La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 26
82%

Capítulo 26

Después de la reunión de convivencia, el Aurora empezó a cerrar puertas con una energía casi ofensiva.

Puertas de aulas. Puertas de despachos. Puertas de residencias.

Puertas que todo el mundo sabía que existían y, sobre todo, puertas que hasta hacía dos días no figuraban en ningún plano pero que, mira tú por dónde, ahora aparecían detrás de estanterías, paneles, baños y frases como “no debería estar ahí”.

El colegio sonaba distinto cuando lo cerraban.

Menos majestuoso. Más viejo. Las cerraduras hacían un ruido áspero, los pasadores se resistían, las bisagras protestaban y los pasillos, sin alumnos moviéndose libremente, parecían enseñar por fin la edad que tenían debajo del barniz.

La inspectora Vega había ordenado asegurar accesos internos, retirar credenciales provisionales, bloquear usuarios invitados y revisar todos los lectores antiguos encontrados en la galería.

Falcón obedeció sin discutir. Eso también era nuevo.

No porque Falcón fuera sumisa, que no lo era, sino porque por fin había alguien fuera del Aurora diciendo “esto se hace así” y la institución no podía responder con una jornada de escucha activa.

Seguridad externa revisaba el patio de proveedores.

Gómez Rivas, que había envejecido diez años en cuarenta y ocho horas, iba con dos técnicos de sala en sala.

Elvira dirigía prefectos con una precisión seca, casi militar.

Roldán hacía de adulto enorme en los puntos donde hacía falta que alguien enorme dijera “por aquí no pasa nadie” y sonara convincente.

Álvaro Mencía seguía sin aparecer.

Eso era lo que flotaba encima de todo.

La policía había ido a su casa, a su despacho, a la sede externa de la Fundación y a una finca familiar, según Laura, que recibía información por vías que yo ya no intentaba entender porque me daba dolor de cabeza ético.

Álvaro no estaba. Su teléfono principal apagado.

Una línea secundaria sin respuesta. Un coche registrado a su nombre había salido de Madrid la noche anterior, pero no había llegado al domicilio esperado.

La Fundación decía desconocer su paradero con una elegancia que daba ganas de romperles el mobiliario.

Rodrigo, aislado, sin dispositivos y con su abogado intentando reconstruir una versión menos autodestructiva de todo lo que había dicho, no podía comunicarse con él.

O eso esperábamos. El problema del Aurora era que sus “no puede” siempre venían con demasiadas excepciones arquitectónicas.

—Si Álvaro no está fuera, puede estar dentro —dijo Amina.

Estábamos en The Lookout, que ya no era periódico ni sala prohibida ni refugio clandestino, sino algo más raro: una mesa de guerra con autorización policial parcial.

Celia había dividido una pizarra en columnas: 2014, Actual, Objetos, Accesos, Lenguaje, Personas usadas.

Nora había añadido abajo, en letra más grande: NO LLAMARLO MAPA MENTAL PORQUE ESTAMOS MAL PERO NO TANTO.

Salvat lo vio y no lo borró. Eso la convirtió oficialmente en mi adulta favorita de la mañana, aunque la competencia estaba complicada.

—¿Dentro del colegio? —preguntó Irene.

Amina asintió.

—O alguien que actúa por él dentro. Pero no podemos seguir pensando en Álvaro como si fuera un señor remoto dando órdenes desde un despacho. La tarjeta estuvo aquí. El usuario de cámaras actuó aquí. La galería se preparó aquí. Iván fue sacado por una puerta de aquí.

Iván.

El nombre todavía cambiaba la presión del aire.

Clara Marín estaba con Vega prestando declaración ampliada.

Había pedido que se registrara la lista de Iván sobre Héctor no como prueba sentimental, sino como “contexto de identidad”, expresión que hizo que Celia se quedara mirando el techo para no llorar.

La policía, por suerte, entendió. O Vega entendió, que no era exactamente lo mismo.

No iban a convertir esa hoja en pieza de museo, pero sí dejarían constancia de que Héctor Luján no era solo H-03, e Iván no era solo hijo de H-03.

A veces la justicia empezaba con algo tan pequeño y enorme como escribir un nombre completo.

—¿Qué dice Rodrigo ahora? —preguntó Hugo.

Laura estaba junto a la ventana, de brazos cruzados.

—Que no sabía que Iván iba a morir.

—Eso puede ser verdad —dijo Martina.

—Sí.

—Y no salvarlo de nada.

—También.

Laura miró hacia el pasillo, donde dos policías custodiaban el acceso a la sala en la que Rodrigo estaba con su abogado.

—Rodrigo sabía mucho. No sé cuánto. Eso es lo peor. Sabía lo suficiente para ser culpable de algo, pero quizá no lo suficiente para entender que la Casa también podía usarlo a él.

—Los intocables empiezan creyendo que la casa también los protege —murmuró Nora.

Nadie comentó la frase.

Ya no sonaba literaria.

Sonaba documental.

Nicolás no había hablado desde la reunión.

Estaba sentado junto a la pizarra, con la corbata deshecha y una carpeta azul vieja sobre las rodillas.

La carpeta no era del colegio. Se notaba por el cartón gastado, por una etiqueta amarillenta con su apellido escrito a mano y por la forma en que la sujetaba, como si pudiera quemarle pero tampoco pudiera soltarla.

