Capítulo 21
Durante los primeros treinta segundos después de que Berta dijera por el comunicador que Iván Luján no estaba localizado, todo el mundo se movió menos yo.
No porque estuviera tranquila.
No porque hubiera aprendido tanto que, de pronto, mi cuerpo se hubiera convertido en una estatua razonable con uniforme de Bruma.
Me quedé quieta porque, si me movía, no sabía hacia dónde.
El pasillo de invitados de biblioteca se había llenado de voces, pasos, órdenes y miedo.
Falcón hablaba por el comunicador con una precisión que no se parecía a sus discursos de aula magna.
Salvat pedía los planos antiguos del pasillo lateral.
Berta sostenía a Clara Marín, que había dejado de gritar y ahora respiraba de una forma que daba más miedo que el grito.
Bruno estaba junto a la puerta de servicio, sin entrar, con el hombro tenso y la muñeca mala pegada al cuerpo.
Martina abrazaba a Irene, o quizá Irene se sujetaba a Martina, las dos mezcladas en una forma pequeña de resistencia.
Celia fotografiaba la bufanda de Iván sobre la pila del baño, la frase en el espejo, el borde de la puerta oculta.
Amina, cojeando, examinaba el marco del panel como si pudiera leer en la madera la dirección exacta de la pérdida.
Yo miraba la bufanda.
La bufanda de Bruma.
Mal doblada, húmeda por un extremo, abandonada sobre la porcelana blanca.
H-03 vuelve a ruta.
La frase seguía escrita en el espejo con un dedo, aprovechando la película de vaho o jabón. No era tinta. No era tiza. Podía borrarse con la manga. Eso la hacía peor. Como si quien la había dejado supiera que no necesitaba durar mucho. Solo lo suficiente para que la leyéramos.
—Alma —dijo Bruno.
No me había dado cuenta de que me estaba hablando.
—¿Qué?
—Mírame.
Lo hice.
Tenía miedo. Bruno. Miedo de verdad. No ese enfado protector que a veces se le ponía delante como una puerta. Miedo. Y verlo en su cara me ordenó algo por dentro, aunque fuera a golpes.
—No entres ahí —dijo.
—No voy a entrar.
La frase salió antes de que pudiera discutir conmigo misma.
Bruno parpadeó.
—Bien.
—No lo digas como si acabara de aprender a leer.
—Ahora no tengo capacidad para modular.
—Ya. Yo tampoco.
Falcón se volvió hacia nosotras.
—Salvat, planos. Celia, copia de fotos a mi dispositivo externo. Berta, Clara se queda contigo. Roldán viene hacia aquí con seguridad. Gómez Rivas entra primero al paso con cámara y medidor. Nadie más.
—Ese paso no está en el plano actual —dijo Salvat, abriendo una carpeta sobre una mesa auxiliar—. Pero sí aparece en el de 1998. Conecta biblioteca lateral con corredor de servicio, antiguo almacén de escenografía y galería antigua.
—¿Galería antigua? —preguntó Irene.
Su voz se quebró en la palabra antigua.
Hugo llegó corriendo con Nicolás y Darío detrás. Nadie preguntó cómo habían cruzado tan rápido ni quién les había avisado. En el Aurora, cuando algo se rompía de verdad, los pasillos empezaban a traer a los mismos testigos de siempre.
—¿Qué galería? —preguntó Hugo.
Salvat extendió el plano.
—La que unía el ala norte con el pabellón de actos antes de la reforma de 2006. Se cerró por humedad y desprendimientos. Oficialmente no forma parte de rutas actuales.
—Oficialmente —dije.
La palabra ya casi no significaba nada.
Darío se acercó al plano, pálido.
—Ruta C pasaba por ahí.
Todos lo miramos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Falcón.
Darío tragó saliva.
—Rodrigo lo dijo. Una vez. No como confesión, como burla. Dijo que las rutas viejas no estaban cerradas, solo esperando a que alguien necesitara una salida fea.
—¿Salida a dónde? —preguntó Celia.
Darío señaló el plano con un dedo que temblaba apenas.
—Patio de proveedores, si giras a la derecha. Galería antigua, si sigues recto. Escalera baja, si bajas por el ramal técnico. Pero si alguien quiere hacer que H-03 vuelva a ruta…
No terminó.
No hizo falta.
H-03.
Héctor Luján.
Ruta C.
Iván.
El hijo.
—La galería antigua aparece en las fotos de 2014 —dijo Irene.
Nos giramos hacia ella.
Tenía los ojos rojos, pero estaba mirando el plano. No a Martina. No al suelo. Al plano.
—La foto de Ruta C/03 —continuó—. La pared del fondo tenía arcos ciegos y manchas de humedad. Yo pensé que era la galería oeste, pero no. La galería oeste tiene argollas en piedra clara. La foto tenía ladrillo visto en un lateral.
Celia abrió la carpeta de fotos con una rapidez casi desesperada. Sacó la copia de Ruta C/03. La puso junto al plano.
Irene tenía razón.
Por supuesto que tenía razón.
Los arcos. El ladrillo. Las manchas. El suelo en espiga. La galería antigua.
—¿Cómo no lo vimos? —murmuré.
—Porque teníamos demasiadas puertas delante —dijo Martina.
No sonó a consuelo. Sonó a hecho.
Falcón ya estaba dando órdenes.
—Elvira, equipo al corredor de servicio desde ala norte. Roldán, conmigo desde biblioteca lateral. Seguridad externa cubre patio de proveedores. Nadie entra solo. Gómez Rivas, cámara por el paso. Prioridad: localizar a Iván Luján con vida.
