La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Vi su bufanda mal puesta. Sus manos raspadas.

La lista sobre su padre. Su sonrisa cuando Nora le daba comida “con presencia simbólica”.

La forma en que había dicho que si se iba sentía que su padre volvía a irse.

La hoja que me dio: Cosas que sé de mi padre sin el Aurora.

Arreglar bicicletas. Tortilla fatal. Cantar bajito. No pedir perdón por preguntar.

Me llevé la mano al bolsillo de la chaqueta. La hoja seguía allí, doblada dentro de mi libreta.

Más que una prueba.

Menos que una defensa.

Una vida intentando no volverse expediente.

—Alma —dijo Martina.

—Estoy.

—No te vayas ahí dentro.

La miré.

Martina no hablaba del pasillo.

Hablaba de mi cabeza.

—Estoy —repetí.

No era del todo verdad. Pero era un intento.

El comunicador emitió un ruido seco.

—Llegamos a reja de proveedores —dijo seguridad—. Cerrada con candado antiguo. Sin salida reciente al exterior.

—¿Huellas? —preguntó Falcón.

—Marcas de paso, pero no salida. Alguien estuvo aquí. No salió por aquí.

Entonces la única opción era dentro.

La galería.

Hugo apoyó ambas manos en la mesa y bajó la cabeza.

—Maël dijo que en 2014 Héctor fue encontrado antes de la galería.

—¿Qué? —preguntó Celia.

—No lo dijo así. Dijo que no llegaron a meterlo “hasta el fondo”. Yo no entendí. Pensé que hablaba de la ruta. Pero quizá…

—Quizá esta vez quieren terminar lo que no terminaron —dijo Amina.

Irene hizo un sonido pequeño.

Nora le pasó un brazo por los hombros.

—No digas eso —dijo Clara desde el otro lado de la sala.

No era una orden. Era una súplica.

Amina se quedó helada.

—Perdón.

Clara negó con la cabeza, pero no pudo decir nada más.

Falcón habló por el comunicador:

—Entramos en galería antigua. Hay poca visibilidad. Humedad, polvo en suspensión. Linternas.

Silencio.

Pasos.

Estática.

Un golpe.

—Cuidado con el suelo —dijo Roldán—. Hay tablones sueltos.

—Veo un farol —dijo Elvira.

Nadie respiró.

—No tocar —dijo Falcón.

—Farol antiguo. Apagado. En el centro de la galería.

—¿Iván? —preguntó Berta, sin poder evitarlo.

No hubo respuesta.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—Seguimos avanzando —dijo Falcón.

La estática se volvió larga.

Demasiado larga.

Bruno se levantó. No se movió hacia la puerta. Solo se levantó. Martina me agarró la mano con más fuerza. Celia dejó de escribir. Nora cerró los ojos. Darío se quedó mirando el comunicador como si por fin hubiera encontrado algo a lo que no podía morder. Clara no respiraba. O yo no la oía.

Entonces llegó la voz de Roldán.

No de Falcón.

De Roldán.

Y supe que algo iba mal antes de entender las palabras.

—Lo tenemos.

Clara se incorporó.

—¿Está…?

No pudo terminar.

Silencio.

Falcón habló después. Su voz ya no era de directora.

Era de persona.

—Enfermería a galería antigua. Ahora.

—¿Está vivo? —preguntó Clara.

Nadie respondió.

No porque fueran crueles.

Porque la respuesta todavía estaba en ese espacio insoportable entre una mano buscando pulso y una verdad negándose a entrar en el aire.

—¿Está vivo? —repitió Clara.

Berta se acercó a ella.

El comunicador crujió.

La voz de la enfermera llegó lejos, agitada:

—Estoy entrando.

Otro silencio.

Yo miraba la bufanda.

No el comunicador.

La bufanda.

Porque si miraba el comunicador, la respuesta iba a existir más rápido.

Y entonces la respuesta llegó igual.

