La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Dormir en la habitación de Nora fue una experiencia bastante parecida a refugiarse en una despensa con problemas de autoridad.

No lo digo por crueldad. La habitación de Nora tenía cama, escritorio, armario y todo lo que exigía la normativa residencial del Aurora, pero también tenía tres escondites de comida no autorizada, dos cojines robados de una sala común, una colección de tazas que nadie sabía de dónde habían salido y una silla cubierta por ropa que, según ella, estaba “en proceso de deliberación textil”.

Martina durmió en un colchón en el suelo con una dignidad que habría hecho llorar de orgullo a cualquier manual de internado.

Celia ocupó la cama libre de la compañera de Nora, que estaba pasando la noche en enfermería por migraña, aunque yo sospechaba que más de una habría pedido migraña si con eso conseguía escapar temporalmente de nuestro radio de desgracias.

Yo dormí, o intenté dormir, en la cama de Nora.

Era cómoda. Demasiado. Eso me irritó. Una no espera encontrar confort en territorio de contrabando alimentario.

A las tres y algo me desperté porque Nora, desde el colchón improvisado que había insistido en usar “para no alterar el ecosistema”, murmuró dormida:

—Ese pan no es de convivencia.

Me quedé mirando el techo y, por primera vez en días, casi me reí sin que la risa me doliera. Casi.

Después recordé que no estaba en mi habitación porque alguien había entrado y dejado una foto sobre mi cama.

Recordé el nombre de Maël Ferrán del Valle en Ruta C/03.

Recordé a Hugo diciendo que su hermano solo había mirado.

Recordé a Iván escuchando que su padre no había caído solo, o al menos no de la forma en que el Aurora necesitó escribirlo.

Recordé a Darío, en el pasillo, diciendo: empieza por quién gana cuando todos miráis a Rodrigo.

Y la risa, claro, se fue a morirse a algún sitio menos ridículo.

A la mañana siguiente, el colegio seguía raro.

No raro de “ha habido una amenaza”, que ya era casi una modalidad estable del clima.

Raro de reorganización. Las residencias habían cambiado rutas de entrada, se habían asignado acompañamientos cruzados, se habían bloqueado accesos técnicos y las casas tenían instrucciones nuevas para moverse en grupos de tres como mínimo.

Tres. El número parecía haber perdido toda inocencia.

The Lookout seguía suspendido, pero Salvat nos había conseguido una mesa de archivo en la biblioteca, una especie de exilio con lápices.

El comedor había separado a algunos alumnos por “medidas preventivas”: Tomás Cuervo no apareció; Rodrigo Mencía estaba en una mesa de Cumbre con dos prefectos cerca; Darío Mencía, por primera vez desde que lo conocía, desayunó lejos de él.

Solo.

Eso no lo favorecía.

Darío solo era distinto. Menos brillante.

Menos peligroso en superficie y por eso, quizás, más interesante.

Sin Rodrigo al lado, su sonrisa parecía una herramienta dejada sobre la mesa, sin mano que la usara.

Hablaba poco. No tocó casi el desayuno. Miraba hacia Cumbre cada tanto y apartaba la vista antes de que Rodrigo pudiera devolvérsela.

En otra vida, en otro colegio, quizá una habría dicho que estaban peleados.

En el Aurora, una decía que la cadena se había tensado hasta marcar piel.

—No me gusta —dijo Laura, sentada en nuestra mesa sin fingir ya que pasaba por allí.

—¿Darío solo? —preguntó Nora.

—Darío solo, Rodrigo tranquilo y Tomás desaparecido. Es una combinación muy mala.

—¿Tomás sigue retenido? —preguntó Celia.

—Sí. Con sus padres en camino.

—Qué rápido viaja la familia cuando el sacrificio amenaza con hacerse oficial —dijo Amina.

Hugo, que estaba sentado al otro lado de la mesa porque Cumbre le había dado permiso para desayunar fuera de su casa y él lo había aceptado con cara de exilio, miró hacia la mesa de su casa.

Tenía el hombro dolorido, o eso decía su postura, pero no se quejaba.

Quizá porque ya tenía suficientes dolores más abstractos ocupando sitio.

—Tomás no va a sostener esto solo —dijo.

—¿Eso significa que hablará? —pregunté.

—Significa que alguien hablará por él antes.

Martina dejó su taza.

—¿Rodrigo?

—O su familia. O la familia de Rodrigo. O quien necesite que Tomás sea exactamente culpable de lo suficiente, pero no de demasiado.

Nicolás, que había aparecido con una bandeja de café y una cara de persona que había dormido bajo una mesa de juzgado, se sentó sin pedir permiso.

—Eso es casi una definición de alumno sacrificable.

—Buenos días a ti también —dije.

—Son pésimos.

—Eso sí.

Nicolás miró a Darío.

—Él sabe algo.

—Ya lo sabemos.

—No. Quiero decir que sabe que ya no lo están protegiendo igual.

—¿Y eso lo vuelve más peligroso o más útil? —preguntó Celia.

—Las dos cosas —respondieron Nicolás y Laura al mismo tiempo.

Se miraron con disgusto mutuo por haber coincidido.

Nora levantó una tostada.

—Adoro cuando los alumnos socialmente ambiguos armonizan.

