Capítulo 21 #3
No sé cómo hizo para dejar la galería. No sé quién se quedó allí.
Supongo que Roldán, Elvira, la enfermera, seguridad.
No quería imaginarlo. Falcón tenía el rostro gris, las manos manchadas de polvo y una marca de humedad en la manga.
Miró primero a Clara. Fue hacia ella. Se arrodilló delante.
No como directora. Como persona que no tenía derecho a estar de pie.
—Clara —dijo.
Clara la miró.
—No me diga que lo siente.
Falcón cerró la boca.
Bien.
—Dígame quién —dijo Clara.
Falcón tragó saliva.
—Lo vamos a averiguar.
Clara soltó una risa rota.
—Eso le dijeron a Héctor.
Nadie pudo responder a eso.
Porque era verdad.
Todo el Aurora se había construido sobre respuestas que llegaban tarde a gente que ya no podía usarlas.
—Esta vez no —dije.
No sé por qué hablé.
No tenía derecho.
Clara me miró.
Y yo casi me arrepentí. Pero la frase ya estaba en el aire, y había que sostenerla aunque pesara más que yo.
—Esta vez no —repetí—. No vamos a dejar que escriban que Iván volvió a ruta, que siguió una pista, que se expuso, que era hijo de una historia difícil, que estaba afectado, que…
no. No. Era un chico protegido dentro del colegio.
Lo sacaron de un baño por una puerta que el plano no admitía.
Lo llevaron a una galería cerrada. Lo mataron.
Clara cerró los ojos.
—No lo conviertas en bandera.
La frase me cortó.
—No.
Me saqué la libreta del bolsillo. Saqué la hoja que Iván me había dado esa mañana. La sostuve con cuidado.
—Esto me lo dio él. Para que, si algún día hablábamos de su padre, no habláramos solo de H-03.
Clara la reconoció al ver la letra.
Se cubrió la boca.
—No voy a hablar de Iván como prueba —dije, y la voz me tembló—.
Pero tampoco voy a dejar que lo conviertan en otra baja voluntaria, otra caída, otro código, otra frase limpia.
No puedo prometerle justicia como si fuera una adulta con poder, porque no lo soy.
Pero puedo prometerle que no voy a dejar de decir su nombre.
Clara lloró otra vez.
Esta vez más bajo.
No sé si fue permiso.
No sé si fue dolor.
No necesitaba saberlo.
Falcón se puso de pie.
Y ahí, delante de Clara, de Berta, de Salvat, de The Lookout suspendido, de Bruno volviendo con Hugo, de Darío sin sonrisa, de Martina sosteniéndome y de Irene llorando en silencio, la directora del Instituto Aurora dijo por el comunicador:
—Se activa protocolo de fallecimiento de alumno y preservación de escena criminal. Policía externa. Fiscal. Nadie de la Fundación interviene sin autorización. Nadie entra ni sale del recinto hasta llegada de autoridades. Repito: fallecimiento de alumno. Escena criminal.
Escena criminal.
No accidente.
No incidencia.
No tragedia inevitable.
Escena criminal.
La palabra llegó tarde.
Pero llegó.
El Aurora entero la oyó.
El altavoz no la repitió. No hacía falta.
Los comunicadores la llevaron por pasillos, por prefecturas, por seguridad, por despachos.
Los adultos que la escucharon dejaron de moverse como si manejaran una crisis escolar.
Empezaron a moverse como si un colegio hubiera perdido el derecho a contarse a sí mismo.
Y lo había perdido.
Porque en la galería antigua, junto al cuerpo de Iván, encontraron un farol apagado.
R-C/03.
Y dentro del farol, doblada con cuidado, una tarjeta.
Elvira la leyó más tarde, con guantes, delante de Falcón, de Salvat y de la policía que llegó antes de que anocheciera.
Nosotras la oímos por boca de Salvat.
Solo una frase:
La casa no cae con sustitutos.
Qué frase tan arrogante.
Qué frase tan equivocada.
Porque eso era lo que quien la escribió no entendía.
O quizá sí, y por eso había matado a Iván.
Un sustituto muerto no derribaba una casa si se quedaba en expediente.
Pero Iván Luján no se iba a quedar ahí.
No en mi boca.
No en la de Clara.
No en la de Irene, que lo había visto temblar y aun así decidir.
No en la de Nora, que lloraba con la bolsa de chocolatinas cerrada contra el pecho.
No en la de Celia, que por fin escribió la hora con una letra perfecta y debajo puso: Iván Luján. No H-03.
No en la de Hugo, que miraba su apellido como si acabara de decidir que ya no le pertenecía gratis.
No en la de Bruno, que se sentó a mi lado sin decirme que no corriera porque ya no quedaba a dónde correr.
La Casa de los Intocables acababa de matar a un chico para demostrar que seguía mandando.
Y quizá durante años eso le habría funcionado.
Un cuerpo.
Una versión.
Una baja.
Una familia rota.
Una piedra más limpiada antes del desayuno.
Pero esta vez había demasiados ojos abiertos.
Demasiadas fotos.
Demasiados planos.
Demasiadas heridas con nombre.
Demasiadas personas que ya no podían fingir que mirar desde la distancia correcta las dejaba limpias.
Esa noche, cuando la policía acordonó la biblioteca lateral, el patio de proveedores y la galería antigua, el Aurora entero olía a humedad, antiséptico y miedo adulto.
No a miedo de alumnos.
A miedo adulto.
Ese era nuevo.
Y yo, sentada en el suelo de la sala de archivo con la hoja de Iván doblada entre las manos, entendí que algo había cambiado para siempre.
No porque la Casa hubiese caído.
Todavía no.
Sino porque, por primera vez, el Aurora no podía llamar imaginación a un cadáver.