Capítulo 20 #2
—Estoy orgullosa de esta mesa —dijo Nora—. Todos creciendo a costa de un trauma inasumible.
Fuimos a verlo después de dejar las fotos del punto 4 duplicadas y los planos del ala norte marcados.
No todos. Bruno quiso venir, pero se quedó con Hugo, Laura y Amina revisando los horarios de Marina, Tomás, Rodrigo y Darío.
Me miró al salir con esa cara de “no vayas sola” que ya no necesitaba convertirse en frase porque, efectivamente, no iba sola.
Martina a un lado. Irene al otro. Tres mínimo. Qué triste y qué tranquilizador.
La zona de invitados de biblioteca estaba detrás de la sala de conferencias, en un pasillo corto con dos habitaciones y un baño.
Había una mesa con agua, una cámara visible, dos sillas para adultos y una salida lateral bloqueada.
Salvat nos abrió con llave. Berta estaba dentro, sentada junto a la ventana.
Clara Marín hablaba por teléfono en voz baja, probablemente con su abogado o con alguien que todavía no entendía del todo cómo una beca escolar podía convertirse en una excavación familiar.
Iván estaba en una de las sillas, con el pelo revuelto, los ojos cansados y una libreta abierta sobre las rodillas.
—Hola —dijo.
—Hola —respondí.
Gran despliegue lingüístico.
Irene se sentó junto a él sin preguntar. Martina se quedó de pie hasta que Iván le indicó una silla. Yo me apoyé en la pared porque sentarme me parecía demasiado definitivo y quedarme de pie me permitía fingir que no estaba nerviosa.
—Me voy —dijo Iván.
La frase fue directa.
No triste.
No heroica.
Directa.
—Bien —respondí.
Pareció sorprendido.
—¿Bien?
—Sí.
—Pensé que dirías que no podía dejar que me echaran.
—No te echan. Te vas vivo, con tu madre, con pruebas y con tu nombre. Eso no es lo mismo.
Clara, desde el teléfono, me miró un segundo. No sonrió, pero algo en su cara se aflojó.
Iván bajó la vista a la libreta.
—Siento que si me voy, mi padre vuelve a irse.
—Tu padre no se fue porque quisiera —dijo Irene.
—Ya.
—Y tú no te vas porque ellos ganen. Te vas porque ahora sabes más que ayer y puedes decidir algo que él no pudo decidir.
Iván la miró.
Irene se puso roja, por supuesto, pero no retiró la frase. Bien por ella.
Martina añadió:
—Además, irte no significa desaparecer. Tu madre va a presentar la carta de la beca. Salvat tiene copia de las fotos. Falcón pidió expediente. The Lookout no puede publicar todavía, pero no se va a olvidar.
—The Lookout está cerrado.
—The Lookout es muy pesado —dije—. Es una de sus pocas virtudes.
Iván sonrió un poco.
—Quería darte esto.
Me tendió una hoja arrancada de la libreta.
La cogí con cuidado, como si el papel pudiera morderme. No era una pista. No era un documento antiguo. Era una lista escrita con su letra.
Cosas que sé de mi padre sin el Aurora:
Le gustaba arreglar bicicletas.
Odiaba las velas, pero no la oscuridad.
Hacía tortilla fatal y decía que era estilo propio.
Cantaba bajito cuando pensaba que nadie lo oía.
Una vez me dijo que no todos los sitios grandes son mejores.
Nunca quiso que yo pidiera perdón por preguntar.
Me quedé mirándola.
Y ahí sí.
Ahí casi lloré de verdad.
Porque después de tantos códigos, sellos, rutas, expedientes y frases horribles, Iván había hecho algo que el Aurora llevaba años impidiendo: había escrito a Héctor Luján sin convertirlo en H-03.
Lo había sacado del código. Lo había puesto a hacer tortilla mal.
A arreglar bicicletas. A cantar. A existir.
—Esto no deberías dármelo —dije, con la voz más baja.
—No te doy el original. Lo copié.
—Bien. Estás aprendiendo de Celia. Preocupante, pero útil.
