Capítulo 19 #2
La palabra abrió otra ruta, una más fea.
Si Siles aparecía caída, golpeada, asfixiada por humo o al borde de una ventana, todo podía cerrarse con una explicación cómoda: auxiliar culpable entra en pánico, huye, se quita de en medio.
Qué ordenado. Qué limpio. Una casa limpia siempre necesitaba alguien que, además de culpable, pareciera derrotado por su culpa.
—Falcón tiene que saberlo —dije.
Berta ya estaba hablando:
—Directora, posible montaje de huida o autolesión. Prioridad: localizar con vida, no asumir responsabilidad. Repito: no asumir responsabilidad.
La respuesta de Falcón llegó baja:
—Recibido.
Apreté los ojos.
Localizar con vida.
No me gustó que hubiera que decirlo.
El plano de la mesa mostraba el segundo tramo de la escalera y, más arriba, dos opciones: a la izquierda, sala alta de depósitos; a la derecha, corredor de ventilación hacia la antigua torre. Celia señalaba con el lápiz.
—Si el registro marcó escalera antigua, pero el último punto no se actualizó, puede que el lector de arriba esté desconectado.
—O bloqueado —dijo Hugo.
—La torre tiene caída posible —dijo Nicolás.
—La sala de depósitos tiene objetos para montar escena —dijo Amina.
—Y el corredor de ventilación tiene humo si quieren repetir patrón —añadió Bruno.
Todas las opciones eran malas. El Aurora era muy generoso con las opciones malas.
El comunicador volvió a sonar.
—Sala alta de depósitos despejada —dijo Roldán—. Hay marcas recientes en polvo. Alguien arrastró algo hacia corredor de ventilación.
Berta repitió:
—No asumir que fue ella.
—No asumimos.
Darío se levantó.
—Va a estar en la torre.
—Siéntate —dijo Berta.
—No, escuchad. Rodrigo dijo una vez que las mejores caídas son las que ya tienen historia.
La torre del ala norte no es como la meteorológica, pero tiene leyenda.
Una alumna se rompió una pierna allí hace años.
Si Siles aparece en el corredor, es accidente técnico. Si aparece en la torre, es relato.
—¿Cuándo dijo Rodrigo eso? —pregunté.
Darío me miró.
—Después de que tú volvieras en tercero. Cuando anunció la Vigilia. Dijo que el Aurora estaba lleno de sitios que ya venían con explicación incluida.
Me dio frío.
Sitios que ya venían con explicación incluida.
Eso era exactamente lo que habían hecho con el patio de mantenimiento, la galería oeste, el gimnasio, la escalera baja. No inventaban peligros de la nada. Usaban lugares donde el peligro parecía natural, plausible, casi tradicional. El Aurora era una reserva de accidentes verosímiles.
Berta transmitió la información.
—Elvira, priorizad torre. Posible construcción de escena en punto con antecedente histórico.
La respuesta no llegó.
Solo estática.
Berta repitió.
Nada.
—No hay señal —dijo.
El silencio después fue horrible.
Mi cuerpo se levantó.
No decidí levantarme. Simplemente, de pronto estaba de pie.
Bruno también.
Martina me agarró la muñeca.
—Alma.
—No voy a ir sola.
—No vas a ir.
—No hay señal.
—Por eso no vas.
—Martina.
—No.
Su no fue tan firme que chocamos contra él. No contra una orden adulta. Contra Martina. Contra todo lo que había estado sosteniéndome mientras yo confundía moverme con salvar. La miré con rabia, con miedo, con una desesperación tan infantil que me dio vergüenza.
—Si pasa algo… —empecé.
—Ya está pasando algo —dijo—. Y tú aquí estás ayudando.
—Estoy sentada.
—Estás evitando que la trampa tenga tu cuerpo dentro.
No tuve respuesta.
O sí. Tenía veinte. Todas malas.
Nora se acercó a mi otro lado.
