Capítulo 19 #3
Si Marina Siles era la culpable cómoda adulta, Berta era la siguiente contaminación.
La orientadora que había empezado a usar palabras como agresión.
La adulta que había creído a Irene, a Iván, a Nicolás, a nosotras.
La que se había quedado en la sala para impedir que corriéramos hacia la trampa. Por supuesto que había que mancharla.
La Casa no solo sacrificaba alumnos.
También corregía adultos que se salían del guion.
Berta se sentó despacio.
—Usaron mi cuenta.
—O hicieron que pareciera —dijo Celia enseguida.
Berta la miró con una gratitud rápida.
—Sí.
Falcón apoyó las manos sobre la mesa.
—A partir de este momento, las cuentas internas dejan de ser prueba suficiente para atribuir mensajes. Todo requiere verificación externa, testimonio, registro físico y contraste de ubicación.
—Eso debería haber sido desde el principio —dije.
—Sí —respondió Falcón.
Otro sí.
Ya no me sorprendió tanto. Me cansó y me alivió a partes iguales.
Salvat colocó sobre la mesa una copia del plano del ala norte y marcó el recorrido probable de Siles. No era lineal. Había puntos ciegos, accesos de servicio y un tramo de escalera que no figuraba en el plano nuevo. La misma canción. Siempre la misma.
—¿Qué dijo Marina antes de perder conciencia? —preguntó Bruno.
Berta dudó.
—Una frase. La repitió dos veces.
—¿Cuál?
Berta miró hacia la puerta, como si le preocupara que el pasillo pudiera oír.
—“No era para mí.”
El silencio volvió.
No era para mí.
El farol no era suyo.
La frase cambiaba de cuerpo, pero no de forma.
—¿El qué no era para ella? —preguntó Martina.
—La torre —dijo Darío.
Lo miramos.
—No era para ella. La pusieron en un sitio preparado para otra persona.
—¿Para quién? —preguntó Irene.
Darío no contestó.
Porque todos lo sabíamos.
O creíamos saberlo.
Alma Vera García. La chica que corría hacia las puertas.
La que habría seguido el punto 4. La que habría encontrado la bolsa.
La que habría subido al ala norte si no la hubieran detenido.
La que podía terminar en una torre con humo frío, una ventana abierta, una barandilla vieja y un comunicado explicando que su relato persecutorio había acabado en tragedia.
Sentí que la habitación se inclinaba.
Bruno se acercó un poco.
No me tocó.
Eso lo agradecí.
Falcón habló con voz baja:
—Alma, necesito que escuches esto con cuidado. No tenemos certeza de que la escena estuviera preparada para ti. Pero sí tenemos indicios de que tu reacción esperada era parte del diseño.
—Mi reacción esperada —repetí.
—Correr.
La palabra no dolió porque fuera mentira.
Dolió porque era verdad.
Martina me cogió la mano.
Esta vez no la aparté.
—No corriste —dijo.
No sé si me lo dijo para consolarme o para recordarme algo que el miedo estaba intentando borrar.
No corrí.
Marina Siles estaba viva.
La bolsa no había bastado.
La torre no había cerrado el relato.
La Casa había preparado una escena para alguien que, por primera vez, no entró.
Y aun así no sentí victoria.
Sentí frío.
Porque si la trampa era para mí y habían usado a Marina como sustituta cuando yo no aparecí, entonces el patrón era todavía más cruel de lo que imaginábamos.
La casa acepta sustitutos.
Lo había dicho desde el principio.
Y nosotras acabábamos de comprobar que no era una amenaza solo para alumnos.
Esa noche, Falcón ordenó cierre total del ala norte, auditoría externa de cuentas, suspensión de todo el personal de convivencia con acceso azul hasta verificación y custodia adulta de Marina Siles en enfermería.
Berta quedó apartada temporalmente de accesos informáticos, no por sospecha, sino por protección de su identidad digital, aunque la palabra apartada le hizo daño igual.
The Lookout siguió cerrado, pero Salvat nos permitió redactar un documento interno de hechos contrastados, sin publicación. Celia lo tituló:
Cronología de suplantaciones, objetos colocados y sustituciones.
Nora propuso subtítulo:
O cómo una casa de mierda intenta limpiar demasiado.
Celia no lo incluyó.
Pero lo guardamos en la cabeza.
Antes de retirarnos, Darío se quedó junto a la puerta de biblioteca. Parecía agotado de una forma nueva, sin el placer de hacerse notar.
—Vera —dijo.
—Qué.
—No era para Siles.
—Ya lo sé.
—Y quizá mañana será para otro.
—También lo sé.
—Entonces deja de pensar que la única forma de impedirlo es ponerte tú delante.
Me quedé mirándolo.
—Qué curioso que me lo digas tú.
—Sí.
—No te pega.
—No.
—¿Por qué lo dices?
Darío miró hacia el pasillo por donde habían llevado a Marina Siles.
—Porque yo llevo años poniéndome detrás de los que empujan y diciéndome que, mientras no sea mi mano, no es mi culpa.
No supe qué responder.
Él tampoco esperó respuesta.
—No funciona —añadió.
Y se fue.
Bruno, que había escuchado desde la mesa, no dijo nada. Martina tampoco. Nora abrió una almendra y la partió en dos con los dientes como si quisiera castigar al universo en miniatura.
Yo miré el plano del ala norte.
El punto cuatro.
La torre.
La bolsa-cebo.
La mujer de la credencial azul.
Y entendí algo que no me gustó nada.
La Casa de los Intocables no era invencible porque nadie la viera.
Era invencible porque, durante años, demasiada gente la había visto desde la distancia correcta para no sentirse responsable.
Quizá eso empezaba a cambiar.
Quizá por eso empezaba a ponerse más peligrosa.