Capítulo 22 #2
—¿Quién conservó copia?
—¿Qué adulto fue informado?
—¿Quién podía acceder a esa zona?
—¿Quién te dijo por primera vez “Casa de los Intocables”?
—¿Qué entiendes tú por esa expresión?
Esa última me dejó callada.
—No es una casa física —dije al final—. O no solo. Es… una red. Un sistema. Familias, patronato, antiguos alumnos, profesores, convivencia, silencios. Gente que no tiene que hacer las cosas directamente porque el colegio ya está organizado para que, si ellos hacen daño, otro parezca culpable.
Vega anotó.
—¿Y quién crees que mató a Iván Luján?
La pregunta cayó sin anestesia.
Me quedé mirando la mesa.
Rodrigo. Álvaro Mencía. Marina Siles. Alguien de convivencia. Alguien de la Fundación. Darío como ruido. Tomás como peón. Una credencial azul. Una puerta sin plano. Una mano en un baño. Un cuerpo llevado a la galería. Un farol R-C/03. Una tarjeta dentro: La casa no cae con sustitutos.
—No lo sé —dije.
Me costó más de lo que esperaba.
No por orgullo. Por rabia.
—No lo sé —repetí—. Y creo que querían que dijera un nombre antes de saberlo.
Vega levantó la vista.
—¿Quiénes?
—La Casa.
—¿La red?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si yo señalo mal, ellos convierten a Iván en prueba de mi obsesión.
Si señalo a Rodrigo y no puedo demostrar que fue él, Rodrigo se vuelve víctima.
Si señalo a Marina, cierran con una adulta atada a una torre que ni siquiera podía defenderse.
Si señalo a Tomás, entrego al culpable cómodo.
Si señalo a Darío, me quedo con el perro y no con quien lo soltó.
La inspectora me miró un momento largo.
—Eso es una respuesta más útil que un nombre.
Me dieron ganas de llorar de puro cansancio.
No lo hice.
—¿Crees que Iván fue llevado allí para culparte a ti?
Cerré los ojos.
—No solo. Creo que Iván fue llevado allí porque era hijo de Héctor Luján. Porque era H-03 otra vez. Porque la Casa quería demostrar que podía repetir la historia, que podía usar sustitutos. Y sí, también porque si yo corría detrás, podían ponerme dentro del relato.
—Pero no corriste.
Abrí los ojos.
—No.
—¿Por qué?
La pregunta era sencilla.
La respuesta no.
—Porque… —Me detuve—. Porque esta vez alguien me agarró antes de que lo hiciera.
Porque aprendí tarde. Porque tenía miedo de que si entraba en la ruta, la ruta ganara.
Porque pensé que se salvaba más cerrando salidas que siguiéndolas.
Porque Martina me dijo que no confundiera moverme con salvar.
Porque Bruno me ha repetido tantas veces que no vaya sola que al final algo entró, supongo.
Porque Iván no necesitaba que yo fuera otra pieza. Necesitaba que lo encontraran.
La inspectora anotó algo.
—¿Y lo encontraron?
Ahí sí.
Ahí se me rompió la voz.
—Sí.
No dije vivo.
Ella tampoco.
Cuando salí, Bruno estaba en el pasillo.
No sé si había declarado ya o si esperaba. Estaba de pie junto a una ventana, con la férula apoyada contra el pecho y los ojos rojos. No me preguntó cómo había ido. Bien. Habría sido una pregunta absurda.
—¿Martina? —pregunté.
—Con Irene.
—¿Clara?
—Con Berta y Salvat.
Asentí.
No sabía qué hacer con las manos. Bruno tampoco, quizá. Al final, se acercó un poco.
—¿Puedo? —preguntó.
No necesitó explicar qué.
Asentí.
Me abrazó con un solo brazo, el sano, con cuidado, como si no quisiera invadir ninguna herida.
Yo apoyé la frente en su hombro y respiré.
No lloré fuerte. No fue escena. No fue romance.
Fue cansancio puro. Un cuerpo sosteniendo a otro porque el suelo ya había demostrado demasiadas veces que no era de fiar.
—No fue tu culpa —dijo.
Me tensé.
—No.
—Escúchame.
—No me digas eso.
—Sí te lo digo.
—Bruno.
—No fue tu culpa.
Me separé apenas.
—No me conoces si crees que eso entra porque lo repites.
—Te conozco lo suficiente para saber que vas a intentar discutirlo durante meses.
—Años, quizá.
—Vale. Pues tengo tiempo.
La frase me dejó sin defensa.
Una frase pequeña.
Sin brillo.
Sin promesa grande.
Pero ahí.
Me aparté del todo antes de que me deshiciera.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Ser decente cuando no puedo responder con sarcasmo.
—Perdón.
—No lo sientes.
—No.
Casi sonreí.
Qué desastre.
A las diez y media, empezó la segunda oleada.
No de interrogatorios.
De culpa.
Llegó por las tablets, como todo lo que quería ensuciar rápido.
No era un comunicado oficial. No estaba firmado.
No usaba el formato de The Lookout. Esta vez era más sucio, más simple, más eficaz: capturas anónimas enviadas a grupos de alumnos, mezclando fragmentos verdaderos con frases falsas.
Una foto de Iván hablando conmigo en el comedor.
Otra de Iván entrando en biblioteca. Una captura del documento Horizonte enviada a su cuenta.
Un recorte de mi nombre en la lista falsa.
Una imagen de la bufanda en el baño, tomada desde un ángulo que no debería existir porque la policía ya había cerrado la zona.
Y debajo, una frase que empezó a repetirse:
Alma lo metió en esto.
No decía que yo lo hubiera matado.
Eso habría sido demasiado burdo.
Decía algo peor.
Que lo había metido.
Que lo había convertido en pieza.
Que The Lookout había usado su historia.
Que Iván estaba vivo antes de acercarse a nosotras.
Que mi necesidad de mirar había arrastrado a otro becado —bueno, hijo de becado, qué bonito, qué simétrico— hacia la galería antigua.
La culpa que querían darle.
No a la Casa.
A mí.
Y lo más horrible era que no sonaba completamente absurdo si una no sabía todo.