Capítulo 22
La muerte no hizo que el Aurora se detuviera.
Ojalá.
Eso habría sido más limpio, más decente, casi más humano.
Una campana, silencio, puertas cerradas, adultos incapaces de seguir hablando de horarios, alumnos mirando el suelo sin saber dónde poner las manos.
Pero el Aurora no se detuvo. El Aurora se reorganizó.
Que era peor. La muerte de Iván Luján entró en el edificio como una piedra arrojada contra un estanque y, en vez de dejar que el agua temblara, el colegio empezó a levantar diques, poner carteles, cerrar accesos, abrir formularios, llamar a autoridades, separar testigos, recoger tablets, bloquear impresoras y mover a los alumnos por rutas nuevas para que nadie pudiera decir que todo se había descontrolado.
Todo se había descontrolado.
Solo que ahora lo controlaban muchas personas a la vez, y eso daba una sensación muy rara. Como si el caos llevara credencial.
La policía llegó antes de que anocheciera del todo.
No era la policía del Aurora, claro, porque eso no existía, aunque durante años el colegio se hubiera comportado como si pudiera fabricar sus propias leyes con papel grueso y membrete.
Vinieron dos coches por el acceso de proveedores, una furgoneta técnica y una mujer de abrigo oscuro que no miró los escudos al entrar.
Eso me gustó al instante. No porque una inspectora sea mejor por ignorar escudos, sino porque en el Aurora mirar demasiado hacia arriba era la primera forma de empezar a perder.
Se llamaba inspectora Vega.
No era alta, no llevaba cara de película y no parecía impresionada por nada.
Tenía el pelo negro recogido bajo, una bufanda gris y una libreta pequeña en la mano.
La acompañaba un subinspector joven que miraba el edificio con esa mezcla de respeto automático y sospecha recién encendida que daban los sitios caros cuando de pronto olían a muerte.
Falcón los recibió en el vestíbulo principal, no en dirección.
Bien. La muerte de Iván no iba a subir escaleras para pedir permiso.
Desde la sala de archivo de biblioteca vimos pasar a los agentes por el corredor lateral.
Nadie nos había dejado salir. Tampoco nos habían encerrado.
Técnicamente estábamos “agrupados para preservar testimonio y evitar interferencias”, frase de Berta que Nora tradujo como “corralito de traumados con libreta”.
Allí estábamos: Martina, Nora, Celia, Amina, Irene, Hugo, Nicolás, Bruno, Darío, Laura y yo.
Clara Marín estaba en otra sala con Berta y Salvat.
No sé cómo una madre sigue sentada después de que le dicen que su hijo no tiene pulso.
Supongo que no sigue. Supongo que lo que se queda sentada es otra cosa con su forma.
La hoja de Iván seguía en mi bolsillo.
Cosas que sé de mi padre sin el Aurora.
No la saqué. No todavía. Me daba miedo que el papel hubiera cambiado de peso.
—No nos han interrogado aún —dijo Celia.
—Acaba de llegar la policía —respondió Martina.
—Lo sé. Solo lo constato.
—Celia —dijo Nora, con la voz ronca—, si empiezas a constatar demasiado, te voy a abrazar.
Celia la miró.
—Eso es una amenaza extraña.
—Estoy emocionalmente inestable. Aprovecha.
Celia no contestó. Pero acercó su silla un poco a la de Nora. No hasta tocarla. Celia también tenía sus formas de pedir ayuda sin convertirla en solicitud.
Irene estaba sentada junto a Amina. No lloraba ya.
Tenía los ojos secos, demasiado abiertos.
Desde que escuchamos “no hay pulso”, había envejecido de una manera injusta.
No en la cara, no exactamente. En la postura.
Antes Irene parecía pedir permiso al espacio.
Ahora parecía contener algo para no romperlo.
Amina no le decía nada. Solo estaba ahí, con la rodilla vendada, una mano sobre la mesa y la mirada clavada en la puerta.
Hugo tenía los codos apoyados en las rodillas.
Miraba sus manos. Había sangre seca en un nudillo por el golpe que le había dado a la pared.
Nadie se lo había curado. O él no había dejado.
Nicolás estaba a su lado, pálido, callado, con la cara de quien por fin entiende que su apellido no es solo un tema complicado, sino una habitación dentro de la casa donde acaba de morir alguien.
Bruno se mantenía cerca de mí, pero no demasiado.
Había aprendido a medir la distancia. O quizá yo había aprendido a aceptarla sin sentir que me estaban poniendo un collar.
Darío estaba apartado, junto a una estantería.
No intentaba integrarse. No habría sabido. Nadie habría sabido qué hacer con él dentro del grupo, y él tampoco. Pero tampoco se había ido. Eso ya era algo. Mínimo, incómodo, insuficiente. Algo.
—Van a intentar cargarlo sobre alguien —dijo Laura.
No fue una pregunta.
—Ya lo están intentando —respondí.
—No pueden llamar accidente a esto —dijo Martina.
—No necesitan llamarlo accidente —dijo Nicolás—. Pueden llamarlo consecuencia.
La palabra nos atravesó.
Consecuencia.
Consecuencia de investigar. Consecuencia de publicar.
Consecuencia de remover 2014. Consecuencia de que Iván quisiera saber.