Había entrado con ella diez minutos antes, acompañado por Berta, y desde entonces esperaba a que termináramos de hablar de Álvaro, Rodrigo, tarjetas y puertas.

Yo lo miré varias veces. Él fingió no darse cuenta.

Nicolás Arriaga de la Serna, especialista en no querer ocupar el centro justo cuando estaba en el centro.

—Nicolás —dijo Salvat al fin—. Dijiste que tenías algo.

Él levantó la cabeza.

—Sí.

No abrió la carpeta enseguida.

—Mi abuela me la dio cuando entré en el Aurora. No como secreto. O eso creí. Dijo que todos los Arriaga que estudiaban aquí debían recordar que el colegio no era solo edificio, que era camino. A mí me pareció una frase horrorosa de señora antigua con demasiados marcos de plata.

—Lo es —dijo Nora.

—Sí. Pero ahora suena peor.

Nicolás dejó la carpeta sobre la mesa.

La abrió.

Dentro había un mapa.

No un plano técnico como los de Salvat, con medidas, capas, reformas y sellos de mantenimiento.

Era un mapa antiguo, bonito, casi ceremonial, impreso en papel grueso, con el dibujo del Instituto Aurora en perspectiva, las casas marcadas con símbolos, los patios, la biblioteca, el ala norte, el invernadero, la torre de faroles, la galería oeste, la sala de actos y una serie de líneas finas, casi decorativas, que un alumno normal habría interpretado como adornos.

Pero una vez que una ha visto suficientes puertas que no deberían existir, aprende a desconfiar de cualquier línea bonita.

Celia se acercó como si el mapa la hubiera llamado por su nombre.

—¿Puedo?

Nicolás asintió.

Celia no tocó el papel directamente. Sacó guantes de una bolsa que ya llevaba siempre encima, porque Celia había cruzado el umbral entre alumna aplicada y archivista de crisis criminal sin mirar atrás.

Extendió el mapa bajo una lámina transparente y colocó encima, con cuidado, una copia del plano de 1998.

Las líneas encajaban.

No todas.

Las suficientes.

La sala se quedó quieta.

—Joder —dijo Bruno.

—Gracias por el análisis técnico —murmuré.

—Era eso o gritar.

—Aceptado.

Las líneas decorativas del mapa ceremonial seguían rutas internas: biblioteca lateral hacia galería antigua; galería antigua hacia escalera baja; escalera baja hacia sala de faroles; sala de faroles hacia torre; torre hacia un corredor que no aparecía en el plano nuevo y que terminaba cerca del acceso de patronato.

No eran caminos para alumnos. No eran rutas de evacuación. Eran venas ocultas.

—Esto es la Ruta C completa —dijo Hugo.

Nicolás asintió.

—Creo que sí.

—¿Por qué no lo trajiste antes? —preguntó Amina.

No sonó acusatoria. Sonó como necesitábamos saberlo.

Nicolás miró el mapa.

—Porque hasta ayer no entendí que era un mapa real.

En mi casa estaba enmarcado. Mi abuela lo llamaba “el mapa de pertenencia”.

Yo pensé que era una reliquia cursi. Cuando vi lo de la Casa, lo recordé.

Le pedí a mi madre que revisara si había una copia digital en casa.

Me mandó fotos. Luego me acordé de que yo tenía este.

Lo traje al entrar, doblado en esa carpeta, porque mi abuela insistió. No lo había abierto desde primero.

—¿Tu familia conserva mapas de rutas ocultas como recuerdo de ingreso? —preguntó Nora.

—Al parecer.

—No sé qué parte me da más asco, así que voy a repartirlo equitativamente.

Salvat comparó el mapa con el plano de galería antigua.

—Aquí hay cinco puntos marcados.

Celia amplió con una lupa.

No eran puntos evidentes. Eran pequeñas estrellas negras integradas en el dibujo de los faroles.

Uno en patio de mantenimiento.

Otro en escalera baja.

Otro en galería antigua.

Otro en patio central, bajo el soporte ceremonial.

El quinto en la torre de faroles.

—Puntos de ruta —dijo Martina.

—Cinco alumnos en 2014 —añadió Irene.

Héctor. Tomás. Álvaro. Claudia. Maël.

Iván. Tomás. Rodrigo. Nicolás. Hugo.

La repetición no era perfecta, pero ya sabíamos que la Casa no necesitaba simetrías limpias. Solo necesitaba que el símbolo funcionara.

Hugo miró el quinto punto.

No dijo nada.

Bruno sí.

—No.

—Bruno —dije.

—No.

—Esta vez estoy de acuerdo con la negación general —dijo Nora—. El punto cinco no me gusta nada.

Nicolás tocó el borde de la carpeta, sin tocar el mapa.

—El cuarto punto era Claudia. O yo. Patio central, Casa, Intocables. El quinto era Maël.

Hugo se puso de pie.

—No.

Lo dijo igual que había dicho “no” al ver el nombre de su hermano en la foto. Pequeño. Roto. Pero esta vez no era negación de la verdad. Era rechazo de la función.

—No soy Maël —dijo.

—No —respondió Irene enseguida.

—No voy a repetir su sitio.

—No.