Iván sonrió otra vez. Menos. Pero real.
—Quiero que lo tengas para cuando hables de él. Si algún día habláis.
Martina se tapó la boca con una mano. Irene miró al suelo. Yo doblé la hoja con mucho cuidado.
—No voy a hablar de él como expediente —dije.
—Ya lo sé.
No sabía si me merecía esa confianza. La cogí igual, porque a veces una recibe algo no porque lo merezca, sino porque tiene que estar a la altura después.
Clara terminó la llamada y se acercó.
—Nos iremos esta tarde —dijo—. Falcón quiere tomar declaración formal antes. Después vendrá un coche. No por la puerta principal.
—Bien —repetí.
—Y quiero pedirte algo.
—Claro.
—No conviertas a mi hijo en bandera.
La frase no fue dura, pero sí firme. Muy firme.
—No.
—Ni a Héctor.
Miré la hoja.
—Tampoco.
—Puedes contar lo que pasó, cuando se pueda contar. Pero no les quites lo único que el Aurora no les quitó del todo.
—¿Qué?
—Que son más que lo que les hicieron.
Asentí.
No supe decir nada mejor.
A veces una madre venía a un colegio de élite, en mitad de una investigación imposible, y te daba una lección de ética narrativa sin usar la palabra narrativa. Qué humillante y qué necesario.
Volvimos a la mesa de archivo con la hoja doblada dentro de mi libreta.
No se la enseñé a todos enseguida. No porque fuera secreto, sino porque necesitaba que siguiera siendo de Iván un rato más.
La guardé entre las páginas de cronología, justo detrás del documento donde Celia había escrito Héctor Luján — H-03 — no reducir a código.
Celia a veces daba miedo de lo bien que entendía lo importante.
Al mediodía, el colegio empezó a moverse alrededor de una noticia nueva: Tomás Cuervo admitía haber participado en “acciones de presión” contra Iván y contra The Lookout, pero negaba haber manipulado la estructura del gimnasio o escrito mensajes sobre H-03.
Según Laura, sus padres habían llegado con abogado y con una rabia muy selectiva.
Tomás decía que Rodrigo le había pedido crear “situaciones de tensión controlada” para demostrar que Alma reaccionaba mal bajo presión.
Tensión controlada. Me dieron ganas de enviar esa expresión a la misma hoguera donde ardían “baja voluntaria asistida” y “lesiones leves”.
—¿Y Rodrigo? —pregunté.
Laura estaba de pie junto a la mesa, con una carpeta bajo el brazo.
—Dice que Tomás exagera para salvarse.
—Claro.
—Y que Darío está resentido porque se le apartó del grupo.
—También claro.
—Y que tú estás manipulando a alumnos vulnerables para construir una acusación contra familias vinculadas al patronato.
—Ah, mi clásico.
Bruno, que revisaba un horario, levantó la cabeza.
—¿Lo dijo así?
—Casi. Con mejor sintaxis.
—No me sorprende que Rodrigo tenga buena sintaxis para ser un miserable —dijo Nora.
Salvat apareció entonces con Falcón. Las dos tenían cara de noticia mala o, peor, complicada.
—Claudia Arriaga ha aceptado hablar —dijo Falcón.
Nicolás, sentado junto a Hugo, se quedó rígido.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. Videollamada. Con abogado presente.
—Qué acogedor.
—Álvaro Mencía sigue sin responder.
—Porque no necesita —dijo Darío desde la puerta.
No sabíamos cuánto llevaba allí. Venía con la prefecta detrás, pero ya parecía menos custodiado y más simplemente vigilado. La diferencia era sutil, pero la noté.
—¿Por qué? —preguntó Falcón.
Darío miró a Laura antes de contestar.
—Porque mientras todos esperáis que Álvaro responda, alguien aquí sigue moviendo cosas con acceso actual.
—Marina Siles está en enfermería —dijo Berta, llegando detrás.
—Y su cuenta no movió a Iván.
El aire cambió.
—¿Qué significa eso? —preguntó Martina.
Darío sacó una hoja doblada del bolsillo.
Berta se tensó.
—¿Qué es?