntó Vega.

—No localizado.

—¿Material?

Hubo una pausa.

—Cuerda, farol R-C/03, tablet antigua conectada a lector, una silla junto a barandilla interior y… —Roldán se detuvo—. Una cámara enfocando la entrada.

Una cámara.

Para grabar a Hugo entrando.

Observa mejor esta vez.

O para grabar a cualquiera entrando a buscarlo.

Otra vez la escena sin cuerpo aún, esperando su actor.

—La Casa quería una imagen —dijo Amina.

—Siempre quiere una imagen —respondió Celia.

Vega habló por comunicador:

—Preserven todo. Busquen conexión a sala de llaves. Lera sigue no localizado. Prioridad: encontrarlo y determinar si actúa, huye o está siendo usado. Nadie se mueve sin pareja y cámara corporal.

La sala entera soltó aire con cuidado.

No había cuerpo.

No había otro Iván.

No todavía.

Ese “todavía” era insoportable, pero también era lo único que teníamos.

El mapa de Nicolás siguió abierto sobre la mesa.

Ahora ya no era una reliquia familiar.

Era prueba.

Era vergüenza.

Era una herramienta para cerrar puertas que su familia había usado durante años para abrirlas solo hacia dentro.

Nicolás lo miró como si acabara de entregar una parte de su casa a la demolición.

—¿Hice bien? —preguntó.

La pregunta fue tan baja que casi no se oyó.

Yo la oí.

—Sí.

—Aunque sea tarde.

—Todo en este colegio llega tarde.

—Eso no ayuda.

—No. Pero que algo llegue tarde no significa que no sirva.

Nicolás asintió.

No parecía consolado.

Tampoco creo que buscara consuelo.

Buscaba que alguien le dijera que entregar el mapa no borraba lo que pasó, pero abría otra puerta. Esta vez hacia fuera.

La inspectora Vega se acercó a la mesa.

—Necesito que este mapa quede bajo custodia policial.

Nicolás puso una mano sobre la carpeta.

Durante un segundo pensé que iba a negarse.

No lo hizo.

La levantó.

—Sí.

Vega tomó el mapa con guantes, lo colocó en una funda grande y lo entregó al subinspector. Nicolás lo miró desaparecer como se mira una herencia que por fin deja de pertenecer a la familia.

—Gracias —dijo Vega.

Nicolás soltó una risa muy breve.

—No me dé las gracias. Es asqueroso.

—Las pruebas importantes suelen serlo.

Me caía cada vez mejor esa mujer.

A última hora, cuando ya parecía que no podía caber otro giro en el día sin que el edificio empezara a expulsar paredes, llegó la noticia que faltaba.

Álvaro Mencía había sido localizado.

No detenido todavía.

Localizado.

Su coche apareció en una carretera secundaria a doce kilómetros del Aurora, vacío, con el móvil principal dentro y una carpeta quemada en el asiento trasero. Pero el dato importante no era ese.

El dato importante era que, según cámaras de tráfico, el coche había pasado por el acceso de servicio del Aurora la noche anterior a la muerte de Iván.

La misma noche en que Rodrigo habló con él.

La misma noche en que alguien preparó la salida falsa del alumno protegido.

Y en el registro del acceso de servicio, borrado del sistema principal pero recuperado por copia de seguridad externa, aparecía una autorización de visitante:

A. Mencía — Patronato.

Hora de entrada: 22:14.

Hora de salida: no registrada.

La sala se quedó en silencio.

Álvaro Mencía había entrado.

Pero nadie podía demostrar que hubiera salido.

Miré el mapa, ya dentro de la funda policial.

Miré el quinto punto.

La sala de llaves.

El corredor de patronato.

Las rutas que no constaban.

La Casa de los Intocables no estaba solo acorralada.

Quizá todavía estaba dentro.

Y esta vez, por primera vez, no íbamos a correr hacia ella.

Íbamos a cerrar todas las puertas.

Una por una.

Hasta que la casa descubriera que, cuando nadie le regalaba sustitutos, también podía quedarse sin salida.