La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

Cerrar un colegio como el Aurora no era cerrar un colegio.

Era cerrar una mentira enorme con gente dentro.

Eso lo entendí cuando la orden de confinamiento interno empezó a recorrer los pasillos y el edificio respondió como si le hubieran puesto una mano en la garganta.

Las puertas principales quedaron bloqueadas por seguridad externa.

El acceso de proveedores, custodiado por dos agentes.

Las residencias, selladas por plantas. El patio central, vacío y acordonado.

La galería antigua, convertida ya en escena criminal, parecía irradiar silencio hacia todo lo demás, aunque no pudiéramos verla.

El ala norte quedó fuera de circulación.

La sala de faroles, bajo custodia técnica.

La supuesta sala de llaves, pendiente de entrada segura.

Cada ruta que la Casa había usado durante días para mover piezas, fabricar escenas y sacar cuerpos de sitio empezaba a cerrarse una por una, y el Aurora sonaba ofendido, viejo, casi animal.

Álvaro Mencía había entrado al Aurora la noche anterior a la muerte de Iván.

No había salida registrada.

Eso era lo que volvía distinto el aire.

Hasta entonces Álvaro había sido un nombre viejo que volvía desde 2014, un tío remoto, una firma probable, un señor con acceso a patronato, alguien que pudo haber dado órdenes y tarjetas desde fuera.

Ahora, de pronto, era posible que estuviera dentro.

Dentro del edificio. Dentro de las rutas que el mapa de Nicolás enseñaba.

Dentro de las paredes que llevaban años fingiendo ser paredes.

—No puede estar aquí todavía —dijo Nora.

Lo dijo como quien intenta convencer a la realidad de comportarse con un mínimo de higiene.

—Puede —respondió Amina.

—No me gusta tu capacidad de destruir negaciones.

—No me gusta que las negaciones sean falsas.

—Chicas —dijo Martina.

No fue una reprimenda. Fue cansancio.

Llevábamos horas funcionando con café malo, agua templada y una mezcla de duelo y adrenalina que no podía ser sana ni siquiera según los criterios del comedor.

Clara Marín estaba con Vega, revisando otra vez la carta de beca, la hora de salida falsa y las comunicaciones enviadas a la zona de invitados.

Rodrigo permanecía en una sala custodiada, sin dispositivos.

Tomás seguía declarando con su abogado. Darío estaba en el pasillo, separado pero no lejos, como si hubiera decidido que esconderse ya no servía y quedarse tampoco lo limpiaba.

Hugo no se apartaba de la pizarra donde el quinto punto apuntaba a la sala de llaves.

Nicolás miraba el hueco donde había estado su mapa original con la cara de quien acaba de entregar una reliquia familiar para que la usen como prueba contra su propia sangre.

Irene, que había pedido quedarse cerca de Clara pero volvía cada tanto a The Lookout, se sentó junto a la puerta y no dijo nada.

A veces su silencio hacía más que nuestras discusiones.

Bruno estaba a mi lado, aunque ya nadie fingía que eso era casual.

—No vas a ir a ningún sitio —dijo.

—No he dicho nada.

—Tu cara ha señalado tres puertas.

—Mi cara está pasando un mal momento expresivo.

—Alma.

—No voy a ir sola. No voy a ir sin policía. No voy a ir detrás de un punto de ruta. No voy a entrar en una pared porque me mire raro. Estoy al día con el curso de supervivencia.

Bruno me miró de lado.

—Muy bien.

—No me hables como a una alumna que ha aprobado tijeras sin punta.

—Es que me impresiona.

—Pues imprésionate en silencio.

—Lo intento.

Y lo intentaba, el pobre. Se le notaba el esfuerzo. A Bruno le salía mejor la alarma que la paciencia, pero estaba aprendiendo. Todos estábamos aprendiendo cosas horribles a una velocidad poco pedagógica.

Elvira entró en The Lookout a media tarde, con el pelo recogido más tirante de lo normal y una tablet en la mano.

—La sala de faroles está asegurada —dijo—. La cámara encontrada estaba conectada a una unidad de memoria, no a red interna. Enfocaba directamente la entrada desde la ruta de galería oeste.

—Para grabar a Hugo —dijo Celia.

—O a quien entrara con su credencial —respondió Elvira.

Hugo levantó la cabeza.

—Mi credencial está aquí.

—Lo sé.

—¿La han usado?

—No. Pero el mensaje enviado a tu tablet buscaba que fueras voluntariamente. Si hubieras ido, la cámara habría registrado tu entrada y quizá algo más preparado dentro.

—¿Qué más? —preguntó Nora.

Elvira dudó.

Esa duda no me gustó nada.

—Cuerda en barandilla interior. Silla. Farol antiguo. Un dispositivo con borrador de nota.

—¿Nota? —preguntó Hugo.

—No estaba completa. Solo una frase: “Mi hermano también miró.”

Hugo cerró los ojos.

Bruno dio un paso hacia él, pero se detuvo. Irene fue más rápida. Se levantó, cruzó la sala y se sentó a su lado sin preguntar. No lo abrazó. No le habló. Solo se sentó. A veces Irene entendía lo que a los demás nos costaba dos libros.

—Querían que pareciera que yo… —Hugo no terminó.

—Sí —dijo Elvira.

No lo suavizó.

Gracias.

