Capítulo 25 #3
—No tiene ni idea de quién era mi hijo. No tiene ni idea de quién era Héctor. Usted solo conoce códigos, rutas, bromas familiares y relatos que contener. Mi hijo fue al baño y no volvió. Su tío le dijo que contuviera el relato y usted obedeció.
Rodrigo no respondió.
Porque no había respuesta que no lo hiciera más pequeño.
Vega siguió, implacable:
—¿Quién llevó a Iván a la galería antigua?
—No lo sé.
—¿Lo sabe Álvaro?
—No lo sé.
—¿Usted sabía que Iván sería sacado por una puerta de servicio?
—No.
—¿Sabía que había una orden falsa de traslado?
Rodrigo abrió los ojos.
—No. Eso no.
—¿Quién podía conocer esa ruta?
—Mi tío. Fundación. Convivencia. No sé.
—¿Su tío estaba en el centro ayer?
—No.
—¿Dónde estaba?
—No lo sé.
—¿Ha hablado con él después de la muerte de Iván?
Silencio.
—Rodrigo.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Por qué canal?
—Teléfono.
—¿Qué le dijo?
Rodrigo miró al abogado.
El abogado susurró algo. Vega esperó.
—Me dijo que no tocara nada más —respondió Rodrigo—. Que entregara a Tomás si era necesario. Que Darío hablaría porque siempre hablaba cuando se asustaba. Que yo no había hecho “lo irreparable”.
Lo irreparable.
La palabra cayó en la mesa y no se rompió porque ya estaba rota.
—¿Qué era lo irreparable? —preguntó Vega.
Rodrigo negó.
—No lo dijo.
—¿Usted lo entendió?
—No.
Mentira.
No hizo falta que nadie lo dijera.
Se vio.
La inspectora tomó nota.
—¿Dónde está Álvaro Mencía?
—No lo sé.
—¿Sabe si tiene acceso al centro?
—No.
—¿Sabe si posee llaves, credenciales o rutas no registradas?
—Mi tío conoce el Aurora mejor que dirección.
Falcón cerró los ojos.
Eso, viniendo de Rodrigo, no sonaba a exageración.
Sonaba a herencia.
La reunión ya no era de convivencia.
Era confesión por capas.
Rodrigo no había dicho “maté a Iván”. Ni siquiera “sé quién lo hizo”.
Pero había admitido lo suficiente para que la Casa dejara de poder fingir que él era solo un alumno atacado por una campaña.
Sabía de H-03 antes. Sabía de Iván como Luján.
Tenía la tarjeta de patronato. Accedió a cámaras después de la muerte.
Difundió material para controlar el relato.
Recibió instrucciones de Álvaro. Entregaría a Tomás si convenía.
Darío era perro. Tomás, calzo. Rodrigo, heredero. Álvaro, mano vieja.
Y aún faltaba la mano que sacó a Iván del baño.
Vega cerró la carpeta.
—Rodrigo Mencía no abandonará el centro.
Se le retirarán dispositivos y credenciales.
Sus comunicaciones quedarán restringidas y registradas.
La policía solicitará orden para localizar a Álvaro Mencía de forma inmediata.
Tomás Cuervo, Darío Mencía y Laura Escribano prestarán declaración ampliada.
Falcón, necesito cierre de todos los accesos no registrados y entrega completa de archivos de Fundación. No solicitud. Entrega.
Eloy Sainz abrió la boca.
—La Fundación necesitará…
Vega lo miró.
—La Fundación necesitará un abogado penalista si obstruye.
Eloy cerró la boca.
Hermoso.
Terrible.
Hermoso.
La reunión terminó sin cierre amable. Nadie pidió convivencia.
Nadie habló de reparación. Nadie ofreció agua.
La madre de Rodrigo salió con él y su abogado hacia una sala separada.
Tomás se quedó llorando en silencio. Darío salió al pasillo y se apoyó contra la pared, respirando como si hubiese corrido.
Laura se sentó en un banco y se tapó la cara con las manos.
Clara Marín no se movió durante un rato. Berta se quedó a su lado.
Yo tampoco me moví.
Sentía una cosa extraña en el pecho. No alivio.
No victoria. Algo más feo y más útil: confirmación.
La Casa había intentado culparme, culpar a The Lookout, culpar a Tomás, culpar a Marina, culpar a la reacción, culpar al relato.
Y ahora una de sus propias piezas había empezado a decir cómo se movían los hilos.
No era suficiente.
Iván seguía muerto.
Héctor seguía muerto.
Clara seguía sentada en un aula donde acababan de explicarle que su hijo fue material de contención narrativa.
Pero la Casa ya no estaba ordenando la mesa.
La mesa la ordenaba Vega.
Y la Casa no sabía sentarse cuando no presidía.
En el pasillo, Bruno me esperaba.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Lo miré.
—Rodrigo habló.
—¿Mucho?
—Lo suficiente para que su abogado envejeciera.
Bruno soltó aire. Casi una risa. Luego se le borró.
—¿Y Álvaro?
—Lo van a buscar.
—¿Crees que lo encontrarán?
Miré hacia el aula donde la reunión de convivencia acababa de convertirse en otra cosa.
—No sé.
Y era verdad.
Pero por primera vez, no saber no me hizo sentir inútil.
Me hizo sentir cuidadosa.
Esa noche, The Lookout escribió otra línea en la hoja central.
No publicamos.
Todavía.
Celia escribió:
Rodrigo Mencía reconoció acceso a cámaras y contacto con Álvaro Mencía. La Casa ya no habla solo desde sombras: habla por sus herederos.
Nora leyó la frase y añadió en voz baja:
—Y los herederos, a veces, son unos bocazas.
Celia la miró.
Luego, contra todo pronóstico, lo escribió en una esquina como nota interna.
Pequeñas victorias.
Muy pequeñas.
Pero la Casa, al parecer, también se agrietaba por cosas pequeñas.
Por una tarjeta en un desagüe.
Por un chico cobarde que decía “sí”.
Por una chica que declaraba aunque le costara quedarse sola.
Por una madre que corregía el lenguaje.
Por una becada que, por una vez, no corría hacia el cebo.
Y por un apellido correcto que olvidaba, en mitad de una sala con policía, que las palabras también dejan huellas.