Capítulo 19
No ir al ala norte fue una de las cosas más difíciles que hice en el Aurora.
Y eso que, en este colegio, la competencia era bastante fuerte.
Había sobrevivido a habitaciones con secretos, puertas que se abrían con mi nombre, mensajes falsos, faroles antiguos, humo, listas plantadas, gimnasios con objetos rodantes y adultos capaces de llamar “pausa pedagógica” a lo que cualquier persona normal llamaría “por favor, que alguien pare esta locura”.
Pero quedarme sentada mientras Falcón, Elvira, Roldán, Gómez Rivas y seguridad externa salían hacia el ala norte me costó más que muchas estupideces heroicas.
Porque mi cuerpo no entendía de evolución narrativa.
Mi cuerpo quería levantarse.
Mi cuerpo quería correr.
Mi cuerpo quería llegar antes, mirar primero, tocar lo que no debía, abrir puertas, gritar nombres, salvar a alguien o, si no podía salvarlo, al menos estar allí para sentir que la culpa me pertenecía con cierta propiedad.
Era un cuerpo muy antiguo, el mío, en algunas cosas.
Un cuerpo de becada que había aprendido que, si no corría, otros decidían por ella; que, si no miraba, otros escribían; que, si no estaba presente, luego tendría que tragarse una versión oficial con margen justificado y palabras suaves.
Pero esta vez me quedé sentada.
En la sala pequeña de biblioteca.
Con Bruno a un lado, Martina al otro y Darío enfrente, sin sonrisa.
Eso último, sinceramente, era casi más inquietante que el ala norte.
—No vas a durar —dijo Darío.
Lo miré.
—¿Perdón?
—Sentada. No vas a durar. En tres minutos estás en el pasillo.
—Qué fe tan emocionante tienes en mi capacidad de empeorar situaciones.
—No es fe. Es experiencia.
Bruno levantó la vista.
—Cállate.
Darío lo miró con cansancio.
—¿Te duele la muñeca o la personalidad?
—Hoy, la paciencia.
—Pues te queda poca.
—Conserva la tuya para cuando Rodrigo decida si sigues siendo útil.
La frase golpeó justo. Darío bajó la mirada a la mesa. No respondió. Eso fue casi desagradable. Cuando una lanza algo para herir y acierta demasiado, el silencio posterior no siempre sabe a victoria. A veces sabe a haber usado un cuchillo que te habían dejado demasiado a mano.
Berta, que se había quedado con nosotros por orden de Falcón, se acercó a la mesa.
—Necesito que todos entendáis algo. Si Marina Siles está implicada, puede ser peligrosa. Si no lo está, puede estar en peligro. Si está siendo colocada como culpable, cualquier movimiento impulsivo puede servir para cerrar esa versión.
—Lo sabemos —dijo Martina.
—Alma también.
—Estoy aquí —dije.
Berta me miró.
—Lo sé.
—Lo digo porque últimamente la gente habla de mi impulso homicida hacia las decisiones prudentes como si yo no estuviera presente.
—Nadie ha dicho homicida.
—Lo sentí en el ambiente.
Nora, desde la puerta, levantó una mano.
—Yo sí lo pensé un poco.
—Gracias por tu honestidad tóxica.
—Para eso estoy.
Nos habían trasladado de la sala de entrevistas a la mesa de archivo de biblioteca porque Salvat necesitaba planos.
Esa fue la palabra que me salvó de salir corriendo: planos.
No los planos nuevos, por supuesto, esos folletos higiénicos donde el Aurora parecía un colegio sin agujeros.
Planos viejos. Copias de mantenimiento. Reformas de 1998, 2006, 2014 y 2019.
Salvat los sacó de un armario metálico con una llave pequeña que llevaba colgada del cuello, detalle que me hizo preguntarme cuántas llaves privadas existían en este colegio y cuántas historias habían sobrevivido solo porque una bibliotecaria desconfiaba de los archivos compartidos.
Celia extendió el primer plano sobre la mesa.
—Ala norte —dijo—. Escalera antigua, pasillo superior, antiguo observatorio, sala de depósitos, torre de ventilación, acceso clausurado al corredor técnico.
—El registro de Siles marcó escalera antigua —dijo Berta, leyendo su tablet—. Pero no necesariamente llegó hasta arriba.
—Si la están colocando, querrán un sitio con relato —dijo Darío.
Todos lo miramos.
Él se encogió de hombros.
—¿Qué? Rodrigo siempre habla de relato. Hasta para pedir café parece que esté organizando una genealogía.
—Define sitio con relato —dijo Celia.
Darío se inclinó sobre el plano.
—Uno que parezca huida, culpa o caída. Si Siles figura como la de la credencial azul, necesitan que la encuentren con algo que la ate al mecanismo: una llave, un sello, un farol, una impresora, una nota. Pero no la pondrían en un pasillo cualquiera. Eso sería pobre.
—Qué consideración estética del crimen —murmuró Nora.
—Estoy diciendo cómo piensan.
—Y lo haces con demasiada comodidad.
—Sí.
Otro sí.
Lo odié un poco menos por decir la verdad y un poco más por haberla aprendido tan bien.
Hugo señaló una zona del plano.
—La escalera antigua conecta con el corredor de ventilación. Mi hermano dijo que algunas rutas de Vigilia usaban pasos altos para bajar faroles por poleas. Si alguien quiere simular que Siles manipulaba luces o faroles desde arriba, la llevaría cerca del sistema de poleas.
