Capítulo 26 #2
Irene fue la primera en decirlo. Martina la segunda.
Amina la tercera. Luego yo. Luego todos, de una forma u otra.
No porque decir no bastara. Iván había muerto con muchas personas diciendo no demasiado tarde.
Pero había que decirlo igual. Había que llenar el aire de negativas antes de que la Casa lo llenara de instrucciones.
Salvat miró a Vega, que había entrado durante la explicación sin hacer ruido. La inspectora observó el mapa con una expresión que me gustó poco: no sorpresa, sino confirmación.
—Esto cambia prioridades —dijo.
—¿El quinto punto? —preguntó Falcón, detrás de ella.
—La torre de faroles. Y el corredor de patronato.
—Ese corredor no está activo —dijo Falcón.
Nadie respondió.
Falcón cerró los ojos.
—Ya. Perdón.
A veces el cansancio también educaba.
Gómez Rivas fue convocado con dos técnicos.
Compararon el mapa con los planos nuevos, viejos y el registro parcial de lectores antiguos.
El quinto punto correspondía a una zona superior del ala norte, no exactamente la torre donde encontraron a Marina Siles, sino una estructura más antigua, una especie de cámara de poleas sobre la sala de faroles, clausurada tras las reformas de 2014.
En los planos nuevos aparecía como cámara sellada.
En el mapa de Nicolás aparecía con un símbolo: un farol dentro de una casa.
—Sala de llaves —murmuró Nicolás.
Todos lo miramos.
—¿Qué? —preguntó Celia.
Nicolás tragó saliva.
—Mi abuela decía que la torre de faroles no era la torre. Era “la sala de llaves”. Yo pensé que era otra metáfora familiar insoportable.
—¿Qué llaves? —preguntó Vega.
—No sé.
—Piense.
Nicolás cerró los ojos.
—Decía: “Quien llega a la sala de llaves aprende qué puertas son reales y cuáles son para los demás.”
Nora levantó una mano.
—Confirmo que odio a la abuela de Nicolás a nivel conceptual.
—Nora —dijo Martina.
—Lo siento, Nicolás, no a nivel personal. A lo mejor hace croquetas estupendas. Pero conceptualmente, fatal.
Nicolás soltó una risa mínima. Pequeña y culpable. La primera en horas.
—No hace croquetas. Tiene gente para eso.
—Peor.
Ese intercambio absurdo nos dio tres segundos de aire.
Luego el mapa volvió a respirar sobre la mesa.
Vega señaló la sala de llaves.
—¿Podría controlar accesos antiguos?
Gómez Rivas se inclinó.
—Si conserva lectores, baterías o algún módulo independiente, sí. No controlaría el sistema actual, pero podría registrar o simular paso en rutas antiguas. Incluso abrir cierres electromagnéticos instalados en reformas parciales si no fueron desconectados del todo.
—Retirados parcialmente —dije.
Todos me miraron.
—Perdón. Es que ya me aprendí la frase.
Gómez Rivas bajó la mirada.
—Sí. Retirados parcialmente.
—¿Quién sabe eso? —preguntó Vega.
—Mantenimiento antiguo, Fundación si conserva expedientes, patronato si tenía mapas, convivencia si heredó manuales… —Gómez Rivas se detuvo.
—Óscar Lera —dijo Berta.
El nombre cayó con retraso.
Marina Siles había sido encontrada atada en la torre. La otra persona de convivencia con acceso, nombrada hacía días y luego tragada por el caos, seguía ahí, en la columna de posibles. Óscar Lera. Auxiliar de convivencia. Acceso a sellos. Turnos de galería. Material ceremonial. Credenciales azules.
—¿Dónde está Lera? —preguntó Vega.
Berta revisó su tablet.
Falcón habló por comunicador.
—Elvira, localización de Óscar Lera.
La respuesta tardó demasiado.
Cuando llegó, la voz de Elvira sonaba mal.
—No está en oficina de convivencia. Su credencial fue desactivada anoche, pero aparece registro antiguo en lector no integrado hace once minutos.
—¿Dónde? —preguntó Vega.
Ya sabíamos la respuesta antes de oírla.
—Sala de faroles.
Hugo cerró los ojos.
Bruno dio un paso hacia él.
—No te muevas.
—No iba a moverme.
—Bien.
Hugo lo miró.
—¿Vas a hacer eso conmigo ahora?
—Sí.
—Me parece justo.
Era tan triste que casi parecía gracioso.
Vega ya estaba dando órdenes. Roldán y seguridad a sala de faroles.
Elvira por galería oeste. Gómez Rivas con técnicos a cortar alimentación de lectores antiguos.
Falcón a bloquear acceso de patronato. Nadie entraba en la sala de llaves sin equipo.
Hugo permanecía en The Lookout bajo custodia.
Nicolás también, por si el cuarto punto aún tenía eco.
La Casa había enseñado el quinto punto y, por primera vez, no íbamos a regalarle al heredero correspondiente.
Entonces sonó una tablet.
No la mía.
La de Hugo.
Él la miró como si fuera un animal muerto.
La pantalla se encendió con una notificación interna de ruta.
Equipo 3 — recuperación de cierre ceremonial.
Participante asignado: H. Ferrán del Valle.
Punto final disponible. Sala de llaves. 18:00.
Observa mejor esta vez.
Nadie tocó la tablet.
Celia la fotografió.
Vega se acercó.
Hugo estaba blanco.
Maël había mirado y callado.
Ahora a Hugo le pedían observar.
Me dieron ganas de arrancar la tablet de la mesa y estamparla contra el suelo hasta que no quedara ni “equipo” ni “punto” ni “observa” ni nada.
No lo hice.
Aprendizaje o agotamiento, vaya una a saber.
—No vas —dijo Irene.
Lo dijo antes que Bruno.
Antes que Martina.
Antes que yo.
Hugo la miró.
—Ya lo sé.
Y esa fue la primera grieta real en el plan de la Casa.
No la policía. No el mapa. No la tecnología. No siquiera la confesión de Rodrigo.
Ese ya lo sé.
La Casa había contado con que todos ocupáramos el lugar asignado por herencia: Iván como H-03, Nicolás como Arriaga, Hugo como Ferrán que mira, yo como becada que corre, Darío como perro, Tomás como mano sucia, Rodrigo como heredero que no toca suelo.
Pero Hugo acababa de mirar el quinto punto y no moverse.
La sala entera esperó.
El comunicador de Vega crujió.
—Aquí Roldán. Llegamos a sala de faroles. Puerta cerrada. Hay luz bajo el umbral. Olor a quemado leve.
—No entren sin Gómez Rivas —dijo Vega.
—Recibido.
Otra voz, Elvira:
—Galería oeste cerrada. Sin movimiento. Pero encontramos farol encendido junto a puerta interior. Código R-C/03.
—No tocar.
—No tocamos.
Gómez Rivas salió corriendo con dos técnicos.
Falcón miró el mapa de Nicolás.
—Si Lera está dentro, puede estar preparando otra escena.
—O siendo preparado —dijo Celia.
Vega asintió.