La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

No era una cara limpia, ni arrepentida, ni digna de compasión automática.

Seguía siendo Darío. Seguía teniendo algo duro alrededor de los ojos, algo desagradable en la forma de mirar como si calculara la debilidad ajena antes de decidir si la pisaba.

Pero la sonrisa se le había ido, y sin ella parecía más joven y más mezquino.

También más asustado. No hay nada más incómodo que descubrir miedo en alguien a quien una preferiría odiar sin matices.

Falcón salió detrás.

—Alma —dijo.

Me levanté.

—¿Sí?

—Darío quiere hablar contigo.

Martina se puso en pie al mismo tiempo.

—No sola.

—No sola —dijo Falcón.

Bruno también se levantó.

Darío lo miró y soltó una exhalación casi risueña.

—¿También viene el mártir de la muñeca?

—Si te molesta, sí —respondió Bruno.

—Me molesta casi todo de ti, Sada.

—Bien.

Falcón intervino.

—Entrarán Alma, Martina y Bruno. Berta y yo estaremos presentes. Salvat registrará.

—¿Y yo? —preguntó Laura.

Darío la miró.

—Tú ya sabes demasiado y finges que no. Quédate fuera.

Laura no se movió, pero su cara cambió.

—Cobarde —dijo.

Darío no contestó.

Eso lo dejó peor que cualquier insulto.

Entramos.

La sala pequeña de biblioteca tenía una mesa redonda, cuatro sillas y una ventana que daba a un patio interior sin faroles, gracias a Dios.

Falcón se sentó junto a Berta. Salvat se quedó cerca de la puerta con una libreta.

Darío no se sentó. Caminó hasta la ventana, se apoyó en el marco y miró hacia fuera como si pudiera permitirse el lujo de hacer esperar a todo el mundo.

Esa maniobra habría funcionado mejor si no le temblaran un poco los dedos.

—Habla —dije.

Martina me rozó el brazo.

—Por favor —añadí, con una sonrisa que probablemente no ayudó.

Darío se giró.

—Rodrigo no puso la estructura del gimnasio.

—Qué alivio. Ya podemos dormir —dije.

—Pero sabía que alguien iba a mover algo.

La frase cayó sobre la mesa.

Bruno se adelantó medio paso.

—¿Quién?

Darío lo miró.

—¿Tú siempre haces preguntas como si pudieras pegarles?

—Cuando la gente contesta como si quisiera que le pegaran, sí.

—Bruno —dijo Berta.

Darío se pasó una mano por la cara. Ese gesto no era suyo. Era demasiado cansado.

—Rodrigo sabía que iba a haber un punto cuatro. No sabía dónde. O dijo que no sabía dónde. Con Rodrigo es difícil distinguir entre no saber y haber decidido no ensuciarse con el detalle.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo sabía que Tomás iba a hacer un movimiento durante la prueba.

—¿Qué movimiento?

—Rozar. Empujar. Molestar. Nada… —Se detuvo.

—Nada grave —terminé.

Su cara se cerró.

—Sí. Eso.

—Como con Iván.

—Sí.

Me costó no levantarme.

De verdad.

Me costó físicamente.

Martina lo notó. Bruno también. Berta también. Darío, por supuesto, también. Lo vio y no sonrió. Eso fue lo único que hizo bien.

—Tomás creía que estaba haciendo teatro —dijo—. Que iba a hacer que Iván pareciera torpe, que Alma saltara, que The Lookout hiciera ruido. Rodrigo quería presión, no sangre.

—Qué considerado.

—No estoy defendiéndolo.

—Suena un poco a “mi amigo solo quería asustar al becado y manipular a la chica con mala fama, no herir a nadie con faroles homicidas”.

Darío apretó la mandíbula.

—Rodrigo no es mi amigo.

—Ah, perdón. ¿Tu dueño?

Esta vez sí le dolió.

Bien.

O mal.

No lo sé.

—Alma —dijo Martina.

Darío miró hacia la ventana.

—No sabes nada.

—Entonces explícame.

—Rodrigo no necesita dueños. Los tiene a todos convencidos de que obedecerle es elegir bien.

La frase no era defensa. Era diagnóstico.

—¿Tú obedeciste? —preguntó Bruno.

—Yo improvisé.

—¿Qué significa eso?

Darío se rio sin alegría.

—Significa que Rodrigo me dijo que mantuviera a Alma pendiente de los pies. Que dijera algo en el patio, que empujara un poco la paranoia, que hiciera de ruido. Darío ladra, todos miran a Darío, Rodrigo mira otra cosa. Eso sé hacerlo.

—Y te gustó —dije.

—Sí.

No lo negó.

Ese sí me enfadó más que una mentira.

—Me gustó al principio —continuó—. Porque era fácil. Porque Vera García contesta. Porque Sada se tensa. Porque Nora muerde. Porque todos sois muy nobles cuando se os aprieta en el sitio correcto. Era divertido.

Bruno dio un paso.