—¿Sistema de poleas? —pregunté.
—Antiguo. Decorativo, supuestamente.
—En este colegio “decorativo” ya significa “arma pendiente de contexto”.
Salvat buscó otro plano. Lo desplegó encima con cuidado.
—Aquí. Reforma de la sala de faroles, 2014. Se mencionan poleas de suspensión retiradas parcialmente del ala norte tras la cancelación de rutas antiguas.
—Retiradas parcialmente —repitió Amina, entrando con Irene—. Qué frase tan útil para dejar piezas.
Irene venía detrás, con una libreta pequeña. Iván no. Iván estaba con su madre y con Salvat hasta hacía unos minutos, pero Berta había decidido que no participara en ninguna reconstrucción de rutas por razones que hasta yo acepté sin discutir. Pequeño milagro adicional.
—¿Elvira sabe lo de las poleas? —preguntó Bruno.
Berta habló por comunicador.
—Elvira, posible conexión de escalera antigua con sistema de poleas de ruta. Revisad corredor de ventilación y sala alta de depósitos. No asumáis fuga lineal.
La respuesta llegó con estática.
—Recibido. Estamos en primer descanso. No hay rastro visual. Puerta de segundo tramo cerrada desde dentro.
Darío levantó la cabeza.
—No está cerrada desde dentro.
Berta lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si quieren que parezca que Siles se encerró, el cierre dirá dentro. Pero alguien con llave de servicio puede bloquear el resbalón desde fuera usando la ranura lateral. Tomás lo hizo una vez en los vestuarios para dejar encerrado a un alumno de Lumbre.
—¿Y tú lo viste? —pregunté.
—Me reí.
La respuesta fue tan horrible, tan innecesariamente honesta, que nadie dijo nada.
Darío apretó la mandíbula.
—Ya sé.
—No —dijo Irene, muy bajo—. No lo sabes. Pero quizá estás empezando.
Eso lo descolocó. A Darío Mencía, que podía contestar a casi cualquier ataque, lo dejó sin frase una chica que todavía se ponía roja al hablar.
Me pareció una pequeña justicia poética.
El Aurora producía monstruos de pasillo, sí, pero también chicas como Irene, que podían atravesarlos con una oración sencilla.
Berta transmitió la información del bloqueo externo. Hubo un silencio largo por comunicador. Luego la voz de Roldán:
—Confirmado. Hay cuña en ranura lateral. Puerta bloqueada desde fuera. Procedemos.
La mesa entera se inclinó por dentro hacia esa voz.
No podía verlos, pero los imaginé: Elvira con linterna, Roldán forzando la puerta, Gómez Rivas revisando cables, Falcón intentando no correr, seguridad externa detrás.
Me imaginé el ala norte, su frío, su polvo, sus ventanas altas.
Me imaginé a Marina Siles del otro lado, culpable, víctima o las dos cosas.
Y me quedé sentada. Sentada. Con las uñas clavadas en la palma sana y Martina mirándome de reojo como si pudiera sostenerme sin tocarme.
La puerta debió de abrirse porque el comunicador estalló en ruido.
—Segundo tramo abierto —dijo Elvira—. Hay luz al fondo. Olor a humo, no activo. Una bolsa en el rellano.
Berta cerró los ojos.
—No tocar sin registro.
—Lo sé —respondió Elvira, seca.
—Perdón.
—No, gracias.
Otra conversación mínima entre adultas que estaban aprendiendo a hablarse sin barniz mientras el colegio se les caía encima. Qué raro era ver crecer a los adultos también. No los volvía inocentes, pero a veces los volvía útiles.
—¿Qué bolsa? —preguntó Falcón por el canal, más lejos.
Elvira respondió:
—Bolsa de tela azul. Sello de convivencia. Visible un farol antiguo en interior. También… documentos.
Darío cerró los ojos.
—Demasiado fácil —dijo.
—Sí —dijo Celia.
—¿Qué clase de documentos? —preguntó Berta por comunicador.
—No se manipulan aún. Se ven copias con logo de The Lookout, una tarjeta de acceso y un sello de coordinación. Parece un paquete completo.
—Un kit de culpable —dije.
Salvat anotó esa frase. Me sentí extrañamente orgullosa.
—Marina no está en el rellano —continuó Elvira—. Seguimos subiendo.
La biblioteca se volvió una caja de respiraciones.
Nora intentó abrir la bolsa de frutos secos y se le cayeron dos al suelo. Nadie hizo broma. Eso demostraba la gravedad de la situación de manera más fiable que cualquier sirena.
—Si quieren colocarla como culpable, ¿por qué no dejarla con la bolsa? —preguntó Martina.
—Porque una culpable encontrada inconsciente junto a pruebas parece víctima —dijo Amina.
—Una culpable huyendo hacia arriba parece culpable —añadió Bruno.
—O suicida —dijo Nicolás desde la puerta.
No lo habíamos visto entrar. Tenía la cara pálida y los ojos hundidos. Se había escapado de la vigilancia de Cumbre o le habían permitido venir. Con Nicolás nunca sabía qué parte era permiso y qué parte era desacato con buenos zapatos.
—No digas eso —dijo Irene.
—Lo siento.
Pero ya lo había dicho.
Suicida.