No por palabra.

Por el sonido.

Un sonido de Clara.

Pequeño primero. Como si el cuerpo hubiera recibido la noticia antes de la frase. Luego más profundo, roto, imposible de sostener. Berta la abrazó. Clara se dobló hacia delante. Salvat cerró los ojos. Falcón, por el comunicador, dijo algo que no se entendió.

No hizo falta.

La enfermera sí habló.

Lo dijo con la voz profesional destrozada:

—No hay pulso.

Y el Aurora, por fin, dejó de tener versión.

No había margen.

No había comunicado.

No había “incidencia”.

No había “lesiones leves”.

No había “alumno no localizado”.

No había “ruta revisada”.

Había un chico muerto en la galería antigua.

Iván Luján.

No H-03.

No sustituto.

No beneficiario.

No pieza.

Iván.

El silencio que vino después no fue como los otros.

No fue el silencio del patio cuando apareció el farol.

No fue el silencio del gimnasio cuando cayó la estructura.

No fue el silencio de la biblioteca cuando encontramos el nombre de Héctor Luján.

Este era más pesado. Más bajo. Un silencio que no esperaba nada.

Ni explicación, ni pista, ni siguiente movimiento.

Solo ocupaba el sitio donde hacía un minuto todavía existía la posibilidad de que Iván saliera con polvo en la ropa, asustado, vivo, y Nora pudiera darle una galleta absurda.

Yo no lloré.

No al principio.

Me quedé mirando la bufanda hasta que el color gris plata de Bruma se volvió borroso.

Martina me abrazó.

No preguntó.

No dijo “ven aquí”.

Solo me abrazó.

Y yo no la aparté.

Clara lloraba de una forma que no se parecía a nada.

Berta la sostenía, pero no había forma humana de sostener eso.

Salvat salió de la sala un momento y volvió con agua que nadie bebió.

Celia tenía las manos sobre la libreta, los dedos blancos, incapaz de escribir la hora.

Amina estaba de pie, rígida, con lágrimas silenciosas bajándole por la cara.

Nora lloraba abiertamente, sin bromas, sin defensa, con una rabia tan triste que parecía de otra edad.

Irene se había tapado la boca con ambas manos y repetía “no” en voz baja, una y otra vez, como si la palabra pudiera retroceder unos minutos y cerrar otra puerta.

Hugo salió de la biblioteca.

Bruno fue tras él.

No corriendo. No persiguiéndolo. Acompañándolo desde una distancia prudente. Lo vi por el rabillo del ojo. Hugo llegó hasta el pasillo exterior y apoyó las manos contra la pared. Luego golpeó una vez la piedra con el puño. Una sola. Bruno no lo detuvo. Solo se quedó cerca.

Darío seguía sentado.

No lloraba.

No hacía nada.

Tenía la cara blanca.

—No era para él —dijo.

Nadie le contestó.

—No era para él —repitió, más bajo.

Esta vez sí lo miré.

—¿Para quién era, Darío?

Me sostuvo la mirada y, por primera vez, no hubo cálculo.

—Para quien siguiera la ruta.

—La siguieron por él.

—Ya.

—Y está muerto.

La palabra salió.

Muerto.

La dije yo.

Y al decirla sentí que algo se rompía de verdad.

Darío bajó la vista.

—Sí.

No pude odiarlo en ese segundo.

Y eso me enfadó.

Quería odiar a alguien de forma simple. A Darío.

A Rodrigo. A Tomás. A Marina. A los Arriaga.

A los Mencía. A la Fundación. Al edificio.

A los faroles. Al puto suelo. A quien fuera.

Pero la Casa de los Intocables había sido construida precisamente para eso: para que el odio rebotara en demasiadas paredes, para que nadie pudiera decir “fuiste tú” sin que otra puerta se abriera al lado, para que la culpa circulara hasta cansarte.

Falcón entró en la sala quince minutos después.