La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

En la cartulina había escrito:

Si el perro ladra, la casa mira a otro lado.

Nora, al otro lado de la puerta, habría apreciado mucho la frase si no estuviera tan harta de vivir dentro de metáforas ajenas.

Salvat giró la tarjeta.

En el reverso había una marca en tinta azul: un pequeño sello de convivencia.

No de Rodrigo.

No de Cumbre.

Convivencia.

Berta se puso pálida.

—Ese sello se guarda en la oficina de coordinación.

—¿Quién tiene acceso? —pregunté.

Berta no contestó enseguida.

Falcón sí.

—Yo. Arriaga. Berta. Elvira. Dos auxiliares de convivencia. Y prefectura administrativa.

—¿Dos auxiliares? —preguntó Bruno.

Berta cerró los ojos un segundo.

—Marina Siles y Óscar Lera.

Nombres nuevos.

Puertas nuevas.

La casa se agrandaba.

—¿Quién estaba de turno el día del patio? —preguntó Martina.

Berta abrió su tablet. Consultó.

—Marina Siles.

—¿Y el apagón parcial? —preguntó Celia desde fuera, porque naturalmente ya había encontrado la manera de oír lo suficiente para participar.

Berta la miró a través de la puerta entornada, pero no la echó.

—Siles cubría galería de retratos antes de ser reasignada al patio central.

—¿Y el gimnasio? —pregunté.

Berta siguió revisando.

—Siles estaba asignada a control de material ceremonial antes de la clase de Roldán.

El silencio fue espeso.

Marina Siles.

Una adulta o auxiliar de convivencia. Acceso a sellos. Correa azul. Rutas. Material. Galería. Patio. Gimnasio.

Demasiado.

Tan demasiado que otra vez podía ser trampa.

—Puede ser demasiado perfecto —dije.

Darío me miró.

—Ahí está. Ya aprendes.

No me gustó que él lo dijera.

—No te emociones. Sigo queriendo darte una patada.

—Lo merezco.

—Sí.

Berta se levantó.

—Hay que localizar a Siles.

Falcón ya estaba marcando un mensaje.

—Elvira, localiza a Marina Siles. Sin aviso previo. No la dejes acceder a oficina ni dispositivos.

La respuesta tardó unos segundos.

Luego llegó por comunicador, con estática.

—Marina Siles no está en su puesto. Su credencial registra salida del edificio principal hace doce minutos.

Falcón se quedó inmóvil.

—¿Destino?

—Ala norte. Registro de acceso a escalera antigua.

El cuerpo me reaccionó antes que la cabeza.

Ala norte.

Escalera antigua.

La torre.

No la torre meteorológica de Lucía, quizá. No necesariamente. Pero el Aurora tenía demasiadas alturas antiguas y demasiadas formas de convertir una caída en explicación.

—No —dije.

Bruno me miró.

—Alma.

—No voy a correr sola.

Me levanté igual.

Falcón fue más rápida que todos.

—Nadie sale por su cuenta. Elvira, activa cierre de ala norte. Roldán, Gómez Rivas, seguridad externa, conmigo. Salvat, biblioteca cerrada. Berta, quédate con el alumnado.

—Si Siles está huyendo… —empecé.

—No vas —dijo Falcón.

—No he dicho que fuera.

—Lo ibas a decir.

—Me estoy volviendo predecible y eso me preocupa.

Falcón me sostuvo la mirada.

—No. Te estás volviendo consciente de que lo ibas a decir. Eso es distinto.

Otra adulta con frase útil. Insoportable.

Pero no pude discutir. No después de haber visto el punto 4 desde arriba.

No después de no haber pisado la trampa.

No después de entender que, si salía corriendo hacia el ala norte, podía regalar exactamente la siguiente foto: Alma persigue a auxiliar de convivencia, Alma entra en zona cerrada, Alma altera escena, Alma vuelve a estar donde el sistema necesita que esté.

Me senté.

Con una rabia que me ardió en la garganta.

Pero me senté.

Darío me miró como si acabara de ver algo que no entendía.

—Vaya —dijo.

—Cállate.

—No he dicho nada malo.

—Tu tono existe.

Por primera vez, Darío sonrió un poco.

No como antes.

No con superioridad.

Casi con cansancio.

—Siles no es la casa —dijo.

—¿Qué?

—Marina Siles. No es la casa. Es una puerta.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la casa no corre hacia el ala norte con su propia credencial cuando la miran. La casa manda a alguien a correr por ella.

Falcón, que iba saliendo, se detuvo.

—Explícate.

Darío se encogió de hombros, pero la indiferencia ya no le salía bien.

—Si Siles está allí, no está huyendo. La están llevando a un sitio donde parecerá que huye.

Otra vez.

El alumno equivocado.

El culpable cómodo.

Ahora la auxiliar perfecta.

La Casa de los Intocables no dejaba de producir cuerpos en lugares convenientes.

Falcón miró a Elvira, que había vuelto al pasillo corriendo.

—Cambio de prioridad —dijo—. No asumimos fuga. Asumimos posible colocación de culpable. Seguridad máxima.

Elvira asintió y salió.

Yo me quedé en la silla, con las manos cerradas, odiando cada músculo que quería levantarse.

Bruno se sentó a mi lado.

No dijo nada.

Eso ayudó más que cualquier frase.

Darío, frente a mí, había perdido la sonrisa de nuevo.

—Vera —dijo al cabo de un momento.

—Qué.

—Rodrigo no va a caer por Tomás. Ni por mí. Ni por Siles. Si cae, será porque alguien demuestra quién le dio permiso para creer que nunca iba a tocar el suelo.

Lo miré.

—Entonces habrá que quitarle el suelo.

Darío sostuvo mi mirada.

Por primera vez, no pareció divertido.

Pareció de acuerdo.

Y eso, sinceramente, me dio más miedo que cuando sonreía.