La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—Y hay más —añadió Laura, como si ya que estaba cruzando el puente decidiera prenderlo detrás—. Darío no está asustado de Alma. Está asustado de Rodrigo.

Darío.

El perro suelto.

La sonrisa.

El barro en los zapatos.

La frase sobre mirar dónde pisar.

—¿Por qué? —pregunté.

Laura me miró.

—Porque Darío hizo algo fuera de guion.

—¿Qué?

—No lo sé. Pero Rodrigo le dijo que dejara de improvisar antes de que alguien “volviera a caer en el sitio equivocado”.

Volviera a caer.

H-03 cayó mejor.

El farol no era suyo.

La escalera baja.

El carro.

El gimnasio.

La palabra caer estaba empezando a convertirse en una llave.

Falcón cerró los ojos un instante.

—Elvira, localiza a Rodrigo Mencía y a Darío Mencía. Separados.

—Ya —dijo Elvira.

Salió.

A partir de ahí, todo ocurrió con rapidez adulta, que era una rapidez distinta a la nuestra.

Menos correr. Más llamadas. Más puertas cerrándose.

Más nombres en informes. Falcón pidió revisar comunicaciones de Rodrigo, Darío y Tomás.

Arriaga pidió incluir a Claudia Arriaga en la investigación externa.

Salvat se llevó a Celia para registrar las fotos de la habitación y las marcas del patio en archivo académico.

Berta acompañó a Iván e Irene a biblioteca, donde Clara Marín esperaba.

Hugo se quedó en el aula de prensa, mirando la pizarra con su apellido escrito dos veces. Nicolás también, mirando el suyo.

Yo salí al pasillo con Bruno.

No sé por qué. O sí. Porque necesitaba aire que no estuviera lleno de apellidos.

El pasillo estaba casi vacío. La noche había caído sobre el patio central y, por primera vez desde que empezó todo, no había faroles encendidos. Solo luces normales. Feas. Funcionales. Benditas.

—No corriste hacia el número —dijo Bruno.

—Ya me lo han dicho.

—No lo digo como burla.

—Lo sé.

—Lo digo porque funcionó.

Me apoyé contra la pared.

—No sé si funcionó. Solo sé que esta vez no pudieron ponerme en la foto tocando algo.

—Eso ya es funcionar.

Miré mi mano vendada.

—Me cuesta.

—Ya lo sé.

—No, digo que me cuesta de verdad. Quedarme quieta. Esperar. Pensar que si no voy yo, alguien puede ir. Pensar que si no miro de cerca, algo se pierde. Pensar que quizá ser prudente es solo otra palabra para dejar sola a la gente.

Bruno se quedó en silencio. De esos silencios suyos que no eran vacío, sino selección cuidadosa de no cagarla.

—Hoy no dejaste solo a nadie —dijo al fin.

La frase me hizo daño. Pero de forma buena. Una cosa rarísima.

—No te acostumbres a decir cosas bonitas.

—No parecía bonita.

—Por eso te salió.

Se rió un poco. Muy poco. Lo suficiente.

En el otro extremo del pasillo, una puerta se abrió. Darío salió acompañado por Elvira. No esposado, claro. No éramos tan dramáticos. Pero sí separado de Rodrigo. Eso ya era noticia. Al vernos, intentó sonreír.

No pudo del todo.

—Vera —dijo.

—Salvat.

Bruno se tensó.

Darío lo vio, como siempre veía las tensiones ajenas. Pero esta vez no disfrutó tanto.

—Parece que el juego se complica —dijo.

—¿El juego de quién?

Miró hacia la puerta por la que acababa de salir.

—Eso es lo que tendrías que preguntar.

—Te lo estoy preguntando.

Darío se inclinó apenas hacia mí antes de que Elvira lo detuviera con una mano en el brazo.

—Entonces empieza por quién gana cuando todos miráis a Rodrigo.

Elvira lo empujó suavemente para que siguiera.

Darío pasó de largo.

Bruno y yo nos quedamos mirando su espalda.

—¿Qué significa eso? —preguntó Bruno.

—No lo sé.

Pero sentí un escalofrío.

Porque si Darío decía aquello por miedo, podía ser una pista.

Si lo decía por estrategia, podía ser otra trampa.

Y si las dos cosas eran verdad, entonces la Casa de los Intocables no era solo una red de apellidos antiguos.

Era una casa con habitaciones dentro de habitaciones.

Rodrigo podía ser culpable.

Darío podía ser peón.

Tomás podía ser sacrificio.

Nicolás podía ser firma falsa.

Hugo podía ser herencia muda.

Iván podía ser sustituto.

Y yo, si no aprendía rápido, podía seguir siendo la chica que corría hacia la luz mientras alguien, desde una ventana alta, decidía cuándo apagarla.

Esa noche no dormí en mi cama.

Dormí en la habitación de Nora, con Martina en un colchón en el suelo y Celia en la cama de al lado, porque al final Nora aceptó “por motivos tácticos y porque mi habitación necesita más glamour narrativo”.

Amina durmió en la habitación contigua con Irene.

Iván y su madre se quedaron en la zona de invitados de biblioteca, bajo custodia de Salvat y Berta.

Hugo pidió permiso para dormir fuera de Cumbre.

Falcón se lo concedió. Nicolás también salió de su residencia.

De pronto, sin que nadie lo hubiera planeado, la Casa de los Intocables nos había obligado a hacer lo contrario de lo que quería: mezclar casas, romper rutas, mover camas, negar aislamientos.

Antes de apagar la luz, Nora dijo desde su cama:

—¿Creéis que la casa siempre gana?

Nadie contestó enseguida.

Luego Martina, desde el suelo, dijo:

—Solo si seguimos jugando como espera.

Me quedé mirando el techo ajeno.

No era una promesa.

Era algo mejor.

Una estrategia.