—Además, si sales corriendo, voy detrás, y yo corro fatal. Sería humillante y peligroso.
—Nora.
—Estoy salvándote con egoísmo. Agradécelo.
Casi lloré.
No lo hice.
Pero casi.
El comunicador volvió a la vida con un golpe de estática.
—Aquí Elvira —dijo una voz entrecortada—. Localizada Marina Siles. Torre norte. Con vida. Repito: con vida. Está atada a la barandilla interior. Semiconsciente. Hay humo frío, bote de bengala apagado o similar. Ventana abierta. Necesitamos enfermería y seguridad.
Con vida.
La biblioteca respiró.
No fue alivio completo. Fue supervivencia momentánea.
—Atada —dijo Amina.
—Entonces no huía —dijo Bruno.
—Y no se estaba suicidando —añadió Nicolás, con voz áspera.
Berta cerró los ojos un segundo, luego respondió:
—Recibido. Enfermería sube. No retiréis ataduras sin registro salvo riesgo vital.
—Riesgo de caída controlado —dijo Roldán por detrás—. La sujetamos. Procedemos con fotos rápidas y corte.
Se escucharon voces, pasos, una tos. Marina Siles, quizá. Un llanto o un gemido. Algo cayó al suelo. Luego Falcón:
—Berta, queda constancia: Marina Siles encontrada inmovilizada contra su voluntad. No se asume autoría de los objetos del rellano.
Darío soltó aire.
—Llegaron antes.
No sé si lo dijo con alivio o con sorpresa.
—Porque no corrimos hacia la bolsa —dijo Celia.
La miramos.
—Si hubieran bajado tras ver la bolsa, o si nosotras hubiéramos ido, la torre habría quedado sola más tiempo. Darío tenía razón. La bolsa era cebo.
Darío no sonrió.
—No digas eso muy alto. Me estoy reformando poco y no quiero presión.
—No te estás reformando —dije.
—No. Pero estoy menos equivocado que ayer.
—Eso sí.
Una mejora mínima. Casi ridícula. En el Aurora, a veces, eso era una revolución moral.
Tardaron diecinueve minutos en bajar a Marina Siles del ala norte.
La llevaron por el corredor lateral, no por el vestíbulo.
Aun así la vimos pasar desde la puerta de biblioteca porque Salvat permitió abrirla solo lo suficiente.
Marina era una mujer de unos treinta y pocos años, pelo oscuro recogido de cualquier manera, rostro grisáceo, ojos entreabiertos.
Llevaba la correa azul de convivencia colgando torcida del cuello.
Tenía marcas rojas en las muñecas, polvo en la ropa y una mancha negra en la manga.
No parecía una villana detenida. Parecía alguien a quien habían subido a una torre para dejarla allí con la historia puesta encima.
Berta salió con enfermería. Falcón entró después, muy seria.
—Está viva —dijo.
Nadie pidió más por un segundo.
Viva bastaba.
Luego, claro, no bastó.
—¿Qué dice? —preguntó Amina.
—Está confusa. Recuerda haber recibido una orden de revisar el punto cuatro desde una cuenta de dirección. Luego alguien la golpeó o la hizo inhalar algo. No recuerda subir a la torre.
—¿Tenía pruebas encima? —preguntó Celia.
—En el rellano había una bolsa con su sello, una copia de la lista falsa, un farol R-C/03, tarjetas antiguas de acceso y un borrador de comunicado confesando manipulación de The Lookout.
—Un comunicado confesando —dijo Nora—. Qué persona tan organizada para estar atada en una torre.
—Precisamente —respondió Falcón.
—¿Quién firmaba la orden? —pregunté.
Falcón miró a Berta, que acababa de volver.
—Mi nombre —dijo Berta.
Berta.
La sala se congeló.
—No fui yo —añadió.
No hacía falta que lo dijera.
Pero lo dijo igual.
Y entonces entendí el siguiente movimiento.