Consecuencia de que Alma atrajera peligro.
Consecuencia de que The Lookout “generara tensión”.
Consecuencia de todo menos de la persona que lo había llevado a la galería antigua.
—No —dijo Irene.
Todos la miramos.
Irene levantó la cabeza. Su voz era baja, pero firme.
—No fue una consecuencia. Lo mataron.
Nadie se atrevió a corregirla.
Porque no había nada que corregir.
A las ocho y diez, la inspectora Vega pidió hablar primero con Falcón, Salvat, Berta, Elvira, Roldán y Gómez Rivas.
Después con Clara. Después con nosotros, por separado.
No en grupo. No con adultos del colegio presentes, salvo que lo solicitáramos.
Esa frase levantó una tensión rara en la sala.
En el Aurora, hasta entonces, casi todo lo grave había ocurrido con un adulto institucional cerca, corrigiendo el idioma.
De pronto alguien venía de fuera y decía: podéis hablar sin ellos.
Qué vértigo tan absurdo da la libertad cuando una lleva demasiado tiempo contestando dentro de formularios.
—Yo quiero que esté Salvat —dijo Celia.
Nora levantó la mano.
—Yo quiero que esté Celia, porque si no diré “cosa esa del cacharro” y me condenarán por imprecisión.
—No es un juicio —dijo Martina.
—Todo es un juicio si estás cansada.
Amina no pidió adulta. Irene sí pidió a Berta.
Hugo pidió declarar solo. Nicolás también.
Darío, cuando le tocó decidir, dijo que hablaría sin nadie del Aurora delante.
La forma en que lo dijo hizo que Laura lo mirara por primera vez sin desprecio completo.
Solo con desprecio parcial, que en Laura era una forma de abrazo.
Antes de que nos separaran, Falcón entró en la sala de archivo.
Parecía distinta.
No hundida. No exactamente. Pero la directora que había dado discursos sobre convivencia ya no estaba disponible.
En su lugar había una mujer con polvo en el abrigo, ojeras, una mancha oscura en la manga y la expresión de quien acaba de descubrir que el edificio que dirige tiene más dueño que ella.
Se quedó de pie junto a la mesa y nos miró uno por uno.
—La policía tomará declaración. Quiero dejar algo claro antes de que habléis. No tenéis obligación de proteger al centro. No tenéis obligación de proteger a una casa. No tenéis obligación de proteger a una familia. Decid lo que visteis, lo que sabéis y también lo que no sabéis.
La sala se quedó callada.
—¿Eso incluye a la Fundación? —preguntó Amina.
Falcón no apartó la mirada.
—Sí.
—¿Y a usted?
—También.
Me sorprendió que la pregunta de Amina me doliera menos que la respuesta de Falcón.
—La muerte de Iván Luján será investigada como crimen —continuó—. No permitiré que se redacte desde dentro como accidente, crisis, imprudencia o consecuencia de actividad estudiantil.
—¿Puede impedirlo? —pregunté.
Falcón me miró.
—No sé si puedo impedir todo lo que intenten. Pero sí puedo dejar de ayudarles sin querer.
Eso fue, probablemente, lo más honesto que la había oído decir.
Nora se limpió la cara con la manga.
—Eso debería ir en un cartel, pero feo. Sin tipografía institucional.
Falcón casi sonrió.
No llegó.
—Lo siento —dijo, mirando hacia la puerta por donde estaba Clara.
Nadie le respondió “no pasa nada”.
Por fin habíamos aprendido una cosa.
Sí pasaba.
A mí me tocó declarar a las nueve y veinte.
La sala elegida fue un despacho auxiliar de biblioteca, no dirección.
Buena decisión. Si me hacían declarar bajo un retrato de fundador, probablemente habría dicho algo punible.
La inspectora Vega estaba sentada al otro lado de una mesa sencilla.
El subinspector a su derecha, con ordenador.
Berta me acompañó solo hasta la puerta, pero no entró.
Yo no la pedí. No porque no confiara en ella.
Porque necesitaba comprobar qué salía de mi boca sin adultos del Aurora respirando al lado.
—Alma Vera García —dijo Vega.
—Sí.
—¿Quieres que alguien esté presente?
Pensé en Martina. En Bruno. En Salvat. En Berta. En todas.
—No.
—Bien. Vamos despacio.
Eso me gustó. No dijo “tranquila”. No dijo “esto es difícil”. Dijo vamos despacio. Las dos cosas no eran iguales.
Empecé por la desaparición de Iván en la zona de invitados.
Luego retrocedimos. La foto bajo la puerta.
El documento Horizonte. H-03. La ruta. El punto 4.
Marina Siles. Darío y la credencial azul.
Tomás. Rodrigo. Los faroles. La lista falsa.
Los mensajes en mi nombre. Irene. Nicolás.
El patio de mantenimiento. El apagón. La sala oculta.
La galería antigua. Hablé durante tanto tiempo que la garganta se me quedó seca y las palabras empezaron a parecer piedras repetidas.
La inspectora no interrumpía mucho. Hacía preguntas pequeñas.
—¿Quién vio eso?
—¿Quién tocó el objeto?
—¿Dónde estaba Bruno Sada en ese momento?
—¿Cuándo recibisteis la foto de Iván?