Con vida.
Otra vez.
La frase se volvió una cuerda.
Clara Marín la oyó y se soltó de Berta.
—Voy con ustedes.
—Clara —dijo Berta.
—Es mi hijo.
No gritó. No necesitó. La voz de Clara tenía una autoridad que no venía de ningún cargo. Venía de algo mucho más antiguo que el Aurora y muchísimo más legítimo.
Falcón se acercó a ella.
—No puedo permitir que entre en una zona sin asegurar.
—No me pida que espere sentada.
—No se lo voy a pedir. Quédese aquí, con Berta, en comunicación abierta. Le informo yo. Directamente. Sin intermediarios.
—No me mienta.
—No.
—No me diga “estamos revisando” si ya sabe algo.
—No.
—No use palabras bonitas.
Falcón tardó un segundo.
—No.
Clara asintió. No porque estuviera conforme. Porque no tenía otra forma de seguir respirando sin romper la sala con las manos.
Gómez Rivas llegó con una cámara pequeña montada sobre un cable flexible.
Roldán venía detrás, más serio que nunca.
Dos agentes de seguridad externa revisaron el paso antes de permitir que el técnico metiera la cámara.
En la pantalla portátil apareció una imagen verdosa, estrecha: tuberías, polvo, pared húmeda, huellas arrastradas.
No sangre. No todavía. O no visible. Me odié por pensar eso.
—Hay marcas de dos personas —dijo Amina, mirando la pantalla.
Gómez Rivas amplió.
—Una huella pequeña o mediana, zapatilla escolar. Otra mayor, suela lisa. Posible arrastre parcial.
Clara hizo un sonido.
Berta la sujetó.
Yo me agarré a la mesa.
Bruno se acercó un poco, pero no me tocó. Ya entendía cuándo el contacto ayudaba y cuándo podía hacerme estallar.
—La huella pequeña puede ser de Iván —dijo Falcón—. No asumimos estado.
No asumimos estado.
Qué forma tan adulta de decir que nadie se atrevía a pensar lo que todos estábamos pensando.
El primer tramo del paso estaba despejado. Gómez Rivas entró con seguridad. Falcón, Roldán y Elvira avanzaron por los accesos principales. Nosotras nos quedamos en biblioteca, alrededor del plano, escuchando el comunicador como si fuera un corazón defectuoso. Cada frase llegaba con estática.
—Primer tramo limpio.
—Puerta intermedia abierta. Sin signos de forzado.
—Hay tela en el suelo.
—¿Tela de qué?
—No se toca. Parece trozo de cinta negra.
—Marca en pared. Tiza. No legible aún.
Celia escribía todo. Nora no comía. Amina seguía el plano con un lápiz, marcando tiempos y rutas.
Irene tenía una mano sobre la bufanda de Iván, sin tocarla, como si pudiera darle calor desde arriba.
Hugo miraba el punto de la galería antigua con una expresión fija.
Nicolás, a su lado, estaba pálido y mudo.
Darío caminaba de un lado a otro en una línea corta, como un animal encerrado que por fin entendía que la jaula nunca había sido suya.
—Para —dije.
Darío se detuvo.
—¿Qué?
—Deja de caminar.
—¿Te molesta?
—Me estás mareando y me dan ganas de pegarle a algo.
—Eso último no es culpa mía.
—Hoy no me pruebes.
Darío se sentó.
Obedeció.
Eso, en otras circunstancias, habría sido una noticia para celebrar con trompetas.
El comunicador crujió.
—Marca legible —dijo Elvira—. Texto: NO TODOS VUELVEN.
Clara cerró los ojos.
Yo dejé de sentir la punta de los dedos.
No todos vuelven.
La casa siempre gana.
H-03 vuelve a ruta.
La Ruta C no estaba escondiendo a Iván. Lo estaba escribiendo sobre las paredes mientras nosotras leíamos desde detrás. Ese era el verdadero horror: sentir que la búsqueda ocurría dentro de un texto que alguien había preparado con calma.
—¿Dónde está esa marca? —preguntó Salvat por el comunicador.
—Antes del desvío a galería antigua.
Salvat miró el plano.
—Entonces lo están dirigiendo allí.
—O quieren que lo creamos —dijo Celia, con la voz rota de tanto equilibrio.
—Sí —respondió Salvat—. Pero la frase está antes del desvío. Si fuera solo cebo, lo pondrían hacia la salida. Esto marca destino.
Amina señaló otra línea del plano.
—La galería antigua tiene una salida al patio de proveedores, pero también un cierre al pabellón de actos.
—¿Se puede bloquear desde fuera? —preguntó Bruno.
Gómez Rivas respondió desde el comunicador, como si nos hubiera oído:
—La salida al pabellón está tapiada parcialmente. La de proveedores, cerrada con reja. Si alguien está dentro, puede quedar sin salida útil.
Sin salida útil.
Otra frase para la colección de horrores.
La búsqueda avanzó por dos frentes. Elvira desde el paso de biblioteca.
Falcón y Roldán desde el ala norte. Seguridad desde proveedores.
En el plano, las líneas se acercaban como dedos alrededor de un punto: galería antigua.
Yo miraba el papel y trataba de no imaginar a Iván caminando allí.
O siendo llevado. O despertando. O esperando. O no esperando ya nada.
No podía.
No debía.
Pero la mente no obedece protocolos.