Querían que pareciera que Hugo, abrumado por la culpa familiar, había ido a la sala de faroles, había dejado una nota sobre Maël, quizá había intentado hacerse daño, quizá había preparado algo, quizá había repetido la historia del hermano que miró.

Otra escena con relato incorporado. Otro cuerpo posible.

Otra culpa cómoda, pero esta vez con apellido grande.

Porque la Casa no protegía apellidos por amor; protegía estructuras.

Y si un Ferrán del Valle servía para tapar a un Mencía, se usaba.

Eso era lo que el mapa de Nicolás nos había enseñado con brutalidad: incluso dentro de la Casa había habitaciones más altas y sótanos más útiles.

—¿Óscar Lera? —preguntó Berta, entrando detrás de Elvira.

—No localizado —dijo Elvira—. Su habitación de personal está vacía. Taquilla abierta. Falta una chaqueta gris y una bolsa de servicio. Pero encontramos restos de brida cortada en el cubo.

—¿Brida cortada? —repitió Amina.

—Puede haber sido inmovilizado o preparado para parecer que huyó. Aún no sabemos.

Vega apareció en la puerta justo entonces.

—No asumimos.

Lo dijo como si fuera una oración de guerra.

No asumimos culpable.

No asumimos víctima.

No asumimos ruta.

La inspectora miró la pizarra, la copia del mapa y luego a Laura, que seguía junto a la ventana, callada desde hacía demasiado rato.

—Laura Escribano —dijo—. Salvat me ha dicho que pediste hablar conmigo.

Laura se puso rígida.

—Sí.

Todos la miramos.

Laura no era fácil de mirar cuando estaba decidiendo algo.

Tenía esa mezcla de frialdad y miedo que hacía que una no supiera si iba a revelar una prueba o a insultarte con precisión quirúrgica.

Se apartó de la ventana y sacó su móvil.

No se lo habían retirado porque ya había entregado copia de sus mensajes y estaba autorizada a conservarlo bajo supervisión; aun así, lo sostuvo como si pesara demasiado.

—Tengo fotos —dijo.

—¿Fotos de qué? —preguntó Vega.

Laura tragó saliva.

—De una cena.

Nora parpadeó.

—No esperaba que la frase más siniestra del día fuera esa, pero aquí estamos.

Laura no sonrió.

—Mi familia no es patronato principal, pero mi madre organiza eventos para la Fundación.

Comunicación, cenas, recepciones, esas cosas donde la gente habla de futuro mientras decide quién se sienta cerca de quién.

Yo he estado en muchas. Demasiadas. La mayoría son aburridas, feas por dentro y bonitas por fuera.

Sacaba fotos porque mi madre me pedía contenido para redes internas, no públicas.

Ambiente, mesas, flores, familias sonriendo, alumnos ejemplares, donantes con cara de estatua.

Hace tres semanas hubo una cena pequeña en el pabellón de actos del Aurora.

No aparecía en el calendario estudiantil.

Era de preparación de los Juegos de las Casas.

—¿Quién asistió? —preguntó Vega.

—Álvaro Mencía. Rodrigo. Eloy Sainz, el asesor de Fundación. Dos miembros del patronato. Óscar Lera. Alonso Arriaga pasó al principio, pero se fue antes de la cena. Falcón no estuvo.

Arriaga pasó al principio.

La frase nos tensó a todos.

Berta miró a Vega.

—Eso puede confirmarse por agenda.

—Se confirmará —dijo Vega.

Laura miró hacia la puerta, como si esperara que Rodrigo apareciera de pronto con una frase elegante para hacerla sentir ridícula.

No apareció.

—Yo no presté atención —continuó—. No al principio. Pensé que era otra cena. Rodrigo me dijo que no sacara ciertas mesas porque había “documentos de mayores”. Eso me molestó, obviamente, así que saqué algunas fotos igual.

—Obviamente —murmuró Nora, con respeto.

Laura abrió una carpeta oculta del móvil. Vega se acercó. Salvat también. Celia se levantó por puro instinto documental, pero se contuvo hasta que Vega asintió.

En la pantalla apareció una foto del pabellón de actos.

Mesa larga, mantel blanco, copas, faroles decorativos sin encender, flores oscuras, paneles de madera.

Personas de pie al fondo. Álvaro Mencía salía de perfil, hablando con Eloy Sainz.

Rodrigo estaba sentado en una esquina de la mesa, mirando su propio móvil.

Óscar Lera aparecía detrás, no como invitado, sino como personal de apoyo, con la correa azul de convivencia. Hasta ahí, incómodo pero no explosivo.

Laura pasó a la siguiente.

Era una foto torcida, tomada desde un lateral. En primer plano había un ramo desenfocado. Detrás, sobre la mesa, se veía un papel abierto. No completo. No nítido. Pero suficiente para reconocer algo.

Cinco puntos.

Líneas.

Un farol dentro de una casa.

El mapa.

No el de Nicolás, quizá. Una copia. Una versión reducida. Una ruta ceremonial.

Celia dejó escapar un sonido.

—Eso es…

—Sí —dijo Laura.

—¿Fecha? —preguntó Vega.

Laura mostró los datos del archivo.

Tres semanas antes del inicio oficial de los Juegos.

Antes de que se anunciara la Vigilia.

Antes de que apareciera mi primer mensaje.

Antes de que Iván fuera incorporado como sustituto.

Antes de que la Casa fingiera que todo era reacción.

La Casa ya tenía el mapa sobre la mesa.