—Hasta que dejó de serlo —dijo Darío, antes de que él hablara—. Hasta el patio de mantenimiento.

—Tú estabas allí antes de la alarma —dijo Amina desde fuera, o eso imaginé. Pero no. Fue mi voz, usando la observación de Amina.

Darío me miró.

—Pasé por la zona de proveedores.

—Con barro en los zapatos.

—Sí.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Esa palabra está gastadísima en este colegio.

—Vi la puerta abierta.

—¿Antes de la alarma?

—Sí.

—¿Y?

—Y vi a alguien salir.

La sala entera se tensó.

—¿Quién? —preguntó Falcón.

Darío miró a Berta. Luego a Falcón. Luego a mí.

—No lo sé.

—Darío —dijo Berta.

—No lo sé. No le vi la cara.

—¿Alumno? ¿Adulto?

—Adulto. O prefecta. Altura media. Abrigo gris. Llevaba una credencial de convivencia, no de casa.

—¿Elvira? —pregunté, antes de poder evitarlo.

Darío negó.

—No. Elvira camina como si fuera a ordenar una estantería con el cuerpo. Esta persona no. Más… rápida. Menos visible.

Salvat, junto a la puerta, levantó la vista.

—¿Hombre o mujer?

—No lo sé. Pelo cubierto. Capucha. Pero la credencial tenía una correa azul. Convivencia.

Berta miró a Falcón.

—Las credenciales de convivencia usan correa azul.

—¿Quién tenía acceso al patio ese día? —preguntó Martina.

—Convivencia, prefectura, técnicos, dirección —respondió Falcón.

—Y alguien con una copia —añadió Bruno.

Darío continuó:

—Pensé que era una revisión. Luego vi a Irene entrar. Luego la alarma. Luego el humo. Y entonces Rodrigo me dijo que dejara de improvisar.

—¿Porque vio que habías estado allí? —pregunté.

—Porque yo dije que había visto a alguien.

—¿A quién se lo dijiste?

—A él.

—Pedazo de idiota —dije.

—Sí.

Otro sí.

Me estaba destrozando que la gente empezara a decir sí cuando correspondía. Era más fácil odiarlos con excusas.

—Rodrigo sabía que no debía haber nadie de convivencia allí antes de la alarma —dijo Darío—. O al menos eso pareció. Se puso blanco. Luego me dijo que no volviera a hablar de eso. Que si alguien preguntaba, había llegado con él después.

—Y obedeciste.

—Sí.

—Porque eres cobarde.

—Sí.

Sin sonrisa. Sin defensa. Sin frase cruel de vuelta.

Eso me dejó sin sitio para el golpe.

—¿Por qué hablas ahora? —preguntó Martina.

Darío la miró. Con Martina no usaba el mismo tono. Casi nadie lo usaba. Martina generaba una especie de decencia ajena temporal, muy molesta para los villanos de pasillo.

—Porque Tomás va a cargar con todo. Porque Rodrigo va a dejar que cargue. Porque si Tomás habla, lo van a destrozar. Y porque… —Miró hacia mí— porque la persona de la credencial azul no era Rodrigo.

—Eso no exonera a Rodrigo —dijo Bruno.

—No he dicho que lo exonere. Rodrigo preparó presión. Tomás ejecutó empujones. Yo hice ruido. Pero alguien más usó todo eso para meter sangre real en el juego.

—¿Quién gana cuando todos miramos a Rodrigo? —dije.

Darío asintió.

—Eso.

—¿Quién?

—No lo sé.

—No me vale.

—Pues es lo que hay.

—Darío.

—No lo sé, joder. ¿Crees que no lo habría dicho ya si pudiera quitarme esto de encima con un nombre? No soy tan leal. Ese es el problema, Vera. No soy noble. No estoy protegiendo a un asesino por principios. Estoy intentando no hundirme más con gente que me hundiría encantada si le conviene.

Berta se inclinó un poco.

—¿Gente?

Darío cerró los ojos. Cuando los abrió, la máscara había vuelto un poco, pero ya no encajaba igual.

—Rodrigo habla con Álvaro Mencía. Álvaro Mencía habla con patronato. Patronato habla con Fundación. Fundación habla con convivencia. Y convivencia tiene llaves que no deberían abrir puertas antiguas.

—Nombres —dijo Falcón.

—No los tengo.

—Entonces rutas —dijo Salvat—. ¿Cómo llegan los mensajes a Tomás?

Darío tragó saliva.

—A través de una cuenta interna de coordinación de actividades. Sin nombre. Tomás creía que venían de Rodrigo porque Rodrigo le avisaba antes de mirar la tablet. Pero no venían de su dispositivo.

—¿Tienes pruebas? —preguntó Bruno.

Darío se metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta doblada.

No una tarjeta moderna. Una cartulina pequeña, del tipo usado en las pruebas de la Vigilia. Tenía una franja negra en el borde.

La dejó sobre la mesa.

—Tomás me dio esto anoche. Dijo que si le cargaban todo, la usara.

Falcón no la tocó. Salvat se puso guantes.