Capítulo 20
El Aurora amaneció con más adultos que alumnos.
No literalmente, claro. Seguíamos siendo demasiados adolescentes encerrados en un edificio antiguo con traumas, uniformes y horarios.
Pero esa mañana, al salir de la habitación de Nora con la espalda hecha un acordeón, los ojos llenos de arena y el pelo en un estado que habría merecido expediente propio, tuve la sensación de que cada esquina había producido un adulto nuevo durante la noche.
Había seguridad externa junto a la escalera principal.
Prefectas en los descansillos. Profesores en los accesos a las residencias.
Dos técnicos revisando lectores de credenciales con cara de no haber pedido nunca trabajar en una novela gótica administrativa.
Incluso Roldán, el de Educación Física, estaba en el pasillo de Bruma con un café enorme y una mirada de perro guardián cansado.
—Buenos días —dijo al vernos.
—Eso está en revisión —respondí.
Roldán no sonrió del todo, pero casi.
—Circulación en grupos de tres mínimo.
—Somos cuatro y media —dijo Nora, señalando a Celia—. Ella cuenta doble por documentación.
Celia ni siquiera protestó. Mala señal: estaba demasiado concentrada en leer el comunicado nocturno, el nuevo, el que Falcón había enviado a las siete menos diez y que, por primera vez en la historia reciente del Aurora, usaba palabras que no parecían lavadas con suavizante institucional.
Durante la noche se localizó a una integrante del equipo de convivencia, Marina Siles, inmovilizada contra su voluntad en el ala norte.
Se han hallado indicios de manipulación de credenciales, suplantación de cuentas internas y colocación deliberada de objetos y documentos en varias escenas.
La investigación queda desde este momento bajo supervisión externa y dirección académica.
El alumnado deberá abstenerse de circular solo.
Se solicita a quien posea información no compartida que acuda a biblioteca, dirección o a la profesora Salvat.
Inmovilizada contra su voluntad.
Manipulación.
Suplantación.
Colocación deliberada.
Casi parecía un comunicado escrito por alguien que había abierto una ventana y descubierto que el aire oficial también podía respirar.
—No dice ataque —dijo Amina, que venía detrás con la rodilla vendada y una taza de té que no sé de dónde había sacado.
—No —respondió Celia—. Pero dice colocación deliberada.
—Progreso.
—Triste, pero sí.
—Y no menciona The Lookout como peligro —añadió Nora—. Estoy considerando enviarle una cesta de fruta a Falcón. Vacía, porque no hay que exagerar.
Martina me miró. Yo sabía qué estaba pensando.
Todas lo sabíamos. Que el comunicado era mejor, sí.
Que el colegio por fin empezaba a llamar a algunas cosas por nombres menos cobardes, también.
Pero que, precisamente por eso, la Casa —la red, el mecanismo, la gente con llaves, apellidos y manos prestadas— iba a sentirse más acorralada.
Y una casa acorralada no se convierte de pronto en biblioteca pública.
Cierra puertas. Empuja muebles. Busca salidas. O cuerpos.
Bajamos al comedor juntas.
Tres mínimo, habían dicho. Nosotras éramos una procesión.
En el comedor, la diferencia se notaba incluso en el ruido.
No era silencio. El Aurora nunca estaba del todo en silencio, salvo cuando una amenaza aparecía en el centro del patio con número y tiza.
Pero las voces habían bajado. Las mesas de casas estaban menos mezcladas que el día anterior, no por norma, sino por instinto.
Cumbre se había replegado alrededor de Rodrigo Mencía, aunque Rodrigo no estaba.
Dentro de la misma casa, Hugo desayunaba con nosotros bajo permiso de Falcón, mientras otros intentaban no mirarlo demasiado para no decidir todavía si su apellido era vergüenza, culpa o contagio.
Bruma parecía una casa en guardia. Lumbre, según Nora, “como siempre, pero con más proteína emocional”.
Iván no estaba en el comedor.
Eso me hizo buscarlo antes de recordar que era lógico.
Estaba con su madre en la zona de invitados de biblioteca, bajo custodia de Salvat y Berta.
Clara Marín había pasado la noche allí. Falcón había habilitado dos habitaciones pequeñas, normalmente usadas por ponentes externos, para que no tuvieran que cruzar residencias ni volver a recepción.
La palabra custodia sonaba horrible. La realidad era peor: un chico de nuestra edad y su madre encerrados en la parte más segura de una biblioteca porque alguien había escrito H-03 cayó mejor junto a un carro manipulado.
—No lo mires como si no verlo ya fuera noticia —dijo Bruno.
Estaba sentado a mi izquierda. Había llegado antes, con Mauro, pero se había movido a nuestra mesa sin hacer comentario. La muñeca seguía inmovilizada. Llevaba peor cara que el café del comedor, que ya era bastante.
—No estoy mirando.
—Estás mirando el hueco donde esperabas verlo.
—Tu capacidad de observación empieza a parecerme una invasión.
—Lo justo.
—No existe lo justo en ti.
—En ti tampoco.
Eso sí me sacó una sonrisa pequeña. Muy pequeña. Defensiva. Pero salió.
Darío entró diez minutos después.