El altavoz del comedor emitió una campanilla. Todos levantamos la vista con ese reflejo triste que desarrollan los animales cuando el sonido de la comida se parece al de la alarma.

—Se recuerda al alumnado que la circulación por zonas comunes deberá realizarse en grupos autorizados hasta nuevo aviso —dijo la voz de Falcón—.

La actividad académica continúa con normalidad adaptada.

Cualquier comunicación relacionada con la Vigilia, Ruta C o la publicación no autorizada deberá canalizarse a través de dirección o biblioteca.

Se prohíbe la difusión de rumores, capturas no verificadas o acusaciones personales.

Normalidad adaptada.

Qué forma tan preciosa de decir que el colegio se estaba desarmando por dentro y aun así teníamos clase de Matemáticas.

La voz añadió:

—Darío Mencía deberá presentarse en biblioteca a las nueve treinta para entrevista de contraste, acompañado por la orientadora Berta Soler. Rodrigo Mencía permanecerá en actividad supervisada de casa hasta nuevo aviso.

Darío levantó la cabeza.

Rodrigo también.

Durante un segundo, se miraron a través del comedor.

Fue muy breve.

Pero lo vimos.

Rodrigo no parecía sorprendido. Darío sí. O quizá lo que parecía sorpresa era miedo. Su mano se cerró sobre el borde de la bandeja. Rodrigo hizo un gesto mínimo, casi imperceptible, con la cabeza. No sé qué significaba. Darío sí, porque apartó la vista inmediatamente.

—Eso no fue un saludo —dijo Amina.

—Fue una orden —murmuró Laura.

—¿Cuál?

Laura tardó en contestar.

—Calla.

La entrevista de Darío no era asunto nuestro.

Eso dijo Elvira cuando nos vio acercarnos a la biblioteca a las nueve veinte.

Lo dijo con la voz de alguien que sabía perfectamente que, en cuanto una frase empezaba por “no es asunto vuestro”, yo desarrollaba interés médico por ese asunto.

La diferencia era que ya no éramos las mismas que habríamos intentado meternos en la sala como fuera.

No todas. No siempre. Salvat nos había autorizado a trabajar en la mesa de archivo, visible desde el pasillo de biblioteca.

Berta estaría presente en la entrevista.

Falcón también. Elvira, fuera. Arriaga no.

Esa ausencia no era casual. Darío no hablaría igual con Arriaga delante.

Quizá nadie hablaría igual con Arriaga delante. Ni siquiera Arriaga.

—No vais a entrar —dijo Elvira.

—No pensábamos entrar —respondió Martina.

Elvira me miró a mí, no a Martina.

—De verdad —dije.

—Estoy registrando el momento mentalmente.

—Muy graciosa para ser prefecta.

—No abuses.

Berta llegó con Darío a las nueve veintisiete.

Él caminaba con las manos en los bolsillos, sin uniforme completo, la corbata floja.

Darío desarreglado parecía una contradicción.

No mucho, claro. Nada exagerado. Pero lo suficiente para que una notara que había perdido el tiempo de ponerse la máscara perfecta. Al pasar junto a nosotros, me miró.

—Vera.

—Salvat.

—¿Vas a escuchar por la cerradura?

—No. Hoy estoy evolucionada y uso paredes finas.

Berta le puso una mano leve en el brazo para que siguiera. Darío casi sonrió.

Casi.

La puerta de la sala pequeña de biblioteca se cerró.

No del todo opaca: tenía cristales esmerilados en la parte superior.

No permitía ver caras claras, solo siluetas.

Salvat se sentó con nosotras en la mesa de archivo, como si una bibliotecaria sentada bastara para convertir la espera en actividad educativa.

Celia abrió su libreta. Nora abrió una bolsa de almendras.

Amina no abrió nada; miraba el reflejo en el cristal de una vitrina, desde donde podía ver parte del pasillo y de la puerta.

Bruno se sentó a mi lado con una prudencia que no le pegaba.

Hugo enfrente. Nicolás un poco más lejos, porque acercarse demasiado a una entrevista sobre Darío, Rodrigo y Ruta C quizá le daba urticaria familiar.

—No vamos a oír nada —dijo Nora.

—No deberíamos oír nada —corrigió Salvat.

—Eso no mejora.

—Mejora legalmente.

Nora suspiró.

—La legalidad siempre llega para arruinar la acústica.

La entrevista duró cuarenta y tres minutos.

No los conté yo. Celia. Naturalmente.

A los diez minutos, la voz de Darío subió lo suficiente para que oyéramos un fragmento.

—…yo no puse el farol…

A los diecisiete, algo golpeó la mesa dentro.

No fuerte. Un puño, quizá. O una carpeta.

Berta abrió la puerta un segundo después, pidió agua a Salvat y la volvió a cerrar.

Darío tenía la cara roja. Falcón no. Eso se veía incluso a través del cristal.

A los veintiséis, oímos el nombre de Tomás.

A los treinta y uno, el de Rodrigo. A los treinta y cuatro, Darío rió.

No fue su risa habitual. Sonó rota y fea.

A los cuarenta y tres, la puerta se abrió.

Darío salió primero.

Ya no sonreía.

Nada.