Solo.
Ya no con esa soledad elegante de ayer, sino con una especie de aislamiento oficial.
Lo seguía una prefecta a distancia. No tenía prohibido hablar, al parecer, pero nadie se acercó.
Algunos alumnos de Cumbre lo miraron con desprecio nuevo, como si de pronto hubieran recordado que Darío nunca había sido exactamente de los suyos, sino un animal que les entretenía mientras mordía a otros.
Tomás no apareció. Marina Siles estaba en enfermería.
Rodrigo, según rumor controlado por Laura, estaba reunido con Falcón, Arriaga y una llamada externa del patronato.
La palabra patronato, a esas alturas, me producía el mismo efecto que una puerta chirriando en una película de terror barata.
Darío cogió una bandeja, eligió comida sin mirar y se sentó en una mesa vacía.
Nora lo observó.
—No sé qué hacer con la compasión cuando la persona me sigue cayendo fatal.
—No es obligatorio hacer nada —dijo Martina.
—Gracias. La guardaré en una bolsita para luego.
Laura apareció con su bandeja y se sentó sin saludar.
—Rodrigo está perdiendo control.
—Buenos días —dijo Celia.
—No hay buenos días. Rodrigo está perdiendo control.
—Vaya, entonces directo al tema.
Laura dejó la bandeja sin tocar.
—Álvaro Mencía no responde a la convocatoria. Claudia Arriaga respondió por abogado. Maël Ferrán del Valle aceptó declarar por videollamada. Tomás Cuervo mayor no ha sido localizado todavía.
Hugo cerró los ojos al oír el nombre de su hermano. No dijo nada. Iván no estaba allí para escuchar el de Héctor, menos mal. Aunque una parte de mí empezaba a desconfiar de todos los “menos mal”. En el Aurora, lo que alguien no escuchaba ahora solía llegar después, peor contado.
—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Amina.
Laura la miró como si la pregunta fuera un trámite desagradable.
—Porque Rodrigo habla cuando está nervioso. No con cualquiera. Con las personas que cree que siguen dependiendo de estar cerca de él.
—¿Tú sigues? —pregunté.
Laura sostuvo mi mirada.
—Menos que ayer.
No era una respuesta heroica. Era mejor.
El altavoz anunció que las clases de primera hora se mantenían, excepto para alumnos convocados a entrevistas o custodia de archivo.
Custodia de archivo. Qué frase tan ridícula y qué bien nos venía.
Falcón había convertido nuestra mesa de biblioteca en una especie de sala de trabajo protegida, lo bastante oficial para no parecer clandestina y lo bastante lateral para que el Comité de Convivencia no la devorara.
The Lookout seguía cerrado al público, pero su columna vertebral estaba en la biblioteca, entre anuarios, planos, fotos y frases que nadie quería ver impresas.
A las nueve, Salvat nos recibió con cara de mujer que había dormido tres horas y decidido seguir existiendo por disciplina.
—Marina Siles está consciente —dijo, antes incluso de que nos sentáramos.
—¿Puede hablar? —preguntó Celia.
—Poco. Berta está con ella. Falcón también.
Ha confirmado que recibió una orden desde la cuenta de Berta para revisar el punto cuatro del patio.
Después, alguien la llamó por su nombre en el corredor de convivencia.
Recuerda olor a paño húmedo, golpe en la cabeza o pérdida de fuerza, y despertar atada en la torre. No vio la cara.
—¿Dijo algo más? —preguntó Bruno.
Salvat apoyó una carpeta sobre la mesa.
—Repitió lo de anoche: “no era para mí”. Y añadió: “dijeron que el hijo estaba demasiado guardado”.
El hijo.
Iván.
La biblioteca pareció bajar de temperatura.
—No —dijo Martina.
No como negación de los hechos. Como si la palabra intentara poner una pared.
—Eso significa que Siles fue sustituta porque no pudieron acceder a Iván —dijo Amina.
—O porque quisieron que pensáramos eso —dijo Celia.
—Pero lo pensaron —añadí—. Aunque sea para que lo pensemos, lo pensaron.
Salvat no nos dejó quedarnos en la intuición.
—Falcón ha reforzado la custodia de Iván y Clara. Nadie entra en la zona de invitados sin registro doble y presencia de dos adultos. Ningún mensaje interno será aceptado como orden sin confirmación verbal directa. Y, Alma…
—Qué mal suena mi nombre cuando viene después de “y”.
—Iván quiere verte.
Eso me pilló por sorpresa. No porque Iván no quisiera hablar conmigo; últimamente demasiada gente quería hablar conmigo y casi siempre era señal de desastre.
Me pilló por sorpresa porque, después de lo de H-03, de su padre, de la frase del gimnasio, de la torre pensada quizá para él, no sabía qué parte de mí podía servirle de algo.
—¿A mí?
—A ti, a Martina y a Irene. También ha pedido que Nora no le lleve más chocolate “con cara de funeral”.
Nora se llevó una mano al pecho.
—Estoy siendo calumniada en mi labor humanitaria.
—Y que Celia no le pregunte horarios durante una hora.
Celia abrió la boca, la cerró.
—